domingo, 8 de abril de 2018

Puras apariencias



La inoportuna Convención del PP, que se ha celebrado en Sevilla este fin de Semana, justo cuando el escándalo Cifuentes alcanzaba su punto álgido, por la sucesión de noticias aparecidas en los medios, se ha convertido en una enorme pasarela dónde las puras apariencias han conseguido  anular cualquier atisbo de la realidad que se está viviendo en la calle, como si los participantes habitaran en un mundo virtual, en el que todo lo que ocurre es siempre de color de rosa.
Ni la decisión del Juez alemán, en el asunto de Puigdemont, ni la insistencia de la izquierda en exigir la dimisión de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, ni la demanda de Ciudadanos reclamando que el PP participe en la Comisión de investigación que propusieron la pasada semana en la Asamblea madrileña, han logrado empañar el aire triunfalista y empalagoso que exhiben los dirigentes populares, cada vez que se reúnen para celebrar algún evento, aunque la visión que se tiene de ellos, desde fuera, es la de que están convirtiendo, cada vez con más fuerza, en un Partido agonizante, al que no va a quedar más remedio que convocar elecciones anticipadas, al no poder soportar por más tiempo, la multitud de casos irregulares que siguen protagonizando personajes de vital relevancia en sus filas, a los que ya no se sabe cómo defender, por la contundencia de las pruebas que se acumulan contra ellos.
El Master de Cifuentes, que la propia Universidad Rey Juan Carlos ha calificado, por boca de su rector, de irregular y cuya investigación se ha entregado a la fiscalía, tras la confesión de dos profesoras que reconocían abiertamente que sus firmas habían sido falsificadas en el acta que exhibiera la Presidenta, no ha mermado sin embargo, al menos de momento, la aparente confianza que Rajoy  tiene depositada en ella, como se demostraba en el abrazo que le propinaba en el acto  inaugural de la Convención, aunque otros líderes, como Núñez Feijoo, ha comenzado a referirse a ella, sin querer mencionar su nombre.
Así que esa imagen de unidad, que trataba de reflejar Cospedal a toda costa, en una intervención acalorada, aunque carente de naturalidad, por la inexpresividad de su rostro y todas esas presunciones enumeradas como logros conseguidos a lo largo del paso de Mariano Rajoy por el poder, contrastaban con el ambiente de tensión que se estaba viviendo al mismo tiempo en las sedes  de otras Formaciones políticas y con las agresivas declaraciones de todos los líderes de la oposición, que por una razón u otra, insistían, en mayor o menor grado en que los populares en general y Cifuentes en particular, tenían que aclarar aún muchas cosas, algunos exigiendo directamente su dimisión y otros ya, preparando la Moción de censura que seguramente se celebrará la semana que viene.
Pablo iglesias, que intervenía ayer en un programa de televisión, se atrevía a ir un poco más allá y proponía a Pedro Sánchez que igual que le prestaba su apoyo incondicional en la moción presentada en Madrid, se encontraba dispuesto a hacerlo si el líder socialista proponía otra, a nivel nacional, alegando que parecía imposible que tras todo lo que había ocurrido, Mariano Rajoy todavía se mantuviera en el poder, habiendo alternativas válidas para conseguir su marcha.
Mucho más comedido, el socialista se limitaba a criticar la postura de Ciudadanos en relación con el caso Cifuentes, alegando, literalmente, que Albert Rivera se estaba doctorando en cinismo, siendo consciente de que las encuestas ponen al líder catalán por encima del PSOE y tratando desesperadamente de advertir la oscura verdad que se esconde debajo de la aparente moderación que viene siendo la línea habitual de este Partido emergente.
Conscientemente ajeno al huracán que se está formando a su alrededor, Mariano Rajoy, con su flema habitual, se movía en Sevilla como si acabara de ganar las elecciones con mayoría absoluta y ni siquiera se atrevía a criticar abiertamente la decisión del juez alemán, sobre Puigdemont, simulando una increíble tranquilidad, mientras afirmaba que su Partido siempre acataba las decisiones judiciales, dejando a Llarena bastante solo, en su lucha por conseguir extraditar a España, al que  podría considerase su peor enemigo.
Políticos en estado puro, teatrales, insolentes, transgresores y sin que nadie pueda, a través de sus gestos, adivinar cuáles son sus opiniones ni sentimientos, han desfilado en esta ocasión por un acto en el que su exacerbado triunfalismo  ha resultado para todos ser intragable, intentando mantener una calma que no puede existir de verdad, si uno se atiene a los acontecimientos nefastos que se ciernen, uno detrás de otro, sobre este PP, empeñado en manipular al personal, dudando seriamente de su inteligencia.
Ver para creer.

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