En la estela de los Papeles de Panamá, que han devuelto al
periodismo de investigación el prestigio que le había robado el descarado
partidismo de determinados medios y capitaneados por Ignacio Escolar, que fue
fulminado por Juan Luis Cebrián, por dar a
conocer su relación con ciertas
empresas en paraísos fiscales, se publica ahora una información en la que se
implica a varios miembros de la familia del Rey Juan Carlos, con la amnistía
fiscal aprobada por el PP, al principio de la anterior legislatura.
De nuevo el apellido Borbón es directamente relacionado con
la posesión de bienes fuera de las fronteras del país, como si hubiera sido
desde siempre, una costumbre de estas familias pertenecientes a la nobleza,
ocultar a la Hacienda de todos los ciudadanos, fortunas y bienes de valor
incalculable, depositados desde tiempos atrás, en cuentas suizas y en otras
entidades, que probablemente les proporcionaban, un mayor beneficio.
Esta nobleza innoble, a la que se le llena la boca cuando habla de la madre
patria, devota acérrima de símbolos y banderas, cuyos colores suelen lucir alrededor
de sus delicadas muñecas, defensora de tradicionalismos trasnochados y de una
unidad tefrritorial que no admite, desde
su particular punto de vista, ninguna fisura, no tiene sin embargo, el menor
pudor, en escamotear al Erario público el montante real de sus abundantes
fortunas, probablemente, porque deben considerar de mal gusto, compartir con el
pueblo llano, zafio y vulgar, en comparación con su delicada fineza, aquello que
por ley les corresponde declarar y que está dedicado a mejorar la calidad de
vida de sus conciudadanos, de los que sólo se acuerdan cuando se trata de
defender, a ultranza, los rancios valores que les inculcaron sus antepasados,
cuando sólo ellos tenían derecho a una educación de calidad o a una sanidad
concebida, únicamente para los ricos.
Son estos, los que exhiben las banderas de España en los
palcos de las competiciones deportivas, los que acuden, vestidos con sus
mejores galas, a las recepciones ofrecidas en Palacio y los que concurren,
haciendo alarde de su caridad cristiana, a recaudar fondos para los pobres,
hucha en ristre y a los rastrillos solidarios en los que se colocan, por unos
días, los delantales reservados en su rutina diaria, a la cohorte de sirvientes
que satisfacen sus necesidades personales, aún uniformados con cofia y guantes
blancos, en sus lujosas residencias.
A estos patriotas entrecomillados de rancio abolengo, que sin
embargo protagonizan la peor de las traiciones, con cada euro que defraudan a
las arcas de este País, a los que no ha afectado en absoluto la crisis y que
aún se atreven a presumir de pertenecer a
una clase superior, designada por la divinidad, para heredar
dinásticamente, sus títulos, a estos que no conocen, ni quieren conocer, los
problemas reales que acucian a cientos de miles del familias del país, a
quiénes nada importan los desahucios, ni los despidos masivos, ni la reducción
de las prestaciones sociales y que lavan sus conciencias intentando mostrar al
pueblo llano su falsa caridad y que hasta ahora se han movido con absoluta
impunidad, con la aquiescencia velada de los anteriores gobiernos, a estos, que
ven en el nacimiento de los nuevos
Partidos, más que un peligro, una
amenaza para continuar disfrutando ampliamente de sus incomprensibles
privilegios, parece que se les ha terminado el secretismo en el que se han
movido durante toda su vida y ahora les llega la hora de tener que enfrentarse
a la vergüenza de ser calificados, por la prensa, como lo que verdaderamente
son y hasta de tener que responder de ello, frente a todos los españoles.
Habrán de bajar pues, de los púlpitos en los que los
colocaron sus apellidos, acudir, ya ha empezado el desfile, a declarar a los
tribunales, si así lo deciden los jueces, soportar, los gritos espontáneos que se producen a la entrada de los Palacios
de justicia y hasta enfrentarse a las correspondientes condenas, si se probase
su culpabilidad, exactamente igual que los plebeyos, a los que tanto
aborrecieron.
El tiempo del feudalismo, de las prebendas, de la tiranía,
hace mucho que pasó, por lo que no les quedará otro remedio, si quieren
subsistir, que plantearse otra clase de patriotismo, mucho menos engominado, en
lo que lo primordial es conseguir un estado de cierto bienestar, para todos los
que poblamos este viejo país, al que tanto han defraudado ellos, con sus
acciones, hasta el momento.
No se comprende cómo puede haber aún, quiénes se empeñan en
defender el oscurantismo que ha rodeado las finanzas de este tipo de gente,
apelando a una clase de lealtad, que no
solo perjudica a la Sociedad en general, sino que les convierte en cómplices de
esta grave traición que comete esta nobleza innoble.

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