Finalizadas las vacaciones de Navidad y aparcado hasta el año
que viene ese espíritu que nos obliga a parecer mejores personas durante los
últimos días de Diciembre, los españoles afrontamos la siempre dura cuesta de
Enero, sumidos en un mar de incertidumbres sobre lo que nos espera en el futuro
y rogando por que la solución que finalmente se nos imponga, fruto o no del
consenso, mejore, al menos en parte, nuestras vidas, devolviéndonos la alegría
perdida y el sueño de poder trabajar dignamente, en pro de nuestro propio
crecimiento.
La única certeza que
hasta ahora tenemos, es la de que ningún político de renombre está dispuesto a
marcharse, aunque sólo sea por conservar un pundonor que hace tiempo perdieron
y que todos parecen, anclados s su sillón de mando, dispuestos a luchar hasta
el último aliento, por conseguir encabezar, a nivel nacional o autonómico, la
que será la próxima legislatura, que sin embargo, no estará exenta de
dificultad, como bien demuestra la enorme fragmentación de todos y cada uno de
nuestros Parlamentos.
Las cifras del paro, se saldan con cincuenta y cinco mil
parados menos en el mes de Diciembre, cosa que no resulta ser significativa si
se tiene en cuenta que tanto las navidades como las rebajas, crean anualmente
un cierto número de empleos temporales que después vuelven a perderse y que no
significan, en absoluto, que la situación haya mejorado en nada, sobre porque
aún tenemos más de cuatro millones de desempleados con pocas o ninguna
esperanza de volver al mundo laboral en 2016.
Se marchan de nuevo los jóvenes exiliados que volvieron a
pasar unos días con sus familias, a sus lugares de destino, dejando una estela
de tristeza en el corazón de los que nos quedamos aquí y que entendemos su
forzoso desplazamiento, como una fuga incesante de cerebros hacia otros lugares
del mundo, que deja a nuestro país, huérfano de sus mejores talentos, quizá
para siempre.
Deseosos de que empiecen en serio las negociaciones entre
Partidos y ya casi seguros de que en Cataluña habrá nuevas Elecciones en la
Primavera que viene, retomamos la rutina que abandonamos en el periodo
vacacional para volver cada cual a nuestros menesteres, ávidos por conocer cómo
de irán desarrollando los acontecimientos en las próximas y cruciales semanas
que nos aguardan y deseosos de que por fin, se imponga un punto de cordura que
agilice lo máximo posible la resolución del conflicto electoral, que entre
todos hemos creado, con la enorme fragmentación política que han reseñado
nuestros votos.
De momento, vamos a disfrutar del día de Reyes, admirando los
ojos atónitos de nuestros niños y compartiendo su llamarada de ilusión, pues
son estos pequeños detalles, los únicos capaces de traernos esos retazos
impagables de una felicidad común, que nada ni nadie nos puede robar, por
pertenecer exclusivamente a nuestra intimidad y por ser una de esas cosas que
todavía se nos permiten conservar intactas, aisladas por completo, de cualquier
influencia externa.

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