Si no fuera porque el corazón de los ciudadanos de este país
se ha endurecido como una roca, a causa de las vicisitudes que hemos tenido que
soportar durante estos últimos cuatro años y medio de gobierno, todos caeríamos
rendidos a los pies de alguno de los candidatos a Presidente que se suben a
las tribunas estos días, deseando despertar casi siempre un sentimiento de
compasión, en quiénes les oyen, en un intento desesperado por conseguir el
próximo domingo, el mayor número posible de votos.
Pero a fuerza de poner
todas las esperanzas en quiénes no las merecen, de apostar y perder, por
quiénes han venido representando al bipartidismo, de ser sometidos a multitud
de vejaciones, de las que probablemente no nos recuperemos jamás y de que haya
quedado claro que resulta imposible alcanzar aquellos acuerdos que hubieran permitido
realizar los cambios que deseaban las mayorías, el pueblo español, ha
comprendido meridianamente los errores que ha cometido y no puede, ni debe,
tropezar otra vez en la misma piedra, permitiendo que lleguen al poder, los
mismos que fueron causantes de sus desgracias, ni algún otro, que por su
actitud y su discurso, parece orientado a seguir los pasos de los que le
antecedieron, aprovechando todas las ocasiones que se le presentan, para
dinamitar cualquier atisbo de esperanza que pueda surgir, para que las cosas
puedan transformarse de la manera que a los españoles nos conviene.
No vale ya, acudir al catastrofismo que auguran los que temen
quedar relegados a una posición, casi testimonial, en el Parlamento, ni las
presunciones ostentosas de los que habiendo gobernado hasta ahora, no han hecho
otra cosa que aplicar políticas que lesionaron nuestras vidas, hasta extremos
inaceptables, ni las promesas de un cambio, cuando el programa que se lleva,
coincide plenamente con la ideología liberal, que reina desde hace unos años en
Europa, y menos aún, cuando se está, desde el principio, a favor de una gran
coalición con aquellos Partidos en cuyas filas militaron un elevado número de
corruptos y que nada han hecho siquiera por haber limpiado sus siglas, con
alguna que otra dimisión imprescindible, para ofrecer una imagen real de
limpieza.
No sirven, las alusiones a determinado país iberoamericano,
ni a la situación actual que padece, ni la comparación con una Grecia, que fue
la primera en atreverse a plantar cara a la tiranía europea y que tuvo la mala
suerte de estar sola, frente al gigante capitalista, sin otra protección que su
propia ilusión por escapar, de las garras que
la oprimían.
Es inútil, intentar hacernos caer, otra vez, en los brazos de
un espejismo, hábilmente reflejado en forma de múltiples promesas, que luego,
como por arte de magia, se desvanecerán ante nuestros ojos, en cuanto se haya
logrado alcanzar el poder, dejándonos atrapados sin solución, en una nueva e
insoportable rutina, ignorando olímpicamente nuestra opinión, pues en cuanto
terminan los periodos electorales, ya sabemos por experiencia, que las palabras
se las lleva el viento e incurre en un gravísimo error, todo aquel que pueda
pensar, a estas alturas, que los pueblos no son, más que una masa, a la que se
puede manipular, atrayéndola primero y despreciándola después, ignorando que es
su voluntad, y no otra, la que forma y tira gobiernos.
Así que llegados a este punto, resulta imposible para nadie,
hacernos flaquear en nuestras propias convicciones y ya no queda otra, que
atenerse a lo que finalmente dicte nuestro mandato soberano, a través de las
urnas, el próximo día veintiséis.
Y aunque sólo sea por hacer una demostración de que a pesar
de todo lo vivido, continuamos a duras penas, siendo libres, debiéramos votar,
más que por lo que estamos oyendo estos días, por deducción y fundamentalmente, pensando en
dónde estaba cada Partido, mientras sufríamos la extrema dureza de esta maldita
crisis, que en muchos casos, ha hecho que despertemos del letargo que
padecíamos y que hayamos aprendido a reclamar, con toda la contundencia posible,
nuestro sitio en el mundo, pero sobre todo, el derecho a tener dignidad.

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