martes, 16 de junio de 2015

Era de esperar


Era de esperar, ante la derrota sufrida por los conservadores en las Autonómicas y Municipales, que en cuanto los nuevos políticos tomaran posesión de sus cargos, se desatara una encarnizada lucha contra ellos.
Era de esperar, porque la derecha siempre tuvo muy mal perder y porque no le gusta quedar relegada a convertirse en simple oposición, tras cuatro años de mayoría absoluta en los que ha gobernado en pueblos y ciudades tiránicamente, disfrutando de privilegios, en general, muy por encima de los que serían considerados normales para quienes ocupan puestos de responsabilidad, como demuestran la multitud de imputaciones por casos de corrupción en los que se han visto implicados los dirigentes del PP, en los últimos tiempos.
No les quepa duda de que a partir de hoy, todos y cada uno de los miembros de los nuevos partidos que han firmado pactos que han contribuido a destronar a los reyezuelos que los ocupaban creyendo que serían para toda la vida, van a ser minuciosamente investigados, medios no faltan, para intentar encontrar en su biografía cualquier tipo de desliz del que sacar rendimiento político, procurando provocar todas esas dimisiones que todos hemos echado a faltar cuando los errores, por graves que fueran, eran cometidos por miembros de la Formación de Rajoy, incluyéndole a él, si me apuran.
Porque ese sentido de la ética que tanto reclaman ahora los mismos que no han dado señales de conocer su significado mientras han ejercido el poder, será exigido hasta la saciedad , créanme, a lo largo de los próximos cuatro años, a cualquiera que procediendo, fundamentalmente, de los movimientos ciudadanos, haya tenido en el pasado alguna actitud, de esas que les encanta a los conservadores defender cuando ocurren en países que no se ajustan a su ideario, pero que critican hasta la saciedad cuando suceden en el nuestro, sobre todo si rompen de algún modo, la apacible existencia  de sus dirigentes.
Hay una lupa puesta encima de Podemos, al no haber quedado otro remedio que reconocer a regañadientes que infravaloraron las posibilidades de unos cuantos “desarrapados”, que tuvieron la osadía de soliviantar a una gran parte de esa población que estaba destinada, bajo la regencia del PP, a convertirse en una masa informe y sumisa a la que manejar por medio de la miseria y el miedo.
Qué fácil es exigir a los demás todo aquello que a nosotros nos falta y qué difícil reconocer que en política, cuando se cometen errores de la clase que se han cometido en todas partes, a lo largo de los últimos años, cuando se miente a los ciudadanos y se ignora la voz de la sociedad, manipulando la información, mientras se va recortando en recursos y derechos, cuando uno antepone los intereses de los poderosos a los de su propia nación, se terminan pagando una a una, todas las cuentas que quedaron pendientes, siendo contundentemente castigado a un olvido forzoso.
Por otra parte, las equivocaciones de los demás, no restan un ápice de importancia a las nuestras, sobre todo, si jamás tuvimos la humildad de reconocerlas y hacer lo posible porque no se repitieran, habiendo tenido todo el tiempo del mundo para haberlo hecho.
Que investiguen e instiguen, si les place. Lo ocurrido en las últimas elecciones, ni tiene marcha atrás, ni es factible de ser cambiado por unas cuantas exhibiciones de participaciones personales en determinadas protestas, ni va a ser anulado por los comentarios insidiosos lanzados, como una letanía, desde canales cuyo servilismo y mediocridad, son conocidos de sobra por una Sociedad, absolutamente consciente del tamaño de su ridículo.
Recuerden que cuando Zapatero llegó al poder, ya se construyó minuciosamente toda una teoría de conspiración que además de achacar a ETA la autoría de los atentados del 11M, sugería la implicación de la oposición en una burda manipulación de los resultados electorales.
La pataleta duró hasta que Rajoy llegó al poder en 2011. Después, se diluyó milagrosamente.

Ahora tendrán que construir otro argumento con el que batallar contra la naturaleza de su estrepitoso fracaso. Lo bueno es que ya no les creemos.

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