jueves, 11 de junio de 2015

Vacunas y milagros



El brote de difteria que se ha producido en Cataluña, pone en evidencia las teorías que defienden los padres que deciden no vacunar a sus hijos, demostrando que su actitud puede traer consigo el riesgo de crear una epidemia, si estos niños contraen alguna de esas enfermedades que ya creíamos erradicadas y que vuelven a estar de nuevo entre nosotros, produciendo el temido contagio, entre una población infantil que se desenvuelve en un entorno social amplio, en la familia y en la escuela.
Bien está que se respete la libertad de los progenitores para vacunar o no a sus pequeños, si esta posibilidad de elección se ofrece a personas responsables, capaces de entender que no viven en soledad, sino que ocupan un sitio entre una multitud de seres humanos que cohabitan con ellos y bien está, que quiénes opten por no seguir los calendarios de vacunación pertinentes, se ocupen también de que cuando sus hijos padezcan el menor síntoma de cualquier enfermedad, sean visitados inmediatamente por un pediatra, permaneciendo en aislamiento total, si la dolencia fuera contagiosa, para no convertirse en una fuente andante de contagio, que perjudique al entorno que les rodea.
Porque las decisiones de calado, como ésta, conllevan también la asunción hasta las últimas consecuencias de los perjuicios que puedan producir, ya que no atañen únicamente al núcleo familiar en que se desenvuelven estos pequeños, sino a la totalidad de los ciudadanos que habitamos en este país.
Las vacunas, que tantos detractores tienen ahora, no se sabe muy bien si porque está de moda una especie de corriente naturista o porque entre una parte de la población hay un desconocimiento total sobre lo que podría acarrear a los pequeños  prescindir de ellas, han conseguido a lo largo de muchos años salvar millones de vidas y son el mejor sistema preventivo que ha conocido la humanidad, por lo que su administración entre la población infantil debiera ser, a mi entender, obligatoria.
El caso de Cataluña, con más de treinta afectados a día de hoy, supone una voz de alerta para todos aquellos padres que sin poder consultar a los niños, deciden prescindir de esta ayuda que les brinda la sanidad pública, para mantener a raya a peligrosas enfermedades que antiguamente, fueron responsables de un alto índice de mortalidad infantil, aunque ahora parezca que tal cosa ya no podría volver a repetirse en el mundo moderno.
Hoy es la difteria, pero mañana bien podría ser la tuberculosis o la temible poliomielitis, que los que tenemos cierta edad recordamos como un auténtico azote, cuando éramos pequeños.
Las decisiones médicas, no deben nunca corresponder a nadie más que a los especialistas en el tema y no vendría mal una campaña exhaustiva de información sobre la gravedad de las dolencias que previenen estas vacunas en mayores y niños.
Bien está que los adultos puedan elegir, pero cuando se trata de niños, resulta prácticamente imposible averiguar el grado de responsabilidad que en asuntos como este puedan tener sus padres y convendría por tanto que el Estado, por una vez, asumiera el deber de conservar en el mejor estado de salud posible, a quienes por su corta edad, requieren de todas  las atenciones y desvelos que puedan prestárseles.

Puede que a uno le parezca que sus hijos nunca contraerán ninguna de estas enfermedades de las que muchos, ni siquiera conocen sus síntomas ni sus secuelas, pero estando como estamos, expuestos a infinidad de peligrosas infecciones, por nuestra propia esencia, quizá sería el momento de plantearse si quiere más a un hijo el que decide utilizar las medidas de prevención que se le brindan o el que lo abandona a su suerte, confiando en que nunca enfermará, de forma absolutamente milagrosa.

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