En un clima dominado por los efectos que está ejerciendo el
brexit sobre la economía mundial, los resultados de las elecciones españolas
han dado un respiro a los principales dirigentes europeos, que temían
seriamente al anunciado y después fallido sorpasso de Podemos sobre el PSOE y
que encuentran en Mariano Rajoy, un socio cuya demostrada mansedumbre
permitirá, sin ningún género de dudas, continuar con las políticas de recortes
previstas para nuestro país, durante la próxima legislatura.
Nunca sabremos qué hubiera sucedido si Podemos hubiera
adelantado a los socialistas con holgura, teniendo así la oportunidad de
presidir un gobierno de coalición de corte progresista, ni cuál hubiera sido la
reacción de Europa, ahora que se le va uno de sus socios con más solera y que
Portugal amenaza también con abandonar, si no se le mejoran las
condiciones que asfixian a sus
ciudadanos insoportablemente, pudiendo, en los próximos meses, precipitarse un
efecto contagio que acabe con la hegemónica tiranía del norte, sobre el sur, en
este viejo continente.
La lealtad de los votantes conservadores y el miedo cerval de
una parte del electorado formado, fundamentalmente, por personas mayores a las
que se ha amenazado de manera continuada con que un triunfo de Podemos, hubiera
repercutido gravemente sobre el montante de sus pensiones, han escamoteado la
posibilidad de poder iniciar un cambio radical en las políticas neoliberales,
que tantos disgustos nos han acarreado a todos, desde que Rajoy fuera nombrado
Presidente.
Pero la cautela no siempre puede ser considerada como una
amiga y a veces, tanta precaución para evitar cualquier tipo de riesgo, en los
asuntos políticos, conlleva perder irremediablemente la oportunidad de poder
avanzar en otra dirección que no sea la que marcan los grandes señores del
dinero, primordialmente preocupados porque no se produzcan rendijas por las
que, de algún modo, puedan escapar sus jugosos e imprescindibles beneficios.
Nunca antes, había estado España, de tan cerca de poder
liberarse del yugo esclavizador de la Comunidad, ni de haber empezado a
escribir una historia distinta de la que para nosotros tienen ya programada,
los que rigen tiránicamente nuestras vidas, pero la valentía es una virtud que
no todo el mundo tiene la suerte de poseer y la incomprensible candidez que
conservan aún, un buen puñado de españoles, han terminado por inclinar la
balanza en estas elecciones, hacia el lado del más puro continuismo.
Pronto, muchos caerán en la cuenta de que se equivocaron, al
ser por medio de sus votos, cómplices de una corrupción que seguirá creciendo y
en cuanto el PP empiece a olvidar, como suele ser su costumbre, todas y cada
una de sus promesas electorales, para poner en marcha los nuevos paquetes de
recortes que ya ha empezado a exigir Europa, las barras de los bares, que son,
desgraciadamente, el Parlamento de este pueblo nuestro, volverán a poblarse de
descontentos incapaces de hacer nada para remediar su situación, que enseguida
se arrepentirán de haber confiado, otra vez, en quiénes no debían.
En este tiempo de pactos pendientes, en el que nuestro futuro
se presenta aún incierto, algunos, tenemos la sensación de haber sido
ignominiosamente derrotados por las mentiras de los discursos y sobre todo, por
el miedo.
Tener que soportar otro gobierno de Rajoy, aunque ahora ya no
cuente con la mayoría absoluta que nos encadenaba a él, irremediablemente, no
deja de ser una desgracia que realmente tendríamos que agradecer, a nuestros
propios conciudadanos, por mucho que nos duela.
Parece, como si la infelicidad que hemos visto a nuestro
alrededor en estos últimos tiempos, no hubiera sido suficiente y ocho millones
de españoles, que no pueden ser ricos en su totalidad, acabaran de firmar un
nuevo cheque en blanco para que todos seamos más castigados aún, en libertades
y derechos.
Pero ser demócrata no es más que aceptar con resignación lo
que votan las mayorías, aunque por dentro, uno se pregunte indefectiblemente,
si de verdad toda esa gente, sabe lo que le conviene.

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