Para todos los que esperábamos que el Debate celebrado anoche
pusiera luz en la intención de voto de los indecisos, sentarnos delante del
televisor durante más de dos horas, se convirtió en una especie de soporífera
tortura de la que no queríamos escapar, por si en algún momento alguno de los
participantes lograba animar el tono tedioso del diálogo, que más que una
discusión entre oponentes políticos, se parecía a un turno de intervenciones en el Congreso,
debido al espantoso formato elegido por la Academia de Televisión, para la
celebración de este evento.
Desde el primer momento, se destaparon las estrategias de los
líderes con claridad meridiana, a los ojos de los espectadores y lo que podía
haber sido aprovechado por todos ellos, para obtener que un mayor número de
votantes les otorgara su confianza el próximo día veintiséis, se convirtió en
un mero relato de acontecimientos aprendido de carrerilla, de aquello que pudo
haber sido y no fue y en un deseo inútil de adjudicar culpabilidades a Podemos,
por parte de Sánchez y Rivera.
En incontables ocasiones, un Pedro Sánchez temeroso de que se
produzca el sorpasso, cargó inexplicablemente contra Iglesias, en lugar de
aprovechar la impagable ocasión de tener al escurridizo Rajoy enfrente, con una
táctica que llegó a cansar considerablemente a los ciudadanos, a los que en
ningún momento convenció de que la falta de acuerdo en las negociaciones
anteriores, no se debió exclusivamente, a la postura de los barones de su
Partido.
Entretanto, Albert Rivera se limitaba a mostrar una ristra de
portadas de periódicos, casi todas ellas de El mundo, en un intento vano de
intimidar a Iglesias y Rajoy con titulares que ya todos conocemos, avanzando a
los españoles que como todos ya intuíamos, su ambición personal es ilimitada y
también que no resulta difícil rebatir cada uno de sus argumentos, por lo que
se convirtió en el blanco preferido de un Mariano Rajoy, que seguramente
recuperó, con su intervención, un buen puñado de los votos que le fueron
arrebatados por Ciudadanos, el veinte de diciembre.
Muy bien le fue al Presidente de Gobierno en funciones, a
pesar de lo que ha llovido y sólo en los temas relacionados con la corrupción, pudimos
verle perder, en cierta medida, los nervios, aunque logró salvar inexplicablemente
el tipo, gracias a un Pedro Sánchez empeñado en desprestigiar a un Pablo iglesias,
que en ningún momento entró al trapo de sus reiteradas acusaciones.
Pecó el líder morado, de excesiva moderación, guardándose de
caer en esos excesos que en su caso dividen, por igual, la opinión de los
ciudadanos y optó, quizá de manera equivocada para sus propios intereses, por
salvaguardar ese segundo puesto que le ofrecen en todas las encuestas, pero que
aún está por ganar en las urnas, realmente.
Faltó anoche, y de qué manera, la frescura que dan
a este tipo de eventos las interrupciones
entre oponentes y sobre todo, la pasión que debe caracterizar la defensa de las
respectivas posturas, que terminaron por confundirse, como si todas ellas
procedieran de un mismo tronco ideológico y que sólo en momentos puntuales,
quedaron definidas tal cual son, en perjuicio de sus respectivos representantes.
Tampoco el minuto de oro terminó de
aclarar quién fue el ganador de este Debate, que seguramente será recordado
como uno de los peores, de cuantos hemos tenido oportunidad de ver, para desgracia
nuestra, y cuyo planteamiento pareció estar equivocado desde el principio, no
se sabe, si por atender peticiones de líderes concretos o porque esta Academia
de Televisión, no tiene la menor idea de cómo debe ser un enfrentamiento real
entre aspirantes a presidir el Gobierno de la Nación, a juzgar por el formato
elegido.
Menos mal que los ciudadanos gozan
de un alto índice de inteligencia y sabrán, por si mismos, elegir el día veintiséis,
a quienes consideren que pueden representar mejor, el grueso de sus intereses,
porque el Debate, bien se podría calificar, como el colmo del aburrimiento.

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