La inoportuna Convención del PP, que se ha celebrado en
Sevilla este fin de Semana, justo cuando el escándalo Cifuentes alcanzaba su
punto álgido, por la sucesión de noticias aparecidas en los medios, se ha
convertido en una enorme pasarela dónde las puras apariencias han
conseguido anular cualquier atisbo de la
realidad que se está viviendo en la calle, como si los participantes habitaran
en un mundo virtual, en el que todo lo que ocurre es siempre de color de rosa.
Ni la decisión del Juez alemán, en el asunto de Puigdemont,
ni la insistencia de la izquierda en exigir la dimisión de la Presidenta de la
Comunidad de Madrid, ni la demanda de Ciudadanos reclamando que el PP participe
en la Comisión de investigación que propusieron la pasada semana en la Asamblea
madrileña, han logrado empañar el aire triunfalista y empalagoso que exhiben
los dirigentes populares, cada vez que se reúnen para celebrar algún evento, aunque
la visión que se tiene de ellos, desde fuera, es la de que están convirtiendo,
cada vez con más fuerza, en un Partido agonizante, al que no va a quedar más
remedio que convocar elecciones anticipadas, al no poder soportar por más
tiempo, la multitud de casos irregulares que siguen protagonizando personajes
de vital relevancia en sus filas, a los que ya no se sabe cómo defender, por la
contundencia de las pruebas que se acumulan contra ellos.
El Master de Cifuentes, que la propia Universidad Rey Juan Carlos
ha calificado, por boca de su rector, de irregular y cuya investigación se ha
entregado a la fiscalía, tras la confesión de dos profesoras que reconocían
abiertamente que sus firmas habían sido falsificadas en el acta que exhibiera
la Presidenta, no ha mermado sin embargo, al menos de momento, la aparente
confianza que Rajoy tiene depositada en
ella, como se demostraba en el abrazo que le propinaba en el acto inaugural de la Convención, aunque otros líderes,
como Núñez Feijoo, ha comenzado a referirse a ella, sin querer mencionar su
nombre.
Así que esa imagen de unidad, que trataba de reflejar
Cospedal a toda costa, en una intervención acalorada, aunque carente de naturalidad,
por la inexpresividad de su rostro y todas esas presunciones enumeradas como
logros conseguidos a lo largo del paso de Mariano Rajoy por el poder,
contrastaban con el ambiente de tensión que se estaba viviendo al mismo tiempo
en las sedes de otras Formaciones
políticas y con las agresivas declaraciones de todos los líderes de la
oposición, que por una razón u otra, insistían, en mayor o menor grado en que
los populares en general y Cifuentes en particular, tenían que aclarar aún
muchas cosas, algunos exigiendo directamente su dimisión y otros ya, preparando
la Moción de censura que seguramente se celebrará la semana que viene.
Pablo iglesias, que intervenía ayer en un programa de
televisión, se atrevía a ir un poco más allá y proponía a Pedro Sánchez que
igual que le prestaba su apoyo incondicional en la moción presentada en Madrid,
se encontraba dispuesto a hacerlo si el líder socialista proponía otra, a nivel
nacional, alegando que parecía imposible que tras todo lo que había ocurrido,
Mariano Rajoy todavía se mantuviera en el poder, habiendo alternativas válidas
para conseguir su marcha.
Mucho más comedido, el socialista se limitaba a criticar la
postura de Ciudadanos en relación con el caso Cifuentes, alegando,
literalmente, que Albert Rivera se estaba doctorando en cinismo, siendo
consciente de que las encuestas ponen al líder catalán por encima del PSOE y
tratando desesperadamente de advertir la oscura verdad que se esconde debajo de
la aparente moderación que viene siendo la línea habitual de este Partido
emergente.
Conscientemente ajeno al huracán que se está formando a su
alrededor, Mariano Rajoy, con su flema habitual, se movía en Sevilla como si
acabara de ganar las elecciones con mayoría absoluta y ni siquiera se atrevía a
criticar abiertamente la decisión del juez alemán, sobre Puigdemont, simulando
una increíble tranquilidad, mientras afirmaba que su Partido siempre acataba
las decisiones judiciales, dejando a Llarena bastante solo, en su lucha por
conseguir extraditar a España, al que podría considerase su peor enemigo.
Políticos en estado puro, teatrales, insolentes,
transgresores y sin que nadie pueda, a través de sus gestos, adivinar cuáles
son sus opiniones ni sentimientos, han desfilado en esta ocasión por un acto en
el que su exacerbado triunfalismo ha
resultado para todos ser intragable, intentando mantener una calma que no puede
existir de verdad, si uno se atiene a los acontecimientos nefastos que se
ciernen, uno detrás de otro, sobre este PP, empeñado en manipular al personal,
dudando seriamente de su inteligencia.
Ver para creer.

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