Ahora resulta, según palabras de los Fiscales del juicio de
los Urdangarín, que ese slogan que durante años nos hemos repetido internamente
los españoles, cada vez que nos correspondía pagar una considerable cantidad de
dinero al fisco y considerábamos que debíamos hacerlo por el bien común, no era
más que un anuncio y que en realidad, cuando de cuestiones tributarias se
trata, existen auténticas e insalvables diferencias entre los que tienen la
suerte de ser considerados de alcurnia y los sufridos currantes, como tú y como
yo, que encima tenemos la dudosa suerte de tener una nómina, por lo que jamás
podríamos defraudar un solo euro, por mucho que nos propusiéramos cometer un
delito.
Qué desilusión, para los que nos confortábamos con la idea de
que nuestro esfuerzo al tener que deshacernos de cierta parte importante de
nuestros escasos estipendios, se compensaba con la aplicación de un mismo
rasero para todos los ciudadanos y que acudíamos año tras año, a cumplir con
nuestras obligaciones tributarias, seguros de que la frase repetida hasta la
saciedad en todos los medios de comunicación, era de aplicación incontestable,
para todos los españoles.
Han tenido que venir los fiscales del Estado, en este juicio
que ahora se celebra, para aclararnos que a pesar de todas las pruebas e
indicios que se han filtrado durante varios años en relación con la implicación
de la Infanta Cristina en los negocios de su marido, no se da en su caso,
ningún tipo de fraude al Erario que corresponde a todos y que el dinero que
gastó a manos llenas y que procedía, presuntamente, de unos fondos comunes, no
tiene la menor importancia, por lo que dichos fiscales no encuentran motivo
para que siga sentada en el banquillo, junto a su marido y aconsejan su
desimputación inmediata, para asombro de todos nosotros.
Haciendo una comparación, me viene a la mente que hace unos
años, mi cónyuge y yo fuimos llamados por la inspección de Hacienda, que aducía
un aumento en nuestro patrimonio, que no había sido declarado. Tras acudir a la
cita y reclamar una explicación, pues no recordábamos haber recibido herencias
u otros emolumentos que justificaran la reclamación que se nos hacía, el
funcionario que teníamos en frente, nos aclaró que la llamada se debía a que la
venta de unas acciones que nos había regalado una famosa empresa de seguros,
nos había generado un beneficio de 0,80 céntimos.
Efectivamente. Nosotros también tuvimos la misma reacción que
todos ustedes están teniendo en estos momentos y a pesar de todo, no nos quedó
otro remedio que reconocer nuestro error y corregir en aquel mismo momento la
declaración presentada, para nuestra propia tranquilidad y sobre todo, para la de
esa Hacienda, que creíamos, éramos
todos.
No había en nuestro caso, ni facturas en negro, ni recibos de
clases de salsa, ni de cualquier otro baile de salón o latino, ni excursiones a
varios países para ver finales de fútbol, tenis o deportes varios, ni Safaris a
Kenia, ni suculentas comidas, ni letras de ningún palacete, ni pagos
encubiertos a empleados domésticos, ni prueba alguna que hiciera sospechar que
teníamos intención de cometer fraude…pero nos llamaron.
Claro que lo más cerca que hemos estado nunca de la Familia
real, fue una vez que coincidimos en la estación de Atocha con la Reina Sofía,
cuando nosotros bajábamos de un tren y ella subía a otro.
Tampoco hemos pertenecido jamás a la casta política, ni
ocupado cargo alguno en el que pasara por nuestras manos dinero de las arcas
del Estado, por lo que se habrá de suponer, que jamás hemos tenido la
oportunidad de caer en más tentación que la de hacer lo posible por encontrar
partidas de las que poder deducir algo, en la declaración que escrupulosamente,
todos los años hacemos.
Y dicho esto, piensen por un momento, si no ha de resultarnos
a todos, al menos sorprendente, que existiendo como existen, facturas que
demuestran cómo y de qué manera se han dilapidado caudales procedentes de
supuestos delitos fiscales, los encargados de llevar la acusación por parte del
Estado, defiendan a ultranza la inocencia de la hermana del Rey, perteneciendo
ésta, teóricamente, al mismo sistema recaudatorio que nos reclamó esos 0,80
céntimos, que ya me contarán en qué podríamos haber empleado, de haber
conseguido defraudarlos, cuando ocurrieron los hechos.
Profundamente decepcionados al comprobar que mientras a unos
se les perdonan cantidades ingentes, a otros se nos reclama hasta el último
céntimo de los caudales percibidos, no queda otro remedio que reconocer que los
fiscales tienen toda la razón cuando afirman, que efectivamente, Hacienda no
somos todos.

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