domingo, 26 de junio de 2016

El fracaso de la izquierda


Vuelve el PP a ganar las elecciones y lo hace ofreciendo una dura lección de unidad a una izquierda que no ha sabido encontrar, ni antes, ni durante la campaña electoral suficientes puntos de encuentro y que se ha dado de bruces con una realidad que la aleja definitivamente de las labores de gobierno, en un país en el que a la gente aún le puede el temor a perder lo poco que le queda, sobre todo después de ver lo difícil que resulta alcanzar acuerdos para unas fuerzas progresistas, que no hacen otra cosa que librar una batalla campal entre ellas, en un momento en el que lo que hace falta es, fundamentalmente, permanecer unidos.
Analizar punto por punto lo que ha ocurrido desde diciembre al electorado español, resulta ser una tarea difícil, pero habrá que sentarse a reflexionar y a reconocer los graves errores cometidos, a la vista de los resultados que nos han ofrecido estas extrañas elecciones, en las que ni siquiera las encuestas se han acercado lo más mínimo a lo que ha ocurrido al final, seguramente por la imagen de desunión que las izquierdas han venido ofreciendo a todas horas, a la mayoría de la gente.
En primer lugar, parece que los ciudadanos no han perdonado a nadie su incapacidad para llegar a un acuerdo tras los comicios de diciembre y que muchos de los electores que confiaron en las Fuerzas de nuevo cuño entonces, han preferido ahora volver al redil del bipartidismo, evitando, no sólo que se haya producido el esperado sorpasso de Podemos sobre el PSOE, sino también, condenando a los de Albert Rivera a una cuarta posición, muy por debajo de los cuarenta escaños que ya poseía y haciendo que los de Sánchez hayan perdido fuerza hasta en Andalucía, donde por primera vez, gana el PP, dejando a Susana Díaz en una incómoda posición, en el seno de su partido.
Asumir los resultados electorales y hacer un ejercicio de autocrítica, feroz e inaplazable, ha de ser la prioridad de estas izquierdas, a las que no les queda otro remedio que rendirse a las evidencias y tanto Iglesias como Sánchez, tendrán que convenir en que nada será posible para ellos, mientras no emprendan un camino de diálogo y entendimiento que al menos, ofrezca a los españoles una imagen de cierta serenidad que les capacite para manejar un poder, cada vez más difícil de ganar, si no es por propio merecimiento.
Puede que la izquierda contara con que los innumerables casos de corrupción asociados a los conservadores les pasarían factura y también con que el inmovilismo natural de Rajoy, que inquietaba incluso a los suyos, contribuiría grandemente a propiciar un cambio, estando la situación del país tan profundamente afectada, pero la lealtad incuestionable del electorado popular y la vuelta de los que por indignación, confiaron en Ciudadanos en Diciembre, nos han colocado exactamente dónde hoy nos encontramos y ya no hay tiempo para remediar los errores pasados.
Así que tendremos que empezar a convencernos de que será Rajoy quien nos gobierne, apoyado por Ciudadanos, durante los próximos cuatro años y afrontar con valentía un periodo de oposición que no se presenta fácil de resolver, sobre todo si no se consigue disminuir de forma contundente, el grado de crispación que enfrenta a las izquierdas en el panorama político español y se suaviza el tono del mensaje que se transmite a los ciudadanos, sobre todo por parte del PSOE, cada vez que se tiene oportunidad de expresar lo que se piensa.
La maldición, que tradicionalmente ha perseguido a la izquierda española, se hace hoy evidente, en la imposibilidad de derrotar a una derecha que a pesar de haber lesionado gravemente los intereses de las mayorías, con sus políticas de recortes, levanta la cabeza resurgiendo de sus propias cenizas, ofreciendo un ejemplo de férrea unidad, que hay que reconocerle.

Ahora toca, de nuevo, negociar y por supuesto, aceptar con resignación que las elecciones se han perdido. Echarnos la culpa los unos a los otros, no puede, sino mermarnos credibilidad, a los ojos de nuestros votantes y sobre todo, de los que no lo han sido, porque no hemos sabido transmitirles un mensaje que les convenza, para que se olviden del miedo.

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