domingo, 7 de junio de 2015

La fuerza infinita de la palabra


Si yo viviera en Arabia Saudí y fuera hombre, con toda seguridad me encontraría en el mismo caso que el bloguero Raif Badawi, que ha sido condenado a recibir mil latigazos y a diez años de prisión, por expresar libremente sus pensamientos.
Todos sabemos que la palabra es a veces un arma más poderosa que la espada y quizá por eso, los regímenes dictatoriales se han afanado desde siempre en hacer callar a quiénes las escriben, sobre todo cuando sus opiniones nos coinciden con la línea  que mueve a estos gobernantes improvisados que nunca fueron respaldados por las urnas y que tanto temen la oposición de los que se atreven a criticar sus métodos.
Por la coincidencia que existe entre nosotros, la situación de Raif Badawi no sólo me toca el corazón, sino que me provoca la necesidad de salir inmediatamente en su defensa, como si yo misma hubiera recibido junto a él los primeros cincuenta latigazos que ya le han propinado y fuera a compartir la oscuridad de su celda, durante los próximos diez años.
Sentada aquí, en la tranquilidad de mi hogar, ejerciendo como cada tarde el magnífico derecho de expresión sobre cualquiera de las cosas que están ocurriendo en el mundo, me resulta prácticamente imposible entender que en los tiempos que corren, aún existan censuras tan severas, como para amordazar a los hombres prácticamente hasta la muerte y que esa represión sea ejercida con total impunidad por otros seres de su misma especie , sin que nadie pueda intervenir en que se cometan  estas atrocidades que son la esencia misma de la violencia.
¿Dónde quedan en estos lugares los derechos humanos que tanto ha costado conseguir y qué hacen los organismos internacionales para asegurar la igualdad entre las personas que habitamos este planeta?
Las contundentes protestas de determinadas entidades, como Amnistía Internacional, aún siendo valiosas para mitigar una mínima parte de estos sucesos, no bastan para hacerlos desaparecer definitivamente y menos aún cuando las agresiones se cometen por motivos que tienen que ver con la Religión o el Pensamiento, aunque en principio, ambos debieran ser considerados como elecciones que uno pudiera hacer en total libertad.
La imposición de cualquier idea, la legitimación por la crueldad de una línea que ha de ser obligatoriamente aceptada por todos, atenta contra la misma esencia de los principios democráticos y no es más que una forma de esclavizar a los seres humanos, contra su voluntad y aniquilando su propia conciencia.
La historia de Raif, que de seguro agradecerá la solidaridad de todos nosotros, no es más que la de un hombre que eligió transmitir por medio de la palabra, su propio pensamiento. Y su desgracia ha sido, no haber tenido la suerte que tenemos otros, que habitamos en territorios más civilizados, en los que podemos ejercer sin cortapisas la maravillosa facultad de escribir, sin tener que mirar atrás, por si alguien vigila de cerca lo que relatamos, a través de este medio.
Hoy, doy gracias por estar donde estoy, porque de ser compatriota de Raif, seguramente ni siquiera tendría la oportunidad de haber accedido a la educación que me dieron, por el hecho de ser mujer y mucho menos, a poner en práctica la idea de lanzar este blog de opinión que compartimos desde hace unos años y que en este momento quisiera dedicar, donde quiera que esté, a este joven que sufre tortura y cárcel, por el mero hecho de amar la fuerza infinita que tiene la palabra.


  

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