Faltaban por entrar en escena los dos ex Presidentes más
carismáticos que ha tenido este País y que durante tanto tiempo fueron, o al
menos así lo parecía, enemigos irreconciliables al frente de lo que entonces se
consideraba la derecha y la izquierda , pero que ahora, a juzgar por sus
declaraciones, dan la impresión de haberse convertido en correligionarios
políticos y sobre todo, en detractores a ultranza de Podemos, al que poco menos
que califican como un demonio destructor, empeñado en terminar, como sea, con
el estado del bienestar español, que tanto González como Áznar, se atribuyen.
Los dos han coincidido en el momento de conceder entrevistas
y también en posicionarse fervientemente a favor de que por fin, se logre uno
de esos pactos de gobierno, que hace apenas unos cuantos años, cualquiera
calificaría como una componenda interesada en salvar, no se sabe bien qué tipo
de intereses, sobre todo si se atiende a los improperios que se han venido
lanzando PP y PSOE, en un fuego cruzado, desde casi el principio de la
entronización de la Democracia, aunque ahora parezca que al final, pensaban
prácticamente lo mismo.
Bastaría con echar la vista atrás, yo se lo recomendaría
principalmente a Felipe González, para descubrir que los mismos calificativos que dedica, en sus declaraciones, a Pablo
Iglesias, fueron utilizados para definirle a él, por parte de la derecha y que
cuando llegó por vez primera, a la vida
política nacional, fue inmediatamente considerado como un radical izquierdoso,
capaz de ahuyentar, en caso de llegar al gobierno, a todos los posibles
inversores españoles y extranjeros, lo que según los conservadores, hubiera
colocado a España, a la cola de los países europeos, en cuanto a la economía se
refería.
Sin embargo, González gobernó durante cuatro legislaturas y
no solo no pasó nada, sino que históricamente, se considera precisamente ese
periodo como el de mayor transformación, en todos los campos, de este país,
precisamente hasta que los suyos decidieron cambiar Socialismo por Socialdemocracia
y se pusieron al servicio del gran capital europeo, en la última etapa de Zapatero.
Parece incomprensible que un hombre que fue capaz de traer la
ilusión a este país, tras tantos años de absoluta oscuridad, no sea ahora capaz
de entender la necesidad de cambiar, al ritmo de los tiempos, ni de ser
solidario con todos aquellos que habiendo sufrido los devastadores efectos de
esta crisis, que ha robado a una gran parte de la población, no solo su
estabilidad económica y sus derechos sociales, sino también su dignidad y que
esperan que sea posible un cambio que transforme radicalmente la manera de
hacer política apostando por un líder, joven, enérgico, capaz y venido
directamente de los movimientos ciudadanos que alzaron la voz contra la
injusticia, dando credibilidad a esas misma críticas que él mismo tuvo que
soportar en sus comienzos y lo que es peor, ofreciendo su apoyo a la misma derecha a la que no le tembló la mano,
para apearle de la Presidencia.
La derechización de González, que no puede ser más evidente,
traiciona sin embargo, la lealtad que muchos españoles le tienen, colocando al
Partido que representa, en una incómoda posición, si quiere defender que aún
existen diferencias entre su ideología y la de un Partido Popular, asfixiado
hasta la agonía, por una infinidad de casos de corrupción que le restan la poca
credibilidad que aún le quedaba, inhabilitándole para formar un nuevo gobierno.
Todos esperábamos de José María Áznar unas declaraciones como
éstas, ya que no hace otra cosa que defender lo suyo y porque Podemos
representa la mayor amenaza por parte de un Partido de izquierdas que han
tenido jamás los conservadores, con posibilidades de ser derrotados por ella.
Sin embargo, la cerrazón de González, la falta de empatía con
los movimientos que hoy por hoy representan el progreso y su incomprensible
empecinamiento en defender una alianza que raya en lo grotesco, con un Partido
peligrosamente sospechoso de haber permitido una corrupción sistémica entre sus
cargos y que además, ha colocado a los españoles prácticamente en el umbral de
la pobreza, le convierte en un patético anciano que en nada se parece al joven que
fue, preso quizá, de un miedo cerval a perder, él también, algunos de sus
múltiples privilegios.
Afortunadamente para nosotros, ni Áznar ni González, tienen
ya sitio en la política española, pues su tiempo, pasó, pero ¡qué trabajo les
está costando reconocerlo¡

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