La iniciativa de Pablo iglesias, ofreciendo un pacto de
gobierno al PSOE y reclamando a la vez, los cargos que le corresponderían
proporcionalmente al número de votos obtenido, parece haber ofendido gravemente
a la vieja guardia socialista, sin duda acostumbrada a pergeñar acuerdos en la
sombra, lejos de la curiosidad y el interés de los ciudadanos, a los que
después afectarán las decisiones tomadas, de un modo u otro.
Heridos en su vanidad y sin reconocer aún el gravísimo
retroceso que han sufrido como Partido, en las últimas elecciones generales,
las grandes cabezas pensantes afines a la ideología conservadora de Susana Díaz
o del propio Felipe González, al que cuesta trabajo reconocer en sus opiniones,
últimamente, han emprendido una campaña de acoso y derribo contra los
representantes de Podemos, visiblemente contrariados por las formas empleadas
el viernes por su líder, pero sin contemplar en ningún momento el fondo que
encierran las medidas que se preconizaban en el discurso.
Estamos asistiendo a un tiempo en el que parece importar más
la estética de los políticos que su ética y en el que resulta habitual hacer
cómo que se ignoran los mensajes que
provienen directamente de lo que se ha dado en llamar la indignación ciudadana,
adoptando desde las Formaciones tradicionales una pose de pretendida
superioridad, que no hace otra cosa que perjudicar a quienes la practican,
poniendo en evidencia la decadencia de su política.
Desde que Podemos naciera como partido político, para presentarse
a los comicios europeos, ha sido sistemáticamente infravalorado, ninguneado,
criticado y difamado por representantes de las Formaciones bipartidistas y por
la prensa que les es afín, primero, considerando que se trataba de una moda
efímera cuyo efecto pasaría más pronto que tarde y después, argumentando que
constituía una amenaza contra la estabilidad del sistema establecido, que
entretanto, mermaba considerablemente el nivel de vida de los ciudadanos.
Pero la moda no pasó y aquellos jóvenes procedentes del 15M,
defensores del movimiento asambleario y de la participación de la gente en los
asuntos políticos, fueron afianzando su posición entre los electores, hasta
conseguir posicionarse como tercera fuerza, en las últimas elecciones
generales.
Naturalmente que en nada se parecen a los representantes que
ocupaban hasta ahora el Parlamento y que sus reivindicaciones son
diametralmente opuestas a las que hasta ayer mismo preconizaban PP y PSOE y que
se basaban fundamentalmente, en medidas de recortes y pérdida de derechos.
De eso precisamente se trataba y los millones de electores
que se han decantado en todo el territorio nacional por estas opciones, han
defendido, al introducir su voto en las urnas, esas notables diferencias, que ahora permiten
exigir, a los que han recibido su confianza, una serie de cambios,
esencialmente en el área social, que devuelvan al pueblo español la dignidad
que en los últimos años le ha sido arrebatada, primero en la última etapa de
gobierno de Zapatero y después, durante la última legislatura, con Mariano
Rajoy a la cabeza.
No se comprende que esa fingida indignación que protagonizan
estos días, los barones del PSOE y por supuesto, los incombustibles pesos
pesados del PP, capitaneados por personajes del estilo de Esperanza Aguirre, se
base únicamente en las formas empleadas por Pablo Iglesias para ofrecer su
apoyo a un gobierno de progreso, mientras se olvida conscientemente el modo en
que agraviaron a los ciudadanos, todos los líderes pertenecientes a ambas
formaciones que se han visto y se ven, imputados en gravísimos casos de
corrupción, eso sí, ataviados de corbata y trajes de seda, confeccionados a
medida y con impecable vocabulario, mientras cometían los delitos.
Pero la experiencia acumulada durante este tiempo por los
sufridos ciudadanos, la capacidad de leer entre líneas que se han visto
obligados a desarrollar, para entresacar de cada discurso, lo que resultaba ser
verdaderamente importante, ha agudizado y mucho, el ingenio para discernir
entre lo que aparentemente parece correcto y lo que queda en realidad, después
del cribado a que debe ser sometido, todo aquello que se nos dice.
Hace ya tiempo que pensamos que por encima de la estética
está y estará siempre la ética y que se impone, por encima de todas las cosas
el deber de estar al lado de los que están dispuestos a cumplir sus promesas.
Es por ello, que mientras los barones socialistas se
consideraban atacados por la
escenificación elegida por Podemos para transmitir su mensaje, los ciudadanos,
muy por encima de la clase política, se dedicaban a oír en profundidad, las
propuestas que para ellos supondrían, una mejora considerable de su modus
vivendi.
Si el Partido socialista aún no sabe que no tiene otra forma
de acceder al poder, que haciendo concesiones justas a los que prácticamente le
igualan en votos, sean cuales fueren las maneras empleadas en hacer el
ofrecimiento, más le vale pactar con Rajoy y olvidarse del todo de cuáles
fueron sus auténticos principios y el fondo de su ideología.
Con la pelota en su tejado y quiéralo o no, Sánchez no tiene
otro remedio que dialogar, negociar, ceder, admitir sus errores y tratar de
corregirlos o nunca se deshará de los enormes lastres que le acompañan, si
quiere formar parte de este tiempo nuevo.
La cerrada obstinación de sus barones, muchos de ellos
vinculados al pasado reciente del que el PSOE no puede, en modo alguno,
sentirse orgulloso, representa en este momento algo de lo que convendría
prescindir, si se desea de verdad, el bienestar de las mayorías.
A última hora de ayer, Sánchez e iglesias hablaron por
primera vez, después de la renuncia de Rajoy. Esperemos que no sea la última.

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