domingo, 31 de enero de 2016

Historia de un desacuerdo


Le vino muy bien al PSOE, tras perder estrepitosamente las elecciones generales de 2011 frente a Mariano Rajoy, elegir a Pedro Sánchez como Secretario General, porque representaba una especie de savia fresca y desconocida que por momentos hacía olvidar las estrechas vinculaciones de ciertos líderes de la vieja guardia con los ERE de Andalucía y otros cuantos casos de flagrante corrupción y también porque daba tiempo, fundamentalmente a Susana Díaz, para curtirse en el cargo de la Presidencia autonómica, mientras preparaba minuciosamente su asalto al poder.
Como otras veces, puede que se pensara que Sánchez sería una marioneta al servicio de los mandatos llegados desde un Comité Federal en el que permanecen muchos nombres vinculados a la etapa de Zapatero y que de tener que tomar decisiones, acataría fielmente las sugerencias de los auténticos prebostes socialistas, apartándose, cuando se considerase oportuno,  para que la sevillana ocupara su puesto.
Pero he aquí que el recién llegado salió díscolo y enseguida empezó a jugar con términos que cogieron a sus falaces promotores ciertamente desprevenidos, teniendo la suerte de que  Rajoy, empeñado en continuar practicando sin tregua su imposible política de recortes, no hacía otra cosa que ofrecer oportunidades a su más directo opositor, para ir creciendo a los ojos de los electores que se mantenían fieles al PSOE y a los que prometía reiterativamente, un cambio radical en la manera de ejercer el poder.
Tampoco se contaba entonces con el ascenso imparable de Podemos ni con la irrupción de un Partido como el de Albert Rivera, reclamando un espacio en el centro a la manera de UCD, por lo que lo que fue en principio, una jugada ciertamente malévola, fue convirtiéndose en una carrera desaforada, a tres, hasta que llegaron las elecciones generales de Diciembre.
Los resultados, por una parte, dieron la razón a Susana Díaz y los suyos, al obtener la candidatura de Sánchez el peor resultado de la historia de su Partido, pero por otro, le estaban  ofreciendo la impagable oportunidad de poder gobernar el País, aunque para ello tuviera y tenga que contar con apoyos que los pesos pesados de la Formación, nunca hubieran deseado tener que suplicar.
De ese modo, hemos llegado exactamente hasta dónde nos encontramos y aquellas disconformidades que siempre estuvieron presentes en la hasta ahora corta carrera del líder del PSOE, han  terminado por dispararse, colocando a cada uno en el lugar que estuvo desde siempre, pero que se procuraba ocultar a la vista de los ciudadanos, con la esperanza de que todo saliera, como se había previsto.
No hay nada peor para la imagen de un Partido político, que ver  como se despedazan entre sí varias facciones de su militancia, por obtener una parcela de poder, sobre todo si son capaces incluso de traicionar a los que a la vista de todos llaman amigos y poniendo, por encima del bien de la nación, intereses personales y partidistas que no pueden tener otra intención que la de ambicionar un estatus más alto, para los cabecillas de las refriegas.
En este caso, el retrato que está ofreciendo el PSOE a la ciudadanía es una grotesca versión de una lucha encarnizada por un poder con el que  perpetuar unos esquemas que van directamente alineados con los que hasta ahora vienen proponiendo los conservadores y que curiosamente, se apartan peligrosamente de lo que se podría entender como el pensamiento de la izquierda, a la que supuestamente y porque lo dicen sus siglas, el PSOE tradicionalmente, pertenece.
La idea, que queda meridianamente clara para una ciudadanía que, contra lo deben creer algunos, es en general, medianamente inteligente, no es otra que la de retirar, a la mayor brevedad posible, a Pedro Sánchez de su cargo, para colocar en el, a alguien mucho más condescendiente con el mensaje tradicional del bipartidismo, aunque para ello haya que hacer concesiones al PP de Rajoy o permitir la celebración de nuevos comicios, en los que con toda probabilidad, por cierto, el PSOE bajaría en resultados, considerablemente.
Hablando claro, a la vieja guardia del PSOE y a algunos menos viejos como la Presidenta andaluza, les aterroriza Podemos, probablemente porque les recuerda con demasiada asiduidad, las propuestas reales que la izquierda debiera llevar en su programa, pero que el PSOE abandonó, hace demasiado tiempo y pactar con ellos, representaría, tener que soportar diariamente la presión de ser avergonzados por un comportamiento que contraviene decididamente la esencia de una ideología, que fue planteada en sus inicios, para ayudar en lo posible a los más desfavorecidos y no para alinearse en un frente común con los poderosos, como se viene haciendo.
Así que aunque lo lógico sería potenciar un pacto de izquierdas para favorecer la gobernabilidad del país, desde un prisma distinto al que ha supuesto la etapa de Rajoy en su cargo, resulta para los acomodados barones socialistas mucho más práctico, desterrar al olvido un Secretario General desobediente y permitir, probablemente con la abstención, que su más cerval enemigo y Presidente de un partido carcomido por la corrupción, sea investido de nuevo, aunque eso suponga otros cuatro años de extremo dolor, para los ciudadanos españoles.
Atado de pies y manos, a Pedro Sánchez, que ya ha tenido que ceder en la fecha de la celebración del Congreso, no le va a quedar otro remedio que agachar la cabeza y marcharse, sin haber tenido siquiera la oportunidad de demostrar a los españoles, si valía o no, para ejercer labores de gobierno.
La cara más sucia de la política pasa como una película ante nuestros ojos estos días y Susana Díaz y los suyos, son, sin haber sido candidatos a la Presidencia, sus verdaderos protagonistas.

La vileza de sus acciones, puede dar una idea de lo que podrían llegar a ser, si alcanzaran el poder algún día. 

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