lunes, 30 de abril de 2018

La zozobra y el vértigo



El reinado del Partido Popular en España, que ido recorriendo un camino que comenzó con la mayoría absoluta obtenida, después de los gravísimos errores cometidos por Zapatero y que empezó a torcerse desde el mismo instante en que esa mayoría posibilitó la aprobación de innumerables Decretos absolutamente lesivos contra la sociedad en general, sin margen alguno de oposición, se vio también, desde el primer momento,  nublado por las continuas sombras de sospecha  que los incontables casos de corrupción protagonizados por su gente iban dejando como un reguero, cuyo rastro llegaba directamente hasta la Sede misma de Génova, aunque ninguna de esas poderosas razones resultaran se suficientes para que se produjera una debacle de las dimensiones que se hubiera podido esperar, cuando concurrieron a las últimas Elecciones Generales.
Verdad es que la aparición de Fuerzas de nuevo cuño, como Ciudadanos y Podemos, cambió trasversalmente el panorama político nacional y que en estos últimos comicios, los populares hubieron de plegarse a la desconocida incomodidad de tener que recurrir a los pactos, para poder sacar adelante el liberalismo feroz que siempre ha caracterizado sus actuaciones, sobre todo en los tiempos más duros de la crisis, pero fue el problema catalán y su desidia al permitir que las cosas llegaran hasta el punto en el que nos hemos encontrado, tras la celebración del Referendum del primero de Octubre, el primer síntoma de que la lealtad incondicional de sus electores estaba sufriendo una transformación de calado y de que por tanto, la bonanza de sus tiempos gloriosos preludiaba una caída vertiginosa que se ha ido materializando después, gracias a los movimientos multitudinarios protagonizados por colectivos de votantes de una importancia vital, para que cualquier Partido pueda vencer con holgura, en cualquier tipo de elecciones.
Hasta hace bien poco, el PP consideraba un dogma inamovible el dominio   la voluntad de sus electores y resultaba casi impensable que esos diez millones de voto fijo, que solía obtener reiteradamente y que perdonaba sin rencor cualquier tipo de errores, pudiera siquiera plantearse cualquier otra alternativa que se ajustara a los cánones tradicionales adoptados por la derecha española, hasta que llegó Albert Rivera, atreviéndose a cuestionar que la manera de gobernar de Rajoy fuera la única posible para el conservadurismo español, provocando un imparable trasvase de opinión de los votantes de la derecha hacia sus filas y colocándose, al menos eso dicen las encuestas, muy por delante de un PP, agotado hasta el límite, por causa de las gravísimas equivocaciones cometidas, a lo largo de tantos años.
Nunca habían conocido los populares esa sensación espantosa de zozobra y de vértigo que ahora se distingue claramente en los rostros y los mensajes de sus más reputados líderes, cada vez que se dirigen a la población, apeados por la fuerza de las circunstancias, de su habitual soberbia y jamás, había sido tan clara para los ciudadanos, la sensación de que la caída que están protagonizando en los últimos tiempos conlleva para ellos todas las consecuencias que acarrea un imparable declive, por lo que la imagen que transmiten se parece cada vez más a una maniobra desesperada por salvar lo más que se pueda de los restos que quedan de un terrible naufragio, que sin duda se materializará, irremediablemente para ellos, en cuanto los españoles sean llamados a consulta.
Mientras la izquierda se perdía en disquisiciones absurdas, protagonizando mil historias de ridículos desencuentros, demostrando una imposibilidad casi esperpéntica, para lograr alcanzar un acuerdo que posibilitara un gobierno de progreso, Rivera, como una hormiga laboriosa y sujeta a una incontrovertible moderación, ha ido ganando puestos, llevando como escudo una ambigüedad ideológica, que muchos han podido interpretar equivocadamente, si nos atenemos al ideario al que realmente representan.
A punto de perder la posibilidad de la aprobación de los presupuestos, a causa de la inesperada huida de los que consideraban como socios, hasta el final de la legislatura y no quedándole otro remedio que tener que acudir, otra vez, a los nacionalistas vascos del PNV, como única alternativa a su fracaso como negociadores, Rajoy y los suyos, desbordados por las manifestaciones continuas de los pensionistas, por el estallido feminista de unos cuantos millones de mujeres, por la seriedad del caso Cifuentes, por la perseverancia en las posturas de los independentistas catalanes y por toda una larga lista de corruptelas que comprometen severamente su credibilidad,  vagan de un lado a otro, intentando desesperadamente satisfacer en cierta medida, los deseos de la gente, aunque de manera absolutamente desordenada, tarde y mal, quizá por la escasa experiencia que tienen, en gestionar estos asuntos que serían cotidianos, para cualquier Gobierno.
Ni siquiera ese afán desmesurado de acudir a los tribunales para solucionar todos los problemas que surgen, les está funcionando estos últimos meses y los argumentos esgrimidos en tantas ocasiones, para este fin, se han deslomado estrepitosamente, como una voladura controlada, con el estallido social que se ha producido a causa de la sentencia de La Manada , que cuestiona severamente la credibilidad de los magistrados, a la hora de aplicar una justicia ecuánime.
Por primera vez, vemos a un Mariano Rajoy obligado a tener que abandonar la distensión con que se ha tomado habitualmente la resolución de cualquier problema y transformado en un ser nervioso que muestra palmariamente  su propia incapacidad para gobernar, incluso a los mismos que durante años le ofrecieron una confianza inalterable y que han comenzado a abandonar masivamente el barco, al entender que más pronto que tarde, quedará irremediablemente varado en el fondo del océano.
Los años en que se llenaban las plazas de toros, ya no volverán y una vez iniciada la caída al vacío, sólo  queda aceptar que cuando se peca repetidamente de arrogancia, desoyendo sin compasión, los mensajes lanzados por los pueblos, sólo queda aceptar que se ha perdido el honor.
Pero, ¿qué respeto pueden esperar quiénes nunca conocieron ese sentimiento tan necesario, en todos los ámbitos de la vida?


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