miércoles, 27 de enero de 2016

Desprecio a la vida


Las intolerables medidas aprobadas en Europa y muy especialmente en Dinamarca, en relación con la crisis de refugiados y que sólo les permite conservar una escasa cantidad de dinero, despojándoles de sus demás posesiones, como pago de la estancia en el país que pretendan entrar, atentan directamente con todas las normas éticas sobre los derechos humanos y constituyen, en sí mismas, un claro desprecio por el valor de la vida.
Expuestos a la crudeza del duro invierno y humillados hasta la saciedad por todos los gobiernos de los países por donde pasan, estos refugiados, venidos directamente del terrorífico infierno de una guerra que ha devastado su país, arrebatándoles toda posibilidad de futuro, se han convertido para los mandatarios de la vieja Europa, no solo un problema que pone en entredicho las bondades de su abigarrado Sistema capitalista, sino también, un recordatorio permanente de la existencia de una pobreza, que ellos se han empeñado en ocultar por todos los medios, más por temor, que por vergüenza.
La dejadez demostrada ante el crecimiento de las hostilidades en Siria, la inacción continuada de los gobiernos europeos, frente al calvario que los habitantes de aquella parte del mundo han estado padeciendo durante varios años y el enrevesamiento de un conflicto en el que tres bandos se disputan la hegemonía del territorio, en detrimento de una población civil que sigue sucumbiendo a los ataques de todos, ha derivado finalmente en uno de los éxodos más grandes de cuántos se recuerdan en la Historia moderna, al no tener los que emigran, otra salida más que la de abandonar a la mayor brevedad posible, sus lugares de procedencia, sin otra intención que la de salvar sus vidas y las de sus familias.
No vienen estas personas, con la voluntad de dañar a los poderosos Países europeos, ni sueñan otra posibilidad más que la de instalarse para sobrevivir con el fruto de su trabajo, allí donde les parece que abunda la riqueza, por lo que es natural que elijan fundamentalmente las naciones que  saben menos afectadas por el paso de la crisis y por tanto, las que detentan el poder, por encima de otras como Italia, Grecia, Portugal o España.
Hacinados en las fronteras, como si de ganado se trataran, las condiciones en que estos refugiados están siendo recibidos, rayan en la deshumanización más elemental y dicen mucho de cómo somos en realidad, los que tenemos la suerte de pertenecer y vivir en el llamado primer mundo, sobre todo cuando nos parece que se nos amenaza con tener que compartir, con otros menos favorecidos, una parte de nuestras riquezas.
Nunca antes se había visto que los asilados políticos tuvieran que pagar su manutención, ni que recién llegados a los lugares que les acogen, fueran registrados como delincuentes peligrosos, siendo  despojados de sus enseres, para sufragar con ellos, los gastos que ocasionen mientras se produce su asentamiento.
Esta forma de maltrato, ideada en última instancia y a la desesperada, a la vista de la incesable avalancha de personas que se produce a diario, ante las puertas de la Comunidad europea, no hace sin  embargo, otra cosa que constatar la falta de previsión que sobre el problema han tenido los “brillantes” dirigentes de los países más desarrollados, aún cuando todos los indicios que llegaban desde que comenzara la guerra en Siria, apuntaban a que el éxodo terminaría por producirse, irremediablemente.
Las medidas, que evidencian una falta total de solidaridad y empatía con el sufrimiento de estas personas, son absolutamente coherentes con la manera de actuar que los líderes europeos han venido practicando sistemáticamente con los más desfavorecidos, incluso cuando pertenecían al marco territorial bajo su gobierno y dejan al descubierto la inmensa deshumanización que se ha instalado en nuestro Continente, aunque la inmensa mayoría de nosotros, estemos diametralmente en contra de su aplicación y  dispuestos a hacer lo posible por recibir cordialmente a los recién llegados, como iguales que son, ofreciéndoles las mismas garantías de que disfrutamos, en nuestros lugares de residencia.
Una vez más, las intenciones de los gobernantes, no coinciden en nada con las de los ciudadanos corrientes y el Sistema, mil veces alabado como el mejor por los que rigen nuestros destinos, hace aguas, rompiendo todos los esquemas que idealizaban este tipo de Democracias.
Despreciar la vida de este modo, cebarse con los necesitados, obstaculizando su asentamiento entre nosotros, confiscar sus pertenencias y permitir su degradación paulatina, robándoles descaradamente la dignidad, es, muchos lo pensamos, otra clase de crimen contra la humanidad que enmascarado en la aparente calma de nuestras bien guardadas fronteras, va erosionando a pasos agigantados, los más elementales principios de la moral y de la ética.




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