sábado, 9 de enero de 2016

La gran coalición


Mientras Mariano Rajoy empieza a darse cuenta de que existe la posibilidad de que no pueda ser Presidente y bebe el trago amargo que le han supuesto los resultados de las últimas elecciones, el líder de los socialistas españoles continúa desafiando a sus barones, en su empeño de encontrar una vía para conseguir alcanzar la Investidura, proponiendo una gran coalición entre Partidos que apuesten por el cambio, a pesar de las muchas asperezas que quedan en principio por limar, para tratar de llegar a un acuerdo.
Poco ha tardado Albert Rivera en responder que nunca se asociaría con Podemos, entonando a la vez un mea culpa por el modo en que su Formación afrontó la pasada Campaña electoral, en la que influida por las previsiones de las encuestas y los aparentes triunfos personales de su líder,  dieron por sentadas las mieles de un triunfo que después nunca llegó, ahogando sus pretensiones de luchar cuerpo a cuerpo por la Presidencia.
Entretanto Podemos, consciente del valor que para cualquier aspirante a la Investidura representan sus setenta diputados, obtenidos democráticamente, aprieta las tuercas del PSC de Iceta, procurando que den un primer paso en admitir la posibilidad de que pueda celebrarse el esperado referéndum en Cataluña, aprovechando quizá, las horas bajas en que se encuentra la coalición Junts Pel SI, tras el rechazo de la CUP y muy especialmente el muy renombrado Artur Mas, cada vez más lejos de conseguir presidir ni la Generalitat, ni el proceso hacia la Independencia.
Las exigencias de Podemos, que muy probablemente admitirá el PSOE de Pedro Sánchez más tarde o más temprano y que podrían representar un desbloqueo de la situación catalana, si finalmente no queda otro remedio allí, que convocar nuevas Elecciones, podrían suponer para los españoles un cambio real en la manera de afrontar la situación del País, en una línea diametralmente opuesta a la seguida por el PP, en los últimos cuatro años.
Lo bueno de que gobernara dicha coalición sería que para cualquier resolución que quisiera tomarse en un futuro se necesitaría siempre llegar a un consenso y que por tanto, los tiempos en que todo se aprobaba por Decreto y apoyado en la mayoría absoluta que obtuvo Rajoy en las Elecciones de 2011, se habrían terminado para siempre.
Ya puede Europa guardarse muy mucho de exigir medidas con la fiereza que lo hacía mientras gobernaban los populares o de tratar de manipular la decisión en las urnas de los españoles forzando ajustes absolutamente imposibles de realizar, pues no será lo mismo negociar con un gobierno conservador que con uno de corte progresista, si se logra el acuerdo.
Queda, en los próximos días, un largo camino por recorrer que no obstante, puede llegar a buen término, si se afronta con buena voluntad por las partes, aunque algunas de las cuestiones más urgentes, como la inmediata derogación de la Ley de Reforma Laboral, la Ley Mordaza o la Ley Wert, resulten en principio, totalmente innegociables.
Debe el PSOE, con Pedro Sánchez a la cabeza, si verdaderamente está dispuesto a gobernar con los noventa diputados que tiene, ceder a muchas de las propuestas de los otros Partidos y desoír el incesante run run que provocan Susana Díaz y otros que piensan como ella, pues ha de quedar claro que los intereses del Partido han de estar siempre por encima de los personales y la única forma de pacificar a un PSOE que se encuentra en estos momentos bastante revuelto, es apostar por la unidad de criterios y sobre todo, por apartar a Mariano Rajoy del poder, por el bien de los españoles.
Los matices en las negociaciones, los desacuerdos entre Formaciones, a veces por cuestiones perfectamente salvables y el afán de protagonismo de determinados líderes, directamente reflejado en sus intentos por medrar en las pasadas semanas, son ahora, cuestiones secundarias si se comparan con la perspectiva de que una coalición de progreso pudiera llegar al gobierno, cerrando de un plumazo, no solo la era bipartidista, sino también la de Rajoy, que ha presidido el Gobierno de la nación, como un reyezuelo tirano, incapaz de oír la voz de los ciudadanos y vendiendo, al mejor postor, hasta la dignidad de todos los presentes.



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