En su discurso para la
investidura, el candidato elegido por
Puigdemont, Quim Torra, podría haber optado, como ser libre que debiera
ser, fundamentalmente por dos caminos: uno, en el que habiendo analizado en
profundidad la realidad cotidiana en la que se ven obligados a convivir los
habitantes de esta tierra de profundos contrastes que se ha visto de pronto
sorprendida por el calado de esas diferencias, batallase por intentar hallar
algún remedio que propiciara, a partir de ahora, un modo por el que llegar a
entenderse, sin que ello signifique una renuncia a los principios en que los
que se creen y defienden y otro, en el que partiendo de la premisa, siempre
peligrosa, de creer que se está en posesión de una única verdad, se infravalora,
hasta la humillación, a quienes siendo partidarios de otros movimientos, pretenden a su vez, encontrar un hueco en el que poder
expresarlos sin temor, en esa misma sociedad en la que llegados a este punto,
todos se han perdido el respeto.
Sólo algunos grandes políticos fueron bendecidos, a lo largo
dela Historia, con el extraordinario don que les permitió situarse en un
determinado punto de neutralidad, desde el que mirar con objetividad la raíz de
este tipo de problemas y fue su talla, su templanza y el saber que la razón
absoluta no es más que un concepto que nadie posee en exclusividad, lo que les
permitió arbitrar soluciones que evitaron males mayores, devolviendo a la
totalidad de los ciudadanos que de su mandato dependían, una idea que pasada
por un filtro en el quedaron atrapadas todas las impurezas, muchos se liberaron
de la esclavitud que supone vivir atrapados en el rencor y la incomprensión, de
modo permanente.
Las gravísimas heridas abiertas en la Sociedad entre dos grandes bloques, abocados a un permanente desencuentro,
hubieran necesitado, en estos momentos, de una figura así y muchos, albergábamos,
en nuestro fuero interno, la casi imposible esperanza de que por primera vez en
muchos meses, la luz se abriera paso entre la oscuridad del duro enfrentamiento,
pero por desgracia, ni Quim Torra parece
poseer la talla que sería necesaria para plantearse siquiera ese tipo de
reflexiones, ni sus oponentes más directos son, a día de hoy, precisamente
proclives a dar algunos pasos imprescindibles que pudieran poner este reloj que
corre en contra de todos, a cero.
Por el contrario, el candidato, cuya investidura depende de
los cuatro votos de la CUP, al no haber sido capaz de alcanzar una mayoría
suficiente en la primera de las votaciones, eligió un discurso plagado de
fogosidad y exaltación, discurrido con el único objetivo de glorificar sus
propias doctrinas y cayendo, como habiendo extraviado ese orgullo que pretendía
por todos los medios mostrar, en un victimismo feroz que alimentó, desde el
primer momento, el argumentario de unos oponentes que encontraron en sus palabras
un filón con el que hacer frente, despiadadamente y sin paliativos, a quienes
consideran como enemigos, sin llegar a la conclusión, ni el candidato, ni los
otros, de que todos forman parte de un mismo todo llamado Catalunya.
Faltaron al candidato Torra, propuestas concretas sobre las
políticas que pudiera tener en mente, como futuro President de los catalanes y
sobraron soflamas dirigidas en exclusividad a contentar a los ya partidarios
separatistas o tal vez, sólo y exclusivamente a Puigdemont, poniendo en bandeja
de plata a los Constitucionalistas y también a los Comunes, las respuestas que
de todos ellos recibió y que sin duda mereció, tras cometer el grandísimo error
de partir de un discurso excluyente.
Los árboles frondosos que representarían quienes ya son
partidarios de la separación, le impidieron la contemplación del gran bosque
que se abría detrás de sus copas y en el que se encuentra asentada exactamente,
la otra mitad de una población cuyos
intereses también estará obligado a defender Torra, si decide aceptar la
Presidencia.
Muchas han sido las voces que han defendido la inteligencia
de este candidato, como una de sus mayores virtudes, pero su estrechez de
miras, su imposibilidad para admitir que hay otro mundo detrás de las fronteras
que pretende establecer, como límite de su feudo, su marcado desprecio por todo
aquello que no se corresponda con su concepto de catalanidad deseada y la hispanofobia explícitamente expresada, de
manera general y sin excepciones, en su discurso aterrador, le convierten en un
individuo que ha sido claramente incapaz de evolucionar al ritmo de los tiempos
y que prefiere permanecer cautivo en un
territorio acotado en el que no se permite más que su libertad y en el
que seguramente, morirá sin haberse concedido la oportunidad de haber conocido
y disfrutado de la inmensa diversidad que ofrecen, de manera gratuita, otras
gentes, otras culturas, otros pensamientos y otros pueblos.

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