domingo, 13 de mayo de 2018

Un único objetivo



En su  discurso para la investidura, el candidato elegido por  Puigdemont, Quim Torra, podría haber optado, como ser libre que debiera ser, fundamentalmente por dos caminos: uno, en el que habiendo analizado en profundidad la realidad cotidiana en la que se ven obligados a convivir los habitantes de esta tierra de profundos contrastes que se ha visto de pronto sorprendida por el calado de esas diferencias, batallase por intentar hallar algún remedio que propiciara, a partir de ahora, un modo por el que llegar a entenderse, sin que ello signifique una renuncia a los principios en que los que se creen y defienden y otro, en el que partiendo de la premisa, siempre peligrosa, de creer que se está en posesión de una única verdad, se infravalora, hasta la humillación, a quienes siendo partidarios de otros movimientos, pretenden  a su vez, encontrar un hueco en el que poder expresarlos sin temor, en esa misma sociedad en la que llegados a este punto, todos se han perdido el respeto.
Sólo algunos grandes políticos fueron bendecidos, a lo largo dela Historia, con el extraordinario don que les permitió situarse en un determinado punto de neutralidad, desde el que mirar con objetividad la raíz de este tipo de problemas y fue su talla, su templanza y el saber que la razón absoluta no es más que un concepto que nadie posee en exclusividad, lo que les permitió arbitrar soluciones que evitaron males mayores, devolviendo a la totalidad de los ciudadanos que de su mandato dependían, una idea que pasada por un filtro en el quedaron atrapadas todas las impurezas, muchos se liberaron de la esclavitud que supone vivir atrapados en el rencor y la incomprensión, de modo permanente.
Las gravísimas heridas abiertas en la Sociedad entre  dos grandes bloques, abocados a un permanente desencuentro, hubieran necesitado, en estos momentos, de una figura así y muchos, albergábamos, en nuestro fuero interno, la casi imposible esperanza de que por primera vez en muchos meses, la luz se abriera paso  entre la oscuridad del duro enfrentamiento, pero  por desgracia, ni Quim Torra parece poseer la talla que sería necesaria para plantearse siquiera ese tipo de reflexiones, ni sus oponentes más directos son, a día de hoy, precisamente proclives a dar algunos pasos imprescindibles que pudieran poner este reloj que corre en contra de todos, a cero.
Por el contrario, el candidato, cuya investidura depende de los cuatro votos de la CUP, al no haber sido capaz de alcanzar una mayoría suficiente en la primera de las votaciones, eligió un discurso plagado de fogosidad y exaltación, discurrido con el único objetivo de glorificar sus propias doctrinas y cayendo, como habiendo extraviado ese orgullo que pretendía por todos los medios mostrar, en un victimismo feroz que alimentó, desde el primer momento, el argumentario de unos oponentes que encontraron en sus palabras un filón con el que hacer frente, despiadadamente y sin paliativos, a quienes consideran como enemigos, sin llegar a la conclusión, ni el candidato, ni los otros, de que todos forman parte de un mismo todo llamado Catalunya.
Faltaron al candidato Torra, propuestas concretas sobre las políticas que pudiera tener en mente, como futuro President de los catalanes y sobraron soflamas dirigidas en exclusividad a contentar a los ya partidarios separatistas o tal vez, sólo y exclusivamente a Puigdemont, poniendo en bandeja de plata a los Constitucionalistas y también a los Comunes, las respuestas que de todos ellos recibió y que sin duda mereció, tras cometer el grandísimo error de partir de un discurso excluyente.
Los árboles frondosos que representarían quienes ya son partidarios de la separación, le impidieron la contemplación del gran bosque que se abría detrás de sus copas y en el que se encuentra asentada exactamente,  la otra mitad de una población cuyos intereses también estará obligado a defender Torra, si decide aceptar la Presidencia.
Muchas han sido las voces que han defendido la inteligencia de este candidato, como una de sus mayores virtudes, pero su estrechez de miras, su imposibilidad para admitir que hay otro mundo detrás de las fronteras que pretende establecer, como límite de su feudo, su marcado desprecio por todo aquello que no se corresponda con su concepto de catalanidad deseada  y la hispanofobia explícitamente expresada, de manera general y sin excepciones, en su discurso aterrador, le convierten en un individuo que ha sido claramente incapaz de evolucionar al ritmo de los tiempos y que prefiere permanecer cautivo en un  territorio acotado en el que no se permite más que su libertad y  en  el que seguramente, morirá sin haberse concedido la oportunidad de haber conocido y disfrutado de la inmensa diversidad que ofrecen, de manera gratuita, otras gentes, otras culturas, otros pensamientos y otros pueblos.

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