martes, 10 de abril de 2018

La opinión de la calle



Hartos hasta la saciedad de tener que escribir fundamentalmente sobre el master de Cifuentes y el sempiterno problema catalán, los ciudadanos de este país, que continúan teniendo gravísimos problemas que resolver, a los que nadie parece prestar atención, en este larguísimo compás de espera en el que no se habla de otra cosa que de los temas antes mencionados, reaccionan aborreciendo un poco más, si cabe, todo aquello que directa o indirectamente tenga que ver con los políticos y prefieren, para qué nos vamos a engañar, dedicar su tiempo libre a cuestiones más lúdicas aunque el bolsillo ande flojo de fondos y no dé, ni para tomar un par de cervezas, en un bar, con amigos.
Cuando nos lo podemos permitir, nos invade una sensación de descanso, que nos aleja, aunque sólo sea por unas horas, de  ese runrún constante que se ha instalado en todos los informativos, con visos de quedarse para siempre y que nos tiene, por su proliferación torrencial, para qué nos vamos a engañar, sencillamente acojonados, al darnos cuenta de que una buena parte de aquellos que elegimos como nuestros representantes en el país, o tienen algo que ocultar o han sustraído con guante blanco  dineros de las arcas del tesoro o se han inventado para sí mismos un historial académico acorde con lo que serían sus ilusiones más inconfesables o guardan algún fantasma del pasado que de pronto empieza a perseguirles, sin  dejarles  recuperar el aliento.
Todos dicen y seguramente será verdad, que son éstos, casos aislados que por la magnitud de determinados hechos, consiguen hacer invisibles a miles de políticos honrados que diariamente, cumplen escrupulosamente con la misión para la que fueron elegidos, pero lo cierto es que ante la dantesca visión que se nos aparece rutinariamente, resulta difícil apostar por la honradez, la ética y el decoro, en los ambientes políticos, situación que como todos estamos viendo y oyendo, lleva a mucha gente a pensar que todo el que decide presentarse a unas elecciones lo hace, exclusivamente, movido por un ánimo de lucro y que todo lo que nos cuentan no es más que palabrería barata, elaborada con el fin de alcanzar un poco de poder, en el que instalarse cómodamente, para toda la vida.
Que esta Sociedad nuestra haya llegado al punto de confiar mucho más en  lo que le cuentan los periodistas, que  los políticos, puede dar una idea de la deriva que está tomando este asunto de la credibilidad, a nivel de las calles por las que nos movemos y deja en un pésimo lugar, no sólo a los líderes que encabezan las Formaciones que se alojan  ahora mismo en el arco Parlamentario, sino también, a todos los que militando en un determinado Partido, pretenden defender una serie de fundamentos ideológicos, que quedan inmediatamente anulados, cada vez que se descubre un nuevo caso de corrupción que implica directamente a uno o varios de estos supuestos servidores públicos, que por alguna razón se entregaron a la labor de servirse, sencillamente, a sí mismos.
La prueba de que esto que digo es verdad, se hace patente si uno pone el oído en las conversaciones de la gente con la que trata habitualmente, comprobando, con cierta preocupación, que el Club de los descreídos en el que ya milita una buena parte de los ciudadanos de este país, recibe cada día muchos más socios virtuales de los que sería deseable, simplemente porque los políticos se han cargado las ilusiones que nos movieron en otro tiempo, convirtiéndose en una nueva clase social, muy alejada del resto de los mortales y no sólo por motivos únicamente crematísticos.
Las distancias entre la calle y las Instituciones se ensanchan inevitablemente, con más fuerza y quizá por este motivo, la gente ha llegado a la conclusión de que lo que no se gane a base de trabajarse el mundo de la protesta, nunca será del todo factible, sobre todo, cuando no nos encontramos en periodos electorales, en los que las promesas crecen como las setas, para después de celebradas las elecciones, marchitarse en el más absoluto de los olvidos, quizá por la mala memoria que aqueja, como un mal general, a todos los que dedican su vida a simular que hacen política.
En esta tesitura y bastante indignados por el poco caso que se nos hace en relación a lo que verdaderamente nos interesa, a uno le asalta de pronto la idea de que quizá nos iría a todos mucho mejor, si los que gobernaran el país, fueran,  sólo durante un tiempo, los periodistas, esencialmente porque de no haber sido por ellos, jamás nos hubiéramos enterado de nada de lo que estaba ocurriendo en las oscuras trastiendas del poder, ni conocido la verdadera cara de algunos personajes, cuyas vidas dan para escribir los argumentos de varias novelas.
Lanzo, en este día de laxitud, en el que no he querido hablar de ninguno de los temas de actualidad, por una cuestión de puro empacho descriptivo, esta propuesta que si se piensa bien, no resulta ser nada descabellada y que aunque utópica, al menos nos permitiría vivir informados de la verdad, cosa que sería muy de agradecer , tras todas las mentiras que hemos tenido que soportar en los últimos años y que nos tienen a todos lo suficientemente cabreados, como para haber deseado muchas veces que ciertos personajes desaparecieran, sin dejar rastro, de nuestras vidas.
Ahí lo dejo. Que cada cual saque sus conclusiones.

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