A sólo unas horas de que comience el Debate para la Moción de
Censura interpuesta por Pedro Sánchez, en el Congreso, la sensación que se
respira en la calle y también en los mentideros políticos de toda ideología y
condición, es la de que cualquier cosa puede pasar y que en el poco tiempo que
falta, nacionalistas vascos y catalanes y también Ciudadanos, tendrán que
enfrentarse a una de las decisiones más importantes de cuántas se han tomado en
los últimos tiempos.
No hay más que observar los gestos visiblemente nerviosos que
exhiben los dirigentes del PP o poner atención a discursos como el emitido ayer
por María Dolores de Cospedal, para entender que el tiempo de la flema y el
relajo que ha caracterizado las posiciones conservadoras ha terminado y que
Mariano Rajoy podría estar a punto de perder, no sólo la Presidencia del
Gobierno, sino también el liderazgo de su Partido.
La ronda de conversaciones iniciada por Sánchez, denominadas
por él mismo, como de cortesía, pueden sin embargo ofrecerle alguna posibilidad
de triunfo que la derecha no esperaba y
resulta enormemente significativo el hecho de que en la tarde de ayer,
Torra cambiara repentinamente los
nombres de los encarcelados y exiliados que había propuesto para formar parte de su gobierno o el hecho de que
el propio PNV, afirmara que su decisión dependía del contenido de las
conversaciones que mantuviera con los socialistas y muy especialmente, de la
idea que tuvieran en la cabeza, sobre el futuro de Euskadi.
En estos momentos y mientras la mujer de Bárcenas consigue
eludir la prisión inmediata, si paga los doscientos mil euros que se le han
impuesto como solución para poder permanecer en libertad hasta que se resuelva
el recurso en el Supremo, las idas y venidas de los populares, intentando
desesperadamente superar el trance en el que se encuentran inmersos, obliga a pensar
que por primera vez, desde que alcanzaran el poder, allá en 2011, su
continuidad pende de un filo hilo de seda que podría romperse, por cualquier
parte y en cualquier momento.
No les quedan, argumentos a los que agarrarse para continuar
huyendo hacia adelante, como han venido haciendo continuadamente, ni razones
reales que esgrimir para poder convencer de su inocencia en innumerables casos
de corrupción, ni a los ciudadanos, ni a los parlamentarios de la oposición al
completo, que aunque defendiendo diferentes posiciones, dan por sentada la
veracidad de esta rocambolesca historia de podredumbre y por finiquitada la
etapa de Rajoy, al frente del Gobierno.
Hemos hablado estos últimos días de la necesidad de apartar
los intereses partidistas, en estos momentos de excepcionalidad extrema y
aunque sólo sea por decencia o por lo que pudieran pensar los votantes de las
respectivas Formaciones de las decisiones que se adopten frente al problema, nadie
puede ni quiere apoyar explícitamente a los conservadores, con tal de no
comprometer su imagen, en el futuro que viene.
La gravedad del caso es de tal magnitud, que la Moción
debiera triunfar con el apoyo de la oposición al completo y eso es justo lo que
pasaría si no viviéramos en el país que vivimos y tuviéramos políticos de raza,
dispuestos a actuar con decencia y coraje y hasta me atrevería a decir, que si
los Partidos tuvieran la valentía de ofrecer libertad de voto a sus
parlamentarios, en este caso, Rajoy saldría seguramente derrotado por una
aplastante mayoría, porque es lo que merece.
Pero cuando la egolatría y la ambición se convierten en dos
factores primordiales que se anteponen a los intereses generales de una Nación,
los acontecimientos se miran desde otro
prisma, salpicando algo tan sencillo como atreverse a tomar la decisión que
sería la más justa, con una pátina de suciedad que oscurece sin remisión, no
sólo la imagen personal de determinados personajes en concreto, sino también,
toda la carga ideológica de las Formaciones a los que estos líderes
representan.
¿Qué clase de futuro pueden ofrecer a la ciudanía aquellos que votando en contra o
absteniéndose en esta Moción, se convierten en cómplices de que un Partido
condenado por corrupción continúe manejando las riendas del Gobierno?
Si uno se para a reflexionar y parte de la base de que la
salida de los populares es, en el trance que atravesamos, no sólo prioritaria
sino además, urgente, poco o nada queda por decir de quienes actuando en base a
lo que más conviene a su propia codicia, prefieren mantenerse en
la retaguardia, sin atreverse a marchar al mismo ritmo que marcan, en
este caso, los valientes.
Estafadores y cobardes, quedarían pues, a los ojos de la
Sociedad, en un mismo plano de igualdad, al caminar, en cierto modo, unidos,
por un mismo sendero.
Y ahí, ya no cabe apelar a convicciones ideológicas, a la oportunidad o al recurso de desenterrar
el discurso del miedo, para justificar la falta de respeto que se comete contra
un pueblo, deseoso de liberarse de las cadenas que le han impuesto durante los
últimos años, los mismos a los que mañana se juzgará, a través de una Moción,
con la que sólo se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, sin matices
intermedios que enturbien la magnitud de los acontecimientos.

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