Con el nuevo Parlamento constituido, aún sin saber quién será
nuestro próximo Presidente y con todas las posibilidades de acuerdos y
desacuerdos depositadas sobre las mesas de negociaciones, los Partidos
políticos españoles, los viejos y los nuevos, empiezan a dar pasos cortos
intentando posibles acercamientos, todavía en esa fase inicial en la que se
establecen líneas rojas, que con toda probabilidad, luego habrá que mover, si
verdaderamente se quieren hallar puntos de encuentro.
Esos primeros pasos, que a los ojos de los no entendidos
pueden parecer a veces carentes de explicación y que suelen fraguarse en la
intimidad de los despachos, hasta que salen a la luz provocando reacciones de
toda índole, hasta en los propios afectados por los acuerdos, pueden sin
embargo constituir una especie de cimentación provisional, sobre la que después
se irán asentando, como piezas de un puzle, decisiones que llenaran espacios
hasta entonces vacíos, que podrán completar las sociedades que no quedará más
remedio que construir, para sacar adelante esta legislatura.
Un poco de todo eso, ha ocurrido con la cesión de sillones
por parte del PSOE, en el Senado, a los partidarios de la Independencia en
Cataluña y que inmediatamente ha producido un profundo rechazo en los barones
socialistas afines a Susana Díaz, que parecen no comprender que parte del
problema que se ha venido generando durante los años de Gobierno de Rajoy, se
ha debido, en gran parte, a la falta de diálogo y comprensión con los representantes
de aquella parte del País, a los que ni siquiera se les ha brindado la
oportunidad de expresar cuáles eran sus reivindicaciones.
Fuera de circulación Artur Mas y con Rajoy ejerciendo una
presidencia en funciones que seguramente no repetirá por falta de apoyos
Parlamentarios, Pedro Sánchez ha debido pensar con acierto, que ponerse en
contacto con el nuevo Presidente Puigdemont, ofreciéndole a la vez un gesto de
buena voluntad, dando a los separatistas la ocasión de tener grupo
parlamentario, podría reportar una relajación en el calendario fijado por el
Parlamento catalán para la gestión de la Independencia, potenciando un futuro
entendimiento entre las partes., ahora que los dos sujetos beligerantes que
habían encabezado la lucha, ya no van a estar presentes.
Y así lo ha debido
entender también el recién estrenado Presidente de la Generalitat, cuando se ha
apresurado a declarar que económicamente no se dan las circunstancias óptimas
para declarar la Independencia, lo que podría suponer que tiende la mano a
futuras negociaciones con el que posiblemente será el nuevo Presidente español
y hasta puede que aceptando tácitamente como buena la idea de la constitución
de un Estado Federal, que desde hace años llevan en su programa, los
socialistas.
Pero como nunca llueve
a gusto de todos, la iniciativa del PSOE no ha sentado en absoluto bien a
Podemos, a pesar de que una de sus
reivindicaciones fundamentales para apoyar a Sánchez en la investidura pasa por
la aceptación de que se celebre un Referendum en Cataluña, como habían
prometido durante la campaña electoral, a la Formación de Ada Colau y también a
sus electores.
Estas aristas, que con toda probabilidad se irán limando en
días venideros, parecen, en principio, grietas profundas que se abren entre los
negociadores, difíciles de rellenar, si no existe buena voluntad y paciencia
para afrontar un diálogo abierto a todas las posibilidades, que finalmente
puedan concluir en futuros acuerdos.
Ceder ante ideas procedentes de otros grupos, comprender la
posición en la que se encuentra cada oponente y establecer prioridades ante el
nuevo periodo que se abre, en esta legislatura nueva, ha de ser, si se quieren
conseguir objetivos, la manera menos lesiva de hacer política.
Los ciudadanos ya sabemos que esta etapa de ahora no se
parece en nada a las que vivimos anteriormente y que los frentes abiertos en
estos primeros días después de las elecciones, adolecen de una dificultad,
fundamentalmente desconocida, sobre todo para los Partidos tradicionales,
acostumbrados a gobernar con el apoyo de grandes mayorías.
Pero la obligación de los políticos es la de estar preparados
para ser capaces de lidiar con los buenos y malos momentos y sobre todo, la de
tener la habilidad de convencer en profundidad, precisamente a los que no
piensan como ellos.
Nos encontramos en un momento en que esa capacidad de
seducción se hace del todo indispensable y en el que ya no cabe aplazar, sine
díe, el deber de escuchar a los demás, para intentar encontrar coincidencias,
dónde hasta ayer, solo existieron abismos.
Lo ha querido la voluntad de los españoles. Que se sienten a
hablar, que se escuchen, sin aspavientos ni mala educación, los unos a los
otros, que se tire y se afloje según convenga a la mayoría del país y a ser
posible, que den pronto, por favor, con algunos puntos de encuentro.

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