Mientras cientos de cruceros de lujo surcan los mares
cercanos a España, Italia y Grecia, proporcionando toda clase de diversiones a
los pasajeros que en ellos viajan, otras barcazas, desvencijadas y atestadas de
seres humanos de todas las edades, que pagan un alto precio a las mafias, por
huir del hambre y las guerras, van dejando un reguero de naufragios que se
saldan a diario con altísimo número de muertos, sin que Europa, madrastra sin
corazón, se apiade de la espantosa realidad que se ven obligados a vivir, estos
migrantes del SXXI, a los que nadie quiere abrir sus puertas.
Estas diferencias insalvables, a las que sistemáticamente
cerramos los ojos, cómodamente instalados en nuestro estado de evidente
bienestar, siguen creciendo alrededor de nuestras herméticamente cerradas
fronteras y representan una clase de genocidio, en el que no se asesina por la
fuerza de las armas, sino por medio de la indiferencia y la inacción, a pesar
de contar con todos los medios necesarios, para haber acabado con ello, hace ya
mucho tiempo.
Pero los gobiernos europeos hace mucho que dejaron de tener
corazón y desde que decidieron que el único motor que les mueve, se encuentra
directamente relacionado con la marcha de su propia economía, lo que suceda a
los seres humanos, sus miserias, su
dolor, las humillaciones a que se ven sometidos y me atrevería a decir que
hasta sus vidas, ha dejado de tener la menor importancia para unos gobernantes
de hierro, que nada se atreven a hacer o decir, con tal de no contrariar la
voluntad de quienes manejan los capitales, pues se encuentran bajo una estricta
dependencia, de las deudas que con ellos tienen.
Así, que las imágenes de las playas repletas de cadáveres
hinchados, por los efectos de los ahogamientos, el hacinamiento desmesurado de
los campos de refugiados, cuyas condiciones vitales no podrían ser más
repelentes y las historias personales de los que han sido depositados en ellos,
como ganado, sólo es un elemento más, dentro de unas negociaciones absurdas,
que finalmente dilucidarán qué países se harán cargo de solventar este
gravísimo problema a los demás y siempre, por supuesto, a cambio de dinero.
Nada hacen los organismos internacionales para cambiar el
curso de esta historia espeluznante, ni por supuesto, a nadie se le ocurre
cuestionar las decisiones que adoptan continuamente los poderosos, plácidamente
aislados en su hermética burbuja de inmunidad amparada por sus leyes, aunque
las dimensiones que ha alcanzado el problema, sobrepasan, con mucho, a las que
se hubieran dado en el pasado, en otras circunstancias menos graves, que fueron
por los mismos, que ahora son los encargados de esta gestión, calificadas de
crímenes contra la humanidad y por las que se condenó severamente, a los autores de
los hechos.
Ahora no. Ahora se van cumpliendo, con cuenta gotas, los
compromisos adquiridos y ni siquiera se permite a los Ayuntamientos dispuestos
a colaborar con el acogimiento, llevar a buen término sus propósitos, como si
una conjura generalizada se hubiera firmado en secreto entre las grandes
potencias europeas, para salvaguardar, no se sabe muy bien, qué clase de
honor y los refugiados pudieran esperar
sine die, a que se halle una solución conveniente, que no dañe la impoluta
imagen de desarrollo, de que Europa presume.
Y sin embargo, la realidad que vemos alrededor, pone en
cuestión toda la integridad de este
Sistema, que tolera con su inusitada inacción, que se pisoteen los derechos
humanos, en el corazón mismo de este Continente, sin que ni siquiera se pueda
acudir libremente a la justicia para reclamar un trato digno, para estas
personas que son, exactamente iguales que nosotros, aunque hayan tenido la mala
suerte de nacer en otros lugares, en los que no se conoce ahora, más que la
desolación y la guerra.
La admirable labor de los voluntarios, es lo único que nos
permite continuar teniendo fe en la raza humana, poniendo en tela de juicio la
clase de política que se ejerce en nuestros respectivos países y que va, cada
vez más frecuentemente, en una dirección diametralmente opuesta, a la que
gustaría a los pueblos.
Por ellos y por todos los que aún tenemos corazón, podemos
conservar cierta esperanza de encontrar un camino diferente.
Ojalá y fuéramos capaces de transmitir toda la rabia que
sentimos.

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