Este continuo trasiego de noticias que se pisan unas a otras,
con poca diferencia de segundos y que por su importancia, menor o mayor, nos
tienen a todos con el corazón en un puño durante la semana, sin saber a dónde mirar o a qué
carta quedarnos, sobre todo cuando hay que elegir una sola, para armar lo mejor
que se pueda un artículo, se ha convertido en una especie de presión
psicológica que nos persigue durante todo el día y que logra multiplicar por
mil el deseo de que llegue el fin de semana, para poder, al menos por unas
horas, alcanzar un punto de sosiego que nos recuerde que en la vida, también
nos rodean algunas cosas bonitas.
Han sido estos últimos siete días, de esos en que hay que
contener la respiración, mientras se espera, con cierta ingenuidad, que lo
próximo que suceda no sea peor que lo anterior y que estos políticos nuestros
se transformen al menos, en un poco más expertos en la práctica su oficio, total,
para después llevarnos una nueva desilusión, al contemplar que no sólo se
frustra nuevamente ese deseo ciertamente imposible, sino que además, muchos de
ellos pueden llegar a empeorar las cosas, considerablemente.
Luego está, esa zona periférica en la que van surgiendo otros
problemas de menor intensidad, pero que por su naturaleza suelen indignar bastante
al personal, mientras se aclaran, como está sucediendo ahora con el título de
Casado o el chalet que han adquirido Iglesias y Montero, que por narices
deberían, según algunos, seguir viviendo de alquiler durante el resto de sus
vidas, que añade una cierta vidilla maliciosa a los que se podrían entender
como problemas troncales, pero que a la vez, complican un poco la situación,
porque a veces empiezan siendo noticias de relleno y al final, pasa como ha
ocurrido con el caso de Cristina Cifuentes.
Entretanto, jubilados, mujeres y otros colectivos de
reconocida valentía, permanecen ocupando las calles, mientras ciertos informes
demoledores colocan a España en uno de los primeros lugares en los que han
aumentado más los límites de la desigualdad y la pobreza, dando la razón a
todos los que desde el principio de la crisis, dijimos que el camino de los
recortes y las reformas emprendido por el PP no iba, sino a lesionar gravemente
las vidas de los ciudadanos, cosa que no sólo se está cumpliendo, sino que
sobrepasa con mucho los niveles que pudimos imaginar, hace sólo unos años.
Y luego está el Gobierno, al que habría que preguntar
seriamente qué espera para reconocer los
tremendos errores que ha venido cometiendo sistemáticamente y qué hacen para
intentar subsanarlos, aunque mucho nos tememos que la parsimonia con que se
toma estos asuntos, quién lo preside, no es precisamente una virtud, sino un
desmesurado defecto ya imposible de corregir, a estas alturas de la película.
En tierras catalanas, dónde se ha creado un mundo aparte, en
el que determinados personajes nos dejan francamente boquiabiertos, por su
impresionante imaginación, la pugna establecida entre bloques, parece asentada
definitivamente en un punto sin retorno, en el que el arte de hacer política y
sobre todo de practicar la diplomacia, han desaparecido dando paso a una serie
de acciones, más propias de un patio de colegio o de vecindad, en los que las
descalificaciones y los insultos han ganado por goleada la batalla a la
educación y el mutuo respeto.
Así que a uno sólo le queda, para escapar de tales desatinos,
aprovechar desesperadamente los momentos en que su vida se simplifica,
ciñéndose al plano familiar, en el que por lo menos, se tiene la seguridad de
que cualquier eventualidad será resuelta con paciencia y cariño y sobre todo,
en un ambiente de placidez, bastante lejano de las hostilidades que nos rodean,
durante los llamados días laborables.
Queridos lectores: a punto de traspasar el umbral que nos
separa de nuestros pequeños y particulares paraísos, hagamos todos el esfuerzo
de intentar cambiar la noción del tiempo y alargar, lo más que se pueda, estos
buenos ratos en los que las insignificantes cosas cotidianas nos transforman en
personas mejores, de esas que con el
ánimo templado y la tranquilidad de conciencia, sólo desean dedicarse a la
contemplación, la animada conversación con amigos, el disfrute de la naturaleza
o simplemente, al dolce far niente, que también es preciso para alcanzar el
equilibrio necesario y abandonar la crispación que nos persigue sin tregua, en
este país en el que vivimos.
Por fin, es Viernes.

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