domingo, 21 de junio de 2015

La agonía helena


Sola ante las exigencias de los magnates europeos, Grecia no puede hacer otra cosa que intentar solventar el problema de la deuda contraída, o intentando conseguir una prórroga que evite un desastre nacional o saliendo del círculo del euro, que ha conseguido asfixiar no sólo su economía, sino la de todos los países del sur, incluido el nuestro.
Mucho se han criticado las políticas de Tsipras, prácticamente desde el mismo momento en que llegó al poder y fundamentalmente, porque ha sido el primero en declarar abiertamente su oposición frontal a las políticas de  recortes preconizadas por la Unión, que han llevado a muchos de nosotros a tener que confraternizar con la desesperación y la miseria.
 Sin encontrar ninguna comprensión en los dirigentes sin corazón que se encargan de manipular nuestros destinos, el país que fuera cuna de la Democracia, lucha denodadamente por no ser apartado violentamente de una hermandad que no le ha traído, hasta hoy, más que desgracias y que sigue apretando la soga que le asfixia, sin permitir que se cuele en su hermética burbuja de poder, una sola brizna de un aire político distinto al que tenían minuciosamente programado.
Pero Grecia no tiene nada más que dar y no le dejan otro remedio que llamar a otras puertas en las que probablemente encontraría parte del consuelo que necesita, empujada hacia ellas por una corriente de intolerancia e incomprensión, que no parece dispuesta a ofrecer otra cosa que el látigo de su feroz tiranía.
Muchas veces hemos dicho que a Grecia no le están dejando otra salida que abandonar el euro y hoy más que nunca, nos parece la única solución posible, si no quiere ser fagocitada por las corrientes que dominan Europa y que parecen ser del todo insaciables.
Los ciudadanos lo reclamaban ayer mismo frente a su Parlamento, hartos de soportar las vejaciones que les llegan como un torrente desde el mismo centro de la Unión y deseando poder conservar, al menos, la dignidad y la soberanía.
La historia se escribiría de otra manera, si en otras naciones colindantes ocuparan el poder Partidos semejantes al que ahora mismo gobierna en Grecia y se pudiera formalizar una especie de frente común que plantara cara a los especuladores europeos, demostrándoles que son posibles otras vías por las que cambiar un Sistema enfermo de avaricia, que antepone los intereses económicos, al bienestar de los ciudadanos.
Si Grecia se rinde, si finalmente sucumbe ante la voracidad del gigante que la devora y acepta incondicionalmente las medidas propuestas desde Bruselas, la esperanza de todos, habrá quizá muerto para siempre.
La disyuntiva no puede ser peor. Sólo podemos desear que sea capaz de resolverla.


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