Si yo viviera en Arabia Saudí y fuera hombre, con toda
seguridad me encontraría en el mismo caso que el bloguero Raif Badawi, que ha
sido condenado a recibir mil latigazos y a diez años de prisión, por expresar
libremente sus pensamientos.
Todos sabemos que la palabra es a veces un arma más poderosa
que la espada y quizá por eso, los regímenes dictatoriales se han afanado desde
siempre en hacer callar a quiénes las escriben, sobre todo cuando sus opiniones
nos coinciden con la línea que mueve a
estos gobernantes improvisados que nunca fueron respaldados por las urnas y que
tanto temen la oposición de los que se atreven a criticar sus métodos.
Por la coincidencia que existe entre nosotros, la situación
de Raif Badawi no sólo me toca el corazón, sino que me provoca la necesidad de
salir inmediatamente en su defensa, como si yo misma hubiera recibido junto a
él los primeros cincuenta latigazos que ya le han propinado y fuera a compartir
la oscuridad de su celda, durante los próximos diez años.
Sentada aquí, en la tranquilidad de mi hogar, ejerciendo como
cada tarde el magnífico derecho de expresión sobre cualquiera de las cosas que
están ocurriendo en el mundo, me resulta prácticamente imposible entender que
en los tiempos que corren, aún existan censuras tan severas, como para
amordazar a los hombres prácticamente hasta la muerte y que esa represión sea
ejercida con total impunidad por otros seres de su misma especie , sin que
nadie pueda intervenir en que se cometan estas atrocidades que son la esencia misma de
la violencia.
¿Dónde quedan en estos lugares los derechos humanos que tanto
ha costado conseguir y qué hacen los organismos internacionales para asegurar
la igualdad entre las personas que habitamos este planeta?
Las contundentes protestas de determinadas entidades, como
Amnistía Internacional, aún siendo valiosas para mitigar una mínima parte de
estos sucesos, no bastan para hacerlos desaparecer definitivamente y menos aún
cuando las agresiones se cometen por motivos que tienen que ver con la Religión
o el Pensamiento, aunque en principio, ambos debieran ser considerados como
elecciones que uno pudiera hacer en total libertad.
La imposición de cualquier idea, la legitimación por la
crueldad de una línea que ha de ser obligatoriamente aceptada por todos, atenta
contra la misma esencia de los principios democráticos y no es más que una
forma de esclavizar a los seres humanos, contra su voluntad y aniquilando su
propia conciencia.
La historia de Raif, que de seguro agradecerá la solidaridad
de todos nosotros, no es más que la de un hombre que eligió transmitir por
medio de la palabra, su propio pensamiento. Y su desgracia ha sido, no haber
tenido la suerte que tenemos otros, que habitamos en territorios más
civilizados, en los que podemos ejercer sin cortapisas la maravillosa facultad
de escribir, sin tener que mirar atrás, por si alguien vigila de cerca lo que
relatamos, a través de este medio.
Hoy, doy gracias por estar donde estoy, porque de ser
compatriota de Raif, seguramente ni siquiera tendría la oportunidad de haber
accedido a la educación que me dieron, por el hecho de ser mujer y mucho menos,
a poner en práctica la idea de lanzar este blog de opinión que compartimos
desde hace unos años y que en este momento quisiera dedicar, donde quiera que
esté, a este joven que sufre tortura y cárcel, por el mero hecho de amar la
fuerza infinita que tiene la palabra.

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