miércoles, 11 de abril de 2018

Qué difícil es decir adiós



Anda la derecha española, ahora que se ha dividido en vieja y nueva, enzarzada en una cruenta batalla, a causa del caso Cifuentes, que no les deja en muy buen lugar a los ojos de los ciudadanos que hasta ahora han dependido de las decisiones de la Presidenta de esta Comunidad, que permanece firme en su cargo, a la espera de lo que decida el flemático Mariano Rajoy, al que poco o nada parece importarle lo ocurrido, en estos últimos días.
Pensaba yo en esta mañana, en la que hemos podido ver algún rayo de sol, a través de las nubes, tras varios días de regreso al invierno, que esto de la erótica del poder ha de tener necesariamente su aquél, a juzgar por el trabajo que cuesta que alguien instalado desde hace tiempo en algún cargo de cierta importancia, decida por voluntad propia decir adiós, incluso cuando se ve acorralado por la contundencia de pruebas fehacientes en su contra y todo hace prever que no le queda ninguna otra salida que marcharse por la puerta de atrás, con deshonor e irrevocablemente.
En el caso de Cristina Cifuentes, no se percibe momentáneamente voluntad de abandono, tras veinte días de haber aparecido el escándalo y haberse demostrado sin fisuras que todo lo que se ha ido afirmando en la prensa, se ha ido cumpliendo escrupulosamente y parece estar claro que sólo una orden proveniente directamente de Moncloa, podría lograr un cese fulminante de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, que debió pensar que el aplauso recibido el pasado Sábado en la Convención del PP, garantizaba, sine die, su permanencia en el puesto que ocupa, sin contar con que sus socios de Ciudadanos se atreverían a exigir su relevo, de manera tan contundente.
Así que mientras la izquierda prepara la Moción de censura que de triunfar, sacaría al PP de la Comunidad  de Madrid, Rajoy  y los de Rivera, se debaten en un permanente tira y afloja, en un intento desesperado de conservar la confianza de los votantes más conservadores de la Capital y sus pueblos, que hace tiempo habrían dividido sus preferencias entre la vieja y la nueva derecha.
A Rajoy, no le gustaría tener que deshacerse de Cifuentes, pues para el PP supondría estar dando la razón en bandeja, al Partido de Albert Rivera y permanece firme en su habitual inmovilismo, al menos hasta que no pueda más, esperando alguna concesión que seguramente no llegará, de parte de los que aún considera como sus socios de gobierno.
Pero esta incomprensible tranquilidad, enerva cada vez más los ánimos del líder de la Formación naranja, que finalmente se ha quedado solo defendiendo la Comisión de investigación y por tanto, apoyando en cierto modo, la continuidad de los populares en Madrid, en un asunto que por la deriva que van tomando los acontecimientos, resulta ser, a día de hoy absolutamente insostenible y que seguramente terminaría por dañar seriamente la imagen que durante tanto tiempo se han estado trabajando los de Rivera y que les ha llevado a tener tan buenos resultados en las encuestas.
El rifirrafe, que trae en jaque a los dos Partidos conservadores y  que habrán de resolver necesariamente sin ningún tipo de ayuda externa, aunque para ambos resulte extremadamente peligroso, beneficia sin embargo a los dos Partidos de izquierdas, que no han tenido ninguna duda en la necesidad de presentar la Moción y que en estos momentos, aparecen, de cara a los electores, como los únicos que no han querido, desde el principio transigir, con este feo asunto de corrupción, apuntando la imperiosa necesidad de que el PP debe abandonar el poder en la Comunidad, a la mayor brevedad posible.
De la resolución que tome Rajoy, que ayer desde Argentina, evitaba explícitamente referirse a Cifuentes por su nombre, como ya ha ocurrido en otros casos anteriormente, depende ahora que los populares continúen cómodamente instalados en la Presiedencia de esta importantísima Comunidad o que Rivera, incluso llegue a replantearse, al menos abstenerse, el día que se celebre la Moción, aun teniendo que alinearse con quiénes siempre ha considerado como sus peores enemigos, con tal de no dar por perdida, toda su área de influencia.
Más vale, pensará Rivera, cerrar los ojos y votar, aunque sea por una sola vez con Podemos, que perder de repente toda posibilidad de poder meter la cabeza en Madrid, cuando se celebren nuevos Comicios, aunque para ello se haya de sacrificar una parte del voto conservador con el que ilusoriamente ya se contaba y que se podría recuperar, tal vez, con un poco de suerte, en el tiempo que resta hasta la celebración de las elecciones.
Todo hubiera sido mucho más fácil si Cifuentes hubiera consentido en dimitir, pero como ya decíamos al principio, decir adiós, no entra en los cálculos preestablecidos de cualquier político que se precie y menos aún, cuando ronda por medio, la pérdida total de la credibilidad, como ocurre en el caso que nos ocupa.
Por primera vez, la derecha parece seriamente dividida por la contradicción de sus propias opiniones y solo un milagro de última hora, o la razón de la fuerza, administrada  por alguno de estos curiosos contendientes, podrían cambiar el rumbo de las cosas, aunque a ninguna de ambas partes, convenciera realmente el acuerdo.



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