Continúan apareciendo encuestas sobre la intención de voto de
los españoles y la última, que hemos conocido esta mañana, colocaría al PP como
vencedor de los Comicios, con un 30%, seguido de la coalición Unidos Podemos,
con un 24% y que protagonizaría así el temido sorpasso sobre un PSOE, que sólo
lograría obtener, un escuálido 20% y un Ciudadanos que experimentaría una
ligera subida, aproximadamente, con un 14%.
No se sabe qué puede causar más asombro. Si el descenso
imparable de un Partido Socialista, que durante muchos años gozó de la
confianza de los españoles, o ese 30% que se le atribuye a un PP, fuertemente
azotado por innumerables casos de corrupción, que no parecen sin embargo,
pasarle factura, en una parte de la sociedad, que acepta con inexplicable
sumisión, cualquier cosa que pueda ocurrirle.
Muchos dirán y razón no les falta, que es ese miedo atroz que
atenaza a las personas, cuando ya les queda muy poco que perder, el que nutre
los graneros de votos inamovibles que se le otorgan al PP, a pesar de todo lo
que está ocurriendo y ha ocurrido, pero estoy convencida, que bajo esa capa de
masoquismo atroz, ha de haber, necesariamente algo más, que empuja a una
mayoría de los ciudadanos de este país, a querer mantener el yugo al que se
encuentran encadenados, como si aceptaran irremediablemente, su espantoso
destino.
Porque en ese treinta por ciento ha de haber, con toda
seguridad, trabajadores que han sido despedidos, a raíz de la aprobación de la
Reforma Laboral, desahuciados a quienes los bancos, a los que se ayudó con el
rescate, han expulsado de sus viviendas, por no poder hacer frente al pago de
sus hipotecas, enfermos que se eternizan en las listas de espera de una
Seguridad social que se tambalea por los recortes que se le han infringido,
padres de jóvenes que se han visto obligados a emigrar, para poder optar a un
empleo digno y de otros, que han tenido que abandonar sus estudios, por la
drástica reducción del número de becas, familiares de dependientes que han sido
abandonados a su suerte por la Administración y pensionistas, a los que no ha
quedado otro remedio que compartir sus escasos bienes, crematísticos e
inmobiliarios, con hijos retornados que huían, junto con sus familias, de los
efectos devastadores de la crisis y sin embargo, todos esos calvarios
estoicamente soportados y la terrible sensación de no tener siquiera una sola
esperanza de mejorar en un futuro incierto, no parecen ser suficientes, para
generar la valentía de atreverse a
intentar que las cosas empiecen a cambiar, en otra dirección bien distinta, ya
que permanecen cautivos de un voto de obediencia, que va a parar, precisamente,
a quiénes fueron los causantes reales, de todos estos males que padecen.
Puede que la radicalidad de Podemos, que puede basarse en gran
parte, en la insultante juventud de sus líderes, atemorice a una cierta parte
del electorado, acostumbrado a que los políticos tengan que ser, por norma,
señores serios y encorbatados que pronuncian, en general, discursos
ininteligibles para las mayorías y que precisamente por su aspecto, otorgan
cierta circunspección a los asuntos del Estado, aunque después y según lo que
estamos viendo, muchos de ellos no busquen en el ejercicio de la profesión, más
que una vía de enriquecimiento personal, a través de la corrupción, sin pensar
en absoluto, en el bien de la ciudadanía.
Pero es que en esta España, hemos evolucionado muy poco, en
estas cosas de la estética y aún nos influye, sobre todo a los más mayores, el
aspecto que tengan los demás, por encima de lo que de verdad encierren dentro,
como si continuáramos viviendo en una realidad decimonónica, que no conseguimos
desterrar, mediatizados por un tradicionalismo caduco, que no nos permite
crecer en otra dirección, que no sea la de las normas impuestas.
Y aunque una parte de la sociedad se va a atrever, el 26 de
Junio, a apostar por un modelo distinto, la imperturbable pasividad de quienes
ni siquiera son capaces de dilucidar culpabilidades evidentes, puede
ensombrecer un triunfo, que de otro modo, sería, incontestable y por medio del
cual, se iniciaría un nuevo proceso.
Habría pues que rogar, a todos aquellos a quienes atenaza el
miedo, a quienes les puede la amargura de pensar que lo que puede venir con el
cambio, les deje sin lo poco que aún tienen y a los que proceden de las clases trabajadoras del país,
que aunque sólo sea por una vez, se atrevan.
Todo lo que perdimos, incluida la alegría, y que se puede
volver a recuperar, lo merece.

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