domingo, 5 de junio de 2016

Mares de horror y muerte


Mientras cientos de cruceros de lujo surcan los mares cercanos a España, Italia y Grecia, proporcionando toda clase de diversiones a los pasajeros que en ellos viajan, otras barcazas, desvencijadas y atestadas de seres humanos de todas las edades, que pagan un alto precio a las mafias, por huir del hambre y las guerras, van dejando un reguero de naufragios que se saldan a diario con altísimo número de muertos, sin que Europa, madrastra sin corazón, se apiade de la espantosa realidad que se ven obligados a vivir, estos migrantes del SXXI, a los que nadie quiere abrir sus puertas.
Estas diferencias insalvables, a las que sistemáticamente cerramos los ojos, cómodamente instalados en nuestro estado de evidente bienestar, siguen creciendo alrededor de nuestras herméticamente cerradas fronteras y representan una clase de genocidio, en el que no se asesina por la fuerza de las armas, sino por medio de la indiferencia y la inacción, a pesar de contar con todos los medios necesarios, para haber acabado con ello, hace ya mucho tiempo.
Pero los gobiernos europeos hace mucho que dejaron de tener corazón y desde que decidieron que el único motor que les mueve, se encuentra directamente relacionado con la marcha de su propia economía, lo que suceda a los seres humanos, sus miserias,  su dolor, las humillaciones a que se ven sometidos y me atrevería a decir que hasta sus vidas, ha dejado de tener la menor importancia para unos gobernantes de hierro, que nada se atreven a hacer o decir, con tal de no contrariar la voluntad de quienes manejan los capitales, pues se encuentran bajo una estricta dependencia, de las deudas que con ellos tienen.
Así, que las imágenes de las playas repletas de cadáveres hinchados, por los efectos de los ahogamientos, el hacinamiento desmesurado de los campos de refugiados, cuyas condiciones vitales no podrían ser más repelentes y las historias personales de los que han sido depositados en ellos, como ganado, sólo es un elemento más, dentro de unas negociaciones absurdas, que finalmente dilucidarán qué países se harán cargo de solventar este gravísimo problema a los demás y siempre, por supuesto, a cambio de dinero.
Nada hacen los organismos internacionales para cambiar el curso de esta historia espeluznante, ni por supuesto, a nadie se le ocurre cuestionar las decisiones que adoptan continuamente los poderosos, plácidamente aislados en su hermética burbuja de inmunidad amparada por sus leyes, aunque las dimensiones que ha alcanzado el problema, sobrepasan, con mucho, a las que se hubieran dado en el pasado, en otras circunstancias menos graves, que fueron por los mismos, que ahora son los encargados de esta gestión, calificadas de crímenes contra la humanidad y por las   que se condenó severamente, a los autores de los hechos.
Ahora no. Ahora se van cumpliendo, con cuenta gotas, los compromisos adquiridos y ni siquiera se permite a los Ayuntamientos dispuestos a colaborar con el acogimiento, llevar a buen término sus propósitos, como si una conjura generalizada se hubiera firmado en secreto entre las grandes potencias europeas, para salvaguardar, no se sabe muy bien, qué clase de honor  y los refugiados pudieran esperar sine die, a que se halle una solución conveniente, que no dañe la impoluta imagen de desarrollo, de que Europa presume.
Y sin embargo, la realidad que vemos alrededor, pone en cuestión toda la integridad  de este Sistema, que tolera con su inusitada inacción, que se pisoteen los derechos humanos, en el corazón mismo de este Continente, sin que ni siquiera se pueda acudir libremente a la justicia para reclamar un trato digno, para estas personas que son, exactamente iguales que nosotros, aunque hayan tenido la mala suerte de nacer en otros lugares, en los que no se conoce ahora, más que la desolación y la guerra.
La admirable labor de los voluntarios, es lo único que nos permite continuar teniendo fe en la raza humana, poniendo en tela de juicio la clase de política que se ejerce en nuestros respectivos países y que va, cada vez más frecuentemente, en una dirección diametralmente opuesta, a la que gustaría a los pueblos.
Por ellos y por todos los que aún tenemos corazón, podemos conservar cierta esperanza de encontrar un camino diferente.
Ojalá y fuéramos capaces de transmitir toda la rabia que sentimos.




No hay comentarios:

Publicar un comentario