No le están poniendo fácil a Túnez salir del pozo negro del
que huyó cuando se convirtió en protagonista de la Revolución de los jazmines,
ni alcanzar aquello que soñó cuando hastiada de tiranía, alzó la voz para
reclamar esa libertad necesaria por la que luchan todos los pueblos.
No le están permitiendo evolucionar ni construir su propio
camino, aún siendo como ha sido ejemplar, en el tránsito necesario para
cualquier cambio, por leve que sea, quizá porque no fue la suya una rebelión
sustentada en un frente común, sino una alianza provisional de fuerzas de
distintos pensamientos, reunidas puntualmente para derribar a un enemigo, pero
con ideas diametralmente opuestas de cómo debía ser aquel futuro que ahora se
ha convertido en presente.
Ya dijimos entonces que había un enorme riesgo de caer o en
una Occidentalización o en un radicalismo islámico y que sería bueno para los
países implicados en aquella revolución mantener por encima de todas las cosas
una identidad propia, capaz de rechazar desde el principio la influencia de los
unos y los otros.
Los atentados ocurridos en Túnez, corroboran nuestros temores
de entonces y colocan a esta nación, que empezaba a emerger de las tinieblas,
en una cuerda floja de la que podría caer en cualquier momento, sin haber
conseguido el objetivo de ser libre para tomar las riendas de su propio
destino.
La sinrazón acaba tiñendo de sangre los sueños y ha de ser la
cordura, la templanza y la cooperación desinteresada de los demás, las que
ayuden a mantener un equilibrio que de perderse, podría representar un grave
retroceso en las aspiraciones de unos ciudadanos, que nada tienen que ver en su
mayoría, con la lucha de intereses que mantienen Oriente y Occidente, de manera
cuasi sempiterna.
Lo peor, es que los inocentes pierden la vida en estos atentados cruentos,
en todas las ocasiones sin formar parte de los conflictos generados en las
esferas del poder, siempre por diferencias ancestrales que los hombres no han
sido aún capaces de superar y que suelen ocultar asuntos relacionados con el
dinero.
Estas víctimas, de las que tanto sabemos los españoles , a
raíz de aquel 11 de marzo de infausto recuerdo y que pueden incluso ser
consideradas como enemigos por los que han hecho del terror la razón de sus
vidas, no eran, sin embargo, más que gente de a pie, con toda probabilidad
tolerante con los credos y las tendencias, insignificante para los que manejan
el poder, aunque, azarosamente colocadas en uno de los lados del conflicto,
pero cuya pérdida constituye, eso sí, la excusa perfecta para que las
hostilidades se enquisten y se amplíen
las distancias entre dos mundos que podrían, no obstante, convivir en paz, cada
uno, con sus diferencias.
Las páginas negras que se escriben en la historia sin otro
argumento que el enaltecimiento de cualquier tipo de violencia, no son, sino
una muestra descarnada del terrible fracaso de los hombres, por muchos siglos
que hayan pasado y por muchos avances que, supuestamente, se hayan hecho para
mejorar nuestra existencia.
El dolor, necesariamente, llama al dolor y nada puede hacerse
para evitarlo, si no hay voluntad de solucionar pacíficamente los problemas,
por medio del mutuo respeto.

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