El brote de difteria que se ha producido en Cataluña, pone en
evidencia las teorías que defienden los padres que deciden no vacunar a sus
hijos, demostrando que su actitud puede traer consigo el riesgo de crear una
epidemia, si estos niños contraen alguna de esas enfermedades que ya creíamos
erradicadas y que vuelven a estar de nuevo entre nosotros, produciendo el
temido contagio, entre una población infantil que se desenvuelve en un entorno
social amplio, en la familia y en la escuela.
Bien está que se respete la libertad de los progenitores para
vacunar o no a sus pequeños, si esta posibilidad de elección se ofrece a
personas responsables, capaces de entender que no viven en soledad, sino que
ocupan un sitio entre una multitud de seres humanos que cohabitan con ellos y
bien está, que quiénes opten por no seguir los calendarios de vacunación
pertinentes, se ocupen también de que cuando sus hijos padezcan el menor
síntoma de cualquier enfermedad, sean visitados inmediatamente por un pediatra,
permaneciendo en aislamiento total, si la dolencia fuera contagiosa, para no
convertirse en una fuente andante de contagio, que perjudique al entorno que
les rodea.
Porque las decisiones de calado, como ésta, conllevan también
la asunción hasta las últimas consecuencias de los perjuicios que puedan
producir, ya que no atañen únicamente al núcleo familiar en que se desenvuelven
estos pequeños, sino a la totalidad de los ciudadanos que habitamos en este
país.
Las vacunas, que tantos detractores tienen ahora, no se sabe
muy bien si porque está de moda una especie de corriente naturista o porque
entre una parte de la población hay un desconocimiento total sobre lo que
podría acarrear a los pequeños
prescindir de ellas, han conseguido a lo largo de muchos años salvar millones
de vidas y son el mejor sistema preventivo que ha conocido la humanidad, por lo
que su administración entre la población infantil debiera ser, a mi entender,
obligatoria.
El caso de Cataluña, con más de treinta afectados a día de
hoy, supone una voz de alerta para todos aquellos padres que sin poder consultar
a los niños, deciden prescindir de esta ayuda que les brinda la sanidad
pública, para mantener a raya a peligrosas enfermedades que antiguamente,
fueron responsables de un alto índice de mortalidad infantil, aunque ahora
parezca que tal cosa ya no podría volver a repetirse en el mundo moderno.
Hoy es la difteria, pero mañana bien podría ser la
tuberculosis o la temible poliomielitis, que los que tenemos cierta edad
recordamos como un auténtico azote, cuando éramos pequeños.
Las decisiones médicas, no deben nunca corresponder a nadie
más que a los especialistas en el tema y no vendría mal una campaña exhaustiva
de información sobre la gravedad de las dolencias que previenen estas vacunas
en mayores y niños.
Bien está que los adultos puedan elegir, pero cuando se trata
de niños, resulta prácticamente imposible averiguar el grado de responsabilidad
que en asuntos como este puedan tener sus padres y convendría por tanto que el
Estado, por una vez, asumiera el deber de conservar en el mejor estado de salud
posible, a quienes por su corta edad, requieren de todas las atenciones y desvelos que puedan
prestárseles.
Puede que a uno le parezca que sus hijos nunca contraerán
ninguna de estas enfermedades de las que muchos, ni siquiera conocen sus
síntomas ni sus secuelas, pero estando como estamos, expuestos a infinidad de
peligrosas infecciones, por nuestra propia esencia, quizá sería el momento de
plantearse si quiere más a un hijo el que decide utilizar las medidas de
prevención que se le brindan o el que lo abandona a su suerte, confiando en que
nunca enfermará, de forma absolutamente milagrosa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario