Las intolerables medidas aprobadas en Europa y muy
especialmente en Dinamarca, en relación con la crisis de refugiados y que sólo
les permite conservar una escasa cantidad de dinero, despojándoles de sus demás
posesiones, como pago de la estancia en el país que pretendan entrar, atentan
directamente con todas las normas éticas sobre los derechos humanos y
constituyen, en sí mismas, un claro desprecio por el valor de la vida.
Expuestos a la crudeza del duro invierno y humillados hasta
la saciedad por todos los gobiernos de los países por donde pasan, estos
refugiados, venidos directamente del terrorífico infierno de una guerra que ha
devastado su país, arrebatándoles toda posibilidad de futuro, se han convertido
para los mandatarios de la vieja Europa, no solo un problema que pone en
entredicho las bondades de su abigarrado Sistema capitalista, sino también, un
recordatorio permanente de la existencia de una pobreza, que ellos se han
empeñado en ocultar por todos los medios, más por temor, que por vergüenza.
La dejadez demostrada ante el crecimiento de las hostilidades
en Siria, la inacción continuada de los gobiernos europeos, frente al calvario
que los habitantes de aquella parte del mundo han estado padeciendo durante
varios años y el enrevesamiento de un conflicto en el que tres bandos se
disputan la hegemonía del territorio, en detrimento de una población civil que
sigue sucumbiendo a los ataques de todos, ha derivado finalmente en uno de los
éxodos más grandes de cuántos se recuerdan en la Historia moderna, al no tener
los que emigran, otra salida más que la de abandonar a la mayor brevedad
posible, sus lugares de procedencia, sin otra intención que la de salvar sus
vidas y las de sus familias.
No vienen estas personas, con la voluntad de dañar a los
poderosos Países europeos, ni sueñan otra posibilidad más que la de instalarse
para sobrevivir con el fruto de su trabajo, allí donde les parece que abunda la
riqueza, por lo que es natural que elijan fundamentalmente las naciones que saben menos afectadas por el paso de la
crisis y por tanto, las que detentan el poder, por encima de otras como Italia,
Grecia, Portugal o España.
Hacinados en las fronteras, como si de ganado se trataran,
las condiciones en que estos refugiados están siendo recibidos, rayan en la
deshumanización más elemental y dicen mucho de cómo somos en realidad, los que
tenemos la suerte de pertenecer y vivir en el llamado primer mundo, sobre todo
cuando nos parece que se nos amenaza con tener que compartir, con otros menos
favorecidos, una parte de nuestras riquezas.
Nunca antes se había visto que los asilados políticos
tuvieran que pagar su manutención, ni que recién llegados a los lugares que les
acogen, fueran registrados como delincuentes peligrosos, siendo despojados de sus enseres, para sufragar con
ellos, los gastos que ocasionen mientras se produce su asentamiento.
Esta forma de maltrato, ideada en última instancia y a la
desesperada, a la vista de la incesable avalancha de personas que se produce a
diario, ante las puertas de la Comunidad europea, no hace sin embargo, otra cosa que constatar la falta de
previsión que sobre el problema han tenido los “brillantes” dirigentes de los
países más desarrollados, aún cuando todos los indicios que llegaban desde que
comenzara la guerra en Siria, apuntaban a que el éxodo terminaría por
producirse, irremediablemente.
Las medidas, que evidencian una falta total de solidaridad y
empatía con el sufrimiento de estas personas, son absolutamente coherentes con
la manera de actuar que los líderes europeos han venido practicando
sistemáticamente con los más desfavorecidos, incluso cuando pertenecían al
marco territorial bajo su gobierno y dejan al descubierto la inmensa
deshumanización que se ha instalado en nuestro Continente, aunque la inmensa
mayoría de nosotros, estemos diametralmente en contra de su aplicación y dispuestos a hacer lo posible por recibir
cordialmente a los recién llegados, como iguales que son, ofreciéndoles las
mismas garantías de que disfrutamos, en nuestros lugares de residencia.
Una vez más, las intenciones de los gobernantes, no coinciden
en nada con las de los ciudadanos corrientes y el Sistema, mil veces alabado
como el mejor por los que rigen nuestros destinos, hace aguas, rompiendo todos
los esquemas que idealizaban este tipo de Democracias.
Despreciar la vida de este modo, cebarse con los necesitados,
obstaculizando su asentamiento entre nosotros, confiscar sus pertenencias y
permitir su degradación paulatina, robándoles descaradamente la dignidad, es,
muchos lo pensamos, otra clase de crimen contra la humanidad que enmascarado en
la aparente calma de nuestras bien guardadas fronteras, va erosionando a pasos
agigantados, los más elementales principios de la moral y de la ética.

No hay comentarios:
Publicar un comentario