martes, 7 de junio de 2016

La Nobleza innoble


En la estela de los Papeles de Panamá, que han devuelto al periodismo de investigación el prestigio que le había robado el descarado partidismo de determinados medios y capitaneados por Ignacio Escolar, que fue fulminado por Juan Luis Cebrián, por dar a  conocer su relación  con ciertas empresas en paraísos fiscales, se publica ahora una información en la que se implica a varios miembros de la familia del Rey Juan Carlos, con la amnistía fiscal aprobada por el PP, al principio de la anterior legislatura.
De nuevo el apellido Borbón es directamente relacionado con la posesión de bienes fuera de las fronteras del país, como si hubiera sido desde siempre, una costumbre de estas familias pertenecientes a la nobleza, ocultar a la Hacienda de todos los ciudadanos, fortunas y bienes de valor incalculable, depositados desde tiempos atrás, en cuentas suizas y en otras entidades, que probablemente les proporcionaban, un mayor beneficio.
Esta nobleza innoble, a la que se le  llena la boca cuando habla de la madre patria, devota acérrima de símbolos y banderas, cuyos colores suelen lucir alrededor de sus delicadas muñecas, defensora de tradicionalismos trasnochados y de una unidad  tefrritorial que no admite, desde su particular punto de vista, ninguna fisura, no tiene sin embargo, el menor pudor, en escamotear al Erario público el montante real de sus abundantes fortunas, probablemente, porque deben considerar de mal gusto, compartir con el pueblo llano, zafio y vulgar, en comparación con su delicada fineza, aquello que por ley les corresponde declarar y que está dedicado a mejorar la calidad de vida de sus conciudadanos, de los que sólo se acuerdan cuando se trata de defender, a ultranza, los rancios valores que les inculcaron sus antepasados, cuando sólo ellos tenían derecho a una educación de calidad o a una sanidad concebida, únicamente para los ricos.
Son estos, los que exhiben las banderas de España en los palcos de las competiciones deportivas, los que acuden, vestidos con sus mejores galas, a las recepciones ofrecidas en Palacio y los que concurren, haciendo alarde de su caridad cristiana, a recaudar fondos para los pobres, hucha en ristre y a los rastrillos solidarios en los que se colocan, por unos días, los delantales reservados en su rutina diaria, a la cohorte de sirvientes que satisfacen sus necesidades personales, aún uniformados con cofia y guantes blancos, en sus lujosas residencias.
A estos patriotas entrecomillados de rancio abolengo, que sin embargo protagonizan la peor de las traiciones, con cada euro que defraudan a las arcas de este País, a los que no ha afectado en absoluto la crisis y que aún se atreven a presumir de pertenecer a  una clase superior, designada por la divinidad, para heredar dinásticamente, sus títulos, a estos que no conocen, ni quieren conocer, los problemas reales que acucian a cientos de miles del familias del país, a quiénes nada importan los desahucios, ni los despidos masivos, ni la reducción de las prestaciones sociales y que lavan sus conciencias intentando mostrar al pueblo llano su falsa caridad y que hasta ahora se han movido con absoluta impunidad, con la aquiescencia velada de los anteriores gobiernos, a estos, que ven   en el nacimiento de los nuevos Partidos, más que  un peligro, una amenaza para continuar disfrutando ampliamente de sus incomprensibles privilegios, parece que se les ha terminado el secretismo en el que se han movido durante toda su vida y ahora les llega la hora de tener que enfrentarse a la vergüenza de ser calificados, por la prensa, como lo que verdaderamente son y hasta de tener que responder de ello, frente a todos los españoles.
Habrán de bajar pues, de los púlpitos en los que los colocaron sus apellidos, acudir, ya ha empezado el desfile, a declarar a los tribunales, si así lo deciden los jueces, soportar, los gritos espontáneos  que se producen a la entrada de los Palacios de justicia y hasta enfrentarse a las correspondientes condenas, si se probase su culpabilidad, exactamente igual que los plebeyos, a los que tanto aborrecieron.
El tiempo del feudalismo, de las prebendas, de la tiranía, hace mucho que pasó, por lo que no les quedará otro remedio, si quieren subsistir, que plantearse otra clase de patriotismo, mucho menos engominado, en lo que lo primordial es conseguir un estado de cierto bienestar, para todos los que poblamos este viejo país, al que tanto han defraudado ellos, con sus acciones, hasta el momento.
No se comprende cómo puede haber aún, quiénes se empeñan en defender el oscurantismo que ha rodeado las finanzas de este tipo de gente, apelando a una clase  de lealtad, que no solo perjudica a la Sociedad en general, sino que les convierte en cómplices de esta grave traición que comete esta nobleza innoble.


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