Abren los colegios electorales, en una de las jornadas más
inciertas que hemos vivido los ciudadanos, desde que se instaurara la
Democracia y el día se presenta largo y esperanzador para un buen número de votantes y agónico
para otros, que esta noche verán, con toda probabilidad, que los errores
terminan pagándose uno a uno, sin posible remedio, pues la tozudez de la
verdad, nos persigue a todos a lo largo de nuestras vidas, hasta aflorar,
implacable y concienzudamente.
Mucho hemos crecido, a nuestro pesar, en estos últimos cuatro
años y medio, aprendiendo a mazazos a perder toda aquella inocencia que nos
mantenía anclados a la idea de que era posible que existiera una clase política
honesta, capaz de luchar incansablemente por mejorar, en lo posible, la marcha
de nuestras vidas y mucho hemos aprendido, solo mirando alrededor, sobre cómo
se pueden frustrar las esperanzas de manera irremediable y violenta, dejándonos
desamparados ante el destino, sin que aquellos en los que confiamos muevan un
dedo por defender ni nuestros intereses, ni nuestra dignidad, haciendo trizas
el contrato tácito que con ellos firmamos, el día que confiamos a su quehacer,
las ilusiones de poder disfrutar de un futuro mejor, al lado de los nuestros.
Mucho camino hemos andado, primero en angustiosa soledad y
después, comprendiendo que éramos multitud, sufriendo las mismas desgracias
inesperadamente sobrevenidas, para instalarse entre nosotros durante demasiado
tiempo y rompiendo al unísono aquel silencio adormecedor que nos mantenía
esclavizados a los designios tiránicos provenientes de quienes gestionaban, a
su placer, la crisis y llegando a la conclusión de que las cifras de la marcha
de la economía, nos habían relegado, como personas, al último plano de las
prioridades que tenían los que nos gobernaban, con una mayoría que impedía,
cualquier atisbo de rebelión, por parte de este pueblo.
Mucho hemos sobrellevado pacientemente desde que votamos la última
vez, cayendo en la cuenta de que para la mayoría de los partidos, resulta
imposible llegar a ningún tipo de acuerdo con los otros, si no ven claramente
colmadas sus ambiciones de poder y que la virtud de dialogar, no se ha hecho en
general, para casi ninguno de esos políticos, que prefieren conspirar en la
sombra, los unos contra los otros, para asegurarse una permanencia en la cima,
antes que renunciar a algunas cosas, por el bien de las mayorías.
Mucho nos han tachado, simplemente por opinar en libertad, de
radicales, de antisistema, de
perroflautas, de inexpertos, de insolventes y hasta de comunistas camuflados,
como si hubieran vuelto aquellos tiempos en que serlo se consideraba un pecado
imperdonable, que se pagaba con la vida en algún paredón de cualquier carretera
intransitable, o en las tapias de los cementerios.
Mucho nos han llamado populistas, sin comprender que no es
una deshonra pertenecer al pueblo, sino más bien, un orgullo para quienes como
nosotros, aún tenemos la suerte de no haber cometido jamás ningún delito contra
nadie, siendo como somos, a su pesar,
gente sencilla, pero cuya voluntad soberana posee el privilegio impagable de
sentar o bajar de los sillones, a quiénes queremos que rijan nuestros destinos
Y a pesar de todo, hemos llegado hasta aquí. Limpios de
corazón, libres de pensamiento y dispuestos, a introducir en cada urna, de cada
uno de los rincones de nuestro territorio, una decisión tomada en conciencia,
con la serenidad que da, saber perfectamente lo que uno no quiere y con la
voluntad imparable de querer cambiar el rumbo de nuestra historia, libres del
miedo y sin violencia.
Quede claro, que no han conseguido arrebatarnos, la ilusión,
que al final, es la que mueve y ha movido el mundo desde siempre, por mucho que
les pese a algunos.

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