La detención de una de las líderes de los Comités para la
defensa de la República, en Catalunya, acusada por el juez de rebelión y
terrorismo, ha logrado sorprender, no sólo a los separatistas que aplauden las
acciones callejeras que están llevando a cabo estos grupos, en plazas y
carreteras, sino también, a todos los ciudadanos en general, que consideran excesivas las acusaciones que
se imputan a esta mujer y que llevan inmediatamente a la tentación de comparar
sus actos con los de los yihadistas o los etarras, sin que exista similitud
alguna entre ellos.
Ya dijimos en su momento que la aprobación de la Ley Mordaza acabaría
por instalar entre nosotros toda una suerte de portentosas injusticias y que a
los magistrados, no les quedaría ninguna otra opción que tener que aplicarla
obligatoriamente, estuvieran o no, en su fuero interno, de acuerdo con lo que allí
quedo escrito y que amenaza seriamente, las libertades de los
ciudadanos.
De todos los ejemplos que se han venido sucediendo a lo largo
del tiempo y que han corroborado las sospechas que todos teníamos sobre la
aplicación de esta Ley, estos delitos que se imputan a la separatista recién detenida,
convierte su caso en el más controvertido de cuántos hemos conocido hasta
ahora, poniendo a la justicia española en el punto de mira, no sólo de la sociedad
en general, sino también, de las Instituciones europeas, que tras el caso de
Puigdemont, examinan con lupa cuántos
sucesos se desarrollan en Catalunya, sobre todo desde que el juez alemán
contradijera los cimientos de la acusación reflejada por Llarena, en el acta de la euro orden.
Que tras la detención de Puigdemont la violencia callejera ha
ido in crescendo en Catalunya, contrastando con la actitud pacífica que
exhibieron con anterioridad, los partidarios de la Independencia, todos lo sabemos
y también que los cortes de carreteras y
la quema de neumáticos han proliferado desde que nacieran estos Comités
para la Defensa de la República, pero lo cierto y verdad es que estos incidentes
ya los habíamos visto en muchísimas ocasiones anteriormente, en relación con determinadas
huelgas, por ejemplo, sin que sus protagonistas hayan sido acusados jamás de
otro delito que el de participar en desórdenes callejeros, que normalmente se saldaron
con algún tipo de multa, de mayor o menor cuantía.
Muchos han sido los juristas que se han llevado las manos a
la cabeza tras conocer estas imputaciones y mucha la gente que, en general, ha
considerado como sobrepasada la acción judicial, fundamentalmente, porque
alimenta, en cierta medida, la teoría de la persecución política que exhiben
cada vez que pueden los líderes separatistas y nos aleja un poco más de la
posibilidad de arbitrar una concordia entre catalanes, que resulta ser
estrictamente necesaria, para la resolución de este gravísimo conflicto.
Lo cierto y verdad es
que este tipo de acciones están logrando que en el extranjero se empiecen a
tomar muy en serio los argumentos que esgrimen los separatistas y que hablan
continuamente de una persecución implacable, por causas meramente ideológicas,
cuestión que si me permiten, está empezando a dañar la imagen de un país, que
se había comportado modélicamente en estas cuestiones, desde la transición y
que ahora está perdiendo el norte, desde el momento en que su Gobierno decidió
judicializar el problema, en lugar de buscar algún tipo de soluciones políticas,
que suavizaran la tensión que vivimos desde hace unos meses, catalanes y
españoles.
Esta primera detención, que podría verse numéricamente
incrementada por otras nuevas, con la aquiescencia de un Ejecutivo que en el
fondo piensa que la jugada del juez alemán, no puede ni debe volver a repetirse
y cuya única obsesión es la de proclamarse, con toda claridad, vencedor de esta
absurda guerra, tiene sin embargo el peligro de poder generar en breve, una
oleada de mayor violencia, en un momento en que lo aconsejable sería propiciar,
a la mayor brevedad posible, la creación de un nuevo Gobierno catalán, que
resolviera las abismales diferencias abiertas entre los ciudadanos de este
territorio y que conllevara la retirada del 155, para recuperar una normalidad,
que cada vez parece más inalcanzable y lejana.
Con Puigdemont en libertad, esta profusión de delitos
imputados a un personaje sin relevancia
política, parece significar un paso en falso, que habrá de corregirse, si no se
quiere empeorar el problema y deja entre los ciudadanos, un mal sabor de boca,
pues lo apetecible sería encontrar una vía de entendimiento entre las partes, que
con este tipo de acciones, queda frustrado, antes de su nacimiento.
No se me ocurre, en estos momentos, nada que pueda alimentar
la ilusión de que pueda terminarse esta historia, que tanto daño nos está
haciendo.

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