Demasiadas veces, en estos tiempos que vivimos, cuando nos
parece que se está produciendo una noticia de fundamental importancia para
nosotros, como es el caso de los resultados de las elecciones, ser abre en
cualquier parte del mundo una nueva corriente de terror, que nos demuestra, con
toda la crudeza posible, la fragilidad de nuestras vidas, cuando se encuentran,
como ahora, a merced de un peligro generalizado, que se extiende sibilinamente
entre nosotros, sin que podamos siquiera defendernos.
Resuenan hoy en Estambul , la preciosa ciudad de las
mezquitas que todos debiéramos conocer por su inestimable belleza y por la
amabilidad de sus gentes, los ecos cobardes de una violencia gratuita que no
sólo mata por matar, sino que se regodea descaradamente en el uso cotidiano de
una ferocidad inconcebible, dirigida, en la mayoría de los casos, sobre las
vidas de los inocentes.
Lejos de poder ser justificada por motivos políticos que en
otros casos resultarían evidentes y que a todos nos duelen por la injusticia desoladora
que en sí mismos representan, esta violencia fanática, falsamente cimentada en
unos motivos religiosos que dañan irremediablemente la imagen de un Islam, cuya
doctrina nada tiene que ver con estas prácticas luctuosas que ahora se le
empiezan a atribuir, alrededor de todo el mundo, está propiciando que se
extienda un clima de racismo feroz, alentado por los ultraderechistas de las
principales naciones, que mina extraordinariamente la posibilidad de conseguir
que exista un equilibrio pacífico entre Oriente y Occidente, basado en el
respeto mutuo y en la buena armonía entre culturas bien distintas.
El continuo flujo de armas y dinero inyectados a los
movimientos terroristas que desde que empezara la guerra de Irak, han ido
ganando adeptos, hasta engrosar sus filas de la manera que ahora conocemos, ha
supuesto y supone, un problema reiteradamente aplazado por los dirigentes
occidentales, probablemente porque muchos de los países a los que representan,
tienen o han tenido, relaciones de tipo económico con los principales
proveedores de los terroristas, aunque se nieguen a admitirlo.
Tampoco ayuda el trato que se está dispensando en esta Europa
nuestra a los refugiados que huyen de la desolación de la guerra y la muerte y
que son hacinados, como ganado, en las lindes de una Europa que les niega
cualquier ayuda humanitaria para poder establecerse en paz, lo que propicia, en
cierto modo, una radicalización ideológica en estas personas, que se sienten
abandonadas a su suerte.
Los treinta muertos de Estambul y los cientos de heridos que
se debaten entre la vida y la muerte en estos mismos momentos, podrían ser
considerados un ejemplo de cómo interpretan los terroristas los movimientos
políticos europeos y de cómo castigan la supuesta amistad que los líderes turcos
mantienen, con los mismos que ellos consideran verdugos de su pueblo.
Como en el caso de Madrid, Londres, Paris, Bruselas, Mali o
Paquistán, Estambul representa hoy para ISIS, un modo de hacer patente su
fuerza, frente a los occidentales y una forma de hacer patente que nada pueden
las guerras, contra estos comandos anónimos, capaces de infiltrarse impunemente,
en cualquier lugar de la tierra.
Urge pues, hallar otra manera de combatir el terrorismo y la
fanatización, pues la violencia, acaba generando nuevamente violencia.
Esa imagen de Siria, destrozada por los enfrentamientos entre
los unos y los otros y abandonada por todos a su negra suerte, simboliza la
absoluta falta de entendimiento y empatía, entre dos bloques tradicionalmente
opuestos.
Como siempre, los inocentes pagan con sus vidas, los errores
de los políticos, incapaces de hallar soluciones que no les produzcan algún
tipo de beneficio.

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