El vuelco que ha dado el rumbo de la política española no
consigue, de momento, frenar los asuntos de corrupción y los ciudadanos
continuamos levantándonos todos los días con noticias de nuevas detenciones,
por lo que casi nos parece un milagro haber podido sobrevivir en la crisis,
habiendo como hay tantos políticos dedicados al saqueo permanente de las arcas
públicas.
Todas las explicaciones que nos han venido ofreciendo los
Partidos tradicionales sobre las causas que provocaron la crisis empiezan a parecernos
meras excusas que nada tienen que ver con la realidad de nuestra ruina,
teniendo en cuenta que nadie analiza en profundidad las exorbitantes cifras que
se han movido desde hace años en estos casos de corrupción y hasta nos suenan a
mentiras premeditadas las razones que se nos dieron desde el principio para
acabar paulatinamente con nuestro estado de bienestar, pues ni siquiera los
medios se atreven a calcular la cifra exacta del dinero público que se han
apropiado los corruptos, seguramente porque provocarían un estallido social de
incalculables consecuencias.
Se tiene incluso, la desvergüenza de acusar a los españoles
de haber vivido por encima de sus posibilidades, culpabilizándoles abiertamente
del derrumbe de la economía, pero nadie mira, ni corrige, ni afea la vergonzosa
labor delictiva llevada a cabo reiteradamente por un sinfín de cargos
pertenecientes a los Partidos más importantes, como si fuera un mal menor
apropiarse de los fondos públicos y todos estuviéramos de acuerdo en que los
políticos que elegimos se enriquezcan de esta manera, privándonos a los demás
de multitud de servicios comunes, imprescindibles para la supervivencia, que
ahora o han desaparecido, o han degenerado hasta tal punto, que suponen un
rosario de penalidades para quienes necesitan usarlos.
Tampoco la justicia ha resultado ser todo lo contundente que
debiera, al juzgar ciertos casos de corrupción, ya que aquellos en los que se
ha llegado hasta el fondo de la cuestión, sin importar la procedencia de los
imputados, podrían contarse con los dedos de la mano, relegando a un segundo
plano el verdadero meollo de la cuestión, que no es otro que una multitud de
asuntos sucios que han venido sucediendo en un número incalculable de
Instituciones y que son apenas mencionados en las páginas de la prensa.
Resulta curioso que tras conocerse los efectos electorales,
se esté dando una destrucción masiva de documentos en los Ayuntamientos y uno
no puede por menos que preguntarse qué se trata tan aceleradamente de ocultar a
los que ahora ocuparán los cargos de los que otros cesan.
¿Cuánta podredumbre queda por descubrir? ¿Hasta dónde llega
este desfalco generalizado que han venido obrando estos delincuentes de
chaqueta y corbata, pero de corazón negro? ¿Cuánto dinero han robado entre todos
a este sufrido pueblo español, al que han condenado a una pobreza de la que no
resultará fácil salir? ¿Cuánto tendremos que esperar para que paguen penal y
crematísticamente, la magnitud de sus sucios delitos?
Uno confía en que la savia nueva de los Partidos recién
llegados, enfoque este gravísimo problema con otras perspectivas y que esa
tolerancia que ha sido norma en todos los gobiernos que hasta ahora hemos
tenido, se convierta en un azote implacable que persiga y castigue a los
ladrones con toda la contundencia de una ley, que habría primero que reformar,
para añadirle una elevada dosis de dureza.
Quizá porque al menos lo prometieron en sus programas durante
la campaña electoral, han generado en los líderes de los grandes Partidos, toda
una marea de terror que no pueden disimular siquiera, delante de los medios.
Tienen mucho que temer y a más de uno, además, se le ha terminado para siempre
la costumbre de manejar el dinero de todos como si fuera suyo, sin tener que
ofrecer explicaciones, por aquello de haber gozado de una amplia mayoría.
Ojalá y seamos capaces de cerrar este negro capítulo de
nuestra historia y tengamos derecho, por fin, a ver a nuestros representantes,
como parte real de este pueblo.

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