Sola ante las exigencias de los magnates europeos, Grecia no
puede hacer otra cosa que intentar solventar el problema de la deuda contraída,
o intentando conseguir una prórroga que evite un desastre nacional o saliendo
del círculo del euro, que ha conseguido asfixiar no sólo su economía, sino la
de todos los países del sur, incluido el nuestro.
Mucho se han criticado las políticas de Tsipras,
prácticamente desde el mismo momento en que llegó al poder y fundamentalmente,
porque ha sido el primero en declarar abiertamente su oposición frontal a las
políticas de recortes preconizadas por
la Unión, que han llevado a muchos de nosotros a tener que confraternizar con
la desesperación y la miseria.
Sin encontrar ninguna
comprensión en los dirigentes sin corazón que se encargan de manipular nuestros
destinos, el país que fuera cuna de la Democracia, lucha denodadamente por no
ser apartado violentamente de una hermandad que no le ha traído, hasta hoy, más
que desgracias y que sigue apretando la soga que le asfixia, sin permitir que
se cuele en su hermética burbuja de poder, una sola brizna de un aire político
distinto al que tenían minuciosamente programado.
Pero Grecia no tiene nada más que dar y no le dejan otro
remedio que llamar a otras puertas en las que probablemente encontraría parte
del consuelo que necesita, empujada hacia ellas por una corriente de
intolerancia e incomprensión, que no parece dispuesta a ofrecer otra cosa que
el látigo de su feroz tiranía.
Muchas veces hemos dicho que a Grecia no le están dejando
otra salida que abandonar el euro y hoy más que nunca, nos parece la única
solución posible, si no quiere ser fagocitada por las corrientes que dominan
Europa y que parecen ser del todo insaciables.
Los ciudadanos lo reclamaban ayer mismo frente a su
Parlamento, hartos de soportar las vejaciones que les llegan como un torrente
desde el mismo centro de la Unión y deseando poder conservar, al menos, la
dignidad y la soberanía.
La historia se escribiría de otra manera, si en otras naciones
colindantes ocuparan el poder Partidos semejantes al que ahora mismo gobierna
en Grecia y se pudiera formalizar una especie de frente común que plantara cara
a los especuladores europeos, demostrándoles que son posibles otras vías por
las que cambiar un Sistema enfermo de avaricia, que antepone los intereses
económicos, al bienestar de los ciudadanos.
Si Grecia se rinde, si finalmente sucumbe ante la voracidad
del gigante que la devora y acepta incondicionalmente las medidas propuestas
desde Bruselas, la esperanza de todos, habrá quizá muerto para siempre.
La disyuntiva no puede ser peor. Sólo podemos desear que sea
capaz de resolverla.

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