miércoles, 8 de junio de 2016

El voto cautivo


Continúan apareciendo encuestas sobre la intención de voto de los españoles y la última, que hemos conocido esta mañana, colocaría al PP como vencedor de los Comicios, con un 30%, seguido de la coalición Unidos Podemos, con un 24% y que protagonizaría así el temido sorpasso sobre un PSOE, que sólo lograría obtener, un escuálido 20% y un Ciudadanos que experimentaría una ligera subida, aproximadamente, con un 14%.
No se sabe qué puede causar más asombro. Si el descenso imparable de un Partido Socialista, que durante muchos años gozó de la confianza de los españoles, o ese 30% que se le atribuye a un PP, fuertemente azotado por innumerables casos de corrupción, que no parecen sin embargo, pasarle factura, en una parte de la sociedad, que acepta con inexplicable sumisión, cualquier cosa que pueda ocurrirle.
Muchos dirán y razón no les falta, que es ese miedo atroz que atenaza a las personas, cuando ya les queda muy poco que perder, el que nutre los graneros de votos inamovibles que se le otorgan al PP, a pesar de todo lo que está ocurriendo y ha ocurrido, pero estoy convencida, que bajo esa capa de masoquismo atroz, ha de haber, necesariamente algo más, que empuja a una mayoría de los ciudadanos de este país, a querer mantener el yugo al que se encuentran encadenados, como si aceptaran irremediablemente, su espantoso destino.
Porque en ese treinta por ciento ha de haber, con toda seguridad, trabajadores que han sido despedidos, a raíz de la aprobación de la Reforma Laboral, desahuciados a quienes los bancos, a los que se ayudó con el rescate, han expulsado de sus viviendas, por no poder hacer frente al pago de sus hipotecas, enfermos que se eternizan en las listas de espera de una Seguridad social que se tambalea por los recortes que se le han infringido, padres de jóvenes que se han visto obligados a emigrar, para poder optar a un empleo digno y de otros, que han tenido que abandonar sus estudios, por la drástica reducción del número de becas, familiares de dependientes que han sido abandonados a su suerte por la Administración y pensionistas, a los que no ha quedado otro remedio que compartir sus escasos bienes, crematísticos e inmobiliarios, con hijos retornados que huían, junto con sus familias, de los efectos devastadores de la crisis y sin embargo, todos esos calvarios estoicamente soportados y la terrible sensación de no tener siquiera una sola esperanza de mejorar en un futuro incierto, no parecen ser suficientes, para generar la valentía  de atreverse a intentar que las cosas empiecen a cambiar, en otra dirección bien distinta, ya que permanecen cautivos de un voto de obediencia, que va a parar, precisamente, a quiénes fueron los causantes reales, de todos estos males que padecen.
Puede que la radicalidad de Podemos, que puede basarse en gran parte, en la insultante juventud de sus líderes, atemorice a una cierta parte del electorado, acostumbrado a que los políticos tengan que ser, por norma, señores serios y encorbatados que pronuncian, en general, discursos ininteligibles para las mayorías y que precisamente por su aspecto, otorgan cierta circunspección a los asuntos del Estado, aunque después y según lo que estamos viendo, muchos de ellos no busquen en el ejercicio de la profesión, más que una vía de enriquecimiento personal, a través de la corrupción, sin pensar en absoluto, en el bien de la ciudadanía.
Pero es que en esta España, hemos evolucionado muy poco, en estas cosas de la estética y aún nos influye, sobre todo a los más mayores, el aspecto que tengan los demás, por encima de lo que de verdad encierren dentro, como si continuáramos viviendo en una realidad decimonónica, que no conseguimos desterrar, mediatizados por un tradicionalismo caduco, que no nos permite crecer en otra dirección, que no sea la de las normas impuestas.
Y aunque una parte de la sociedad se va a atrever, el 26 de Junio, a apostar por un modelo distinto, la imperturbable pasividad de quienes ni siquiera son capaces de dilucidar culpabilidades evidentes, puede ensombrecer un triunfo, que de otro modo, sería, incontestable y por medio del cual, se iniciaría un nuevo proceso.
Habría pues que rogar, a todos aquellos a quienes atenaza el miedo, a quienes les puede la amargura de pensar que lo que puede venir con el cambio, les deje sin lo poco que aún tienen y a los que  proceden de las clases trabajadoras del país, que aunque sólo sea por una vez, se atrevan.
Todo lo que perdimos, incluida la alegría, y que se puede volver a recuperar, lo merece.






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