domingo, 31 de mayo de 2015

Días de ira


El resultado de las últimas elecciones ha terminado por convertirse en un revulsivo difícil de catalogar y por primera vez, quizá por la actitud demostrada por los conservadores tras haber perdido una gran parte de su electorado, unas cuatrocientas personas se han echado a la calle de manera violenta y bajo el lema de “No podéis”, han agredido a informadores que cumplían con su obligación, cubriendo esta noticia.
Qué ha cambiado para que vuelvan a producirse este tipo de acciones, muy frecuentes durante los primeros años de la transición y que ya creíamos superadas tras casi cuarenta años de vida democrática, es una incógnita que sólo puede ser resuelta si se entiende que los sectores más conservadores de esta sociedad sienten como una amenaza para su estatus actual, la irrupción en el panorama político de nuevas formaciones como Podemos y fundamentalmente, el éxito progresivo que están obteniendo sus representantes en las urnas.
Tradicionalmente, estos manifestantes de extrema derecha han estado directamente vinculados con el poder del dinero y los años de gobierno del PP habrían representado para ellos una especie de oasis en el que disfrutar de privilegios absolutamente negados al resto de los ciudadanos, que podrían tambalearse si las nuevas formaciones consiguen asentarse en la regencia de las grandes ciudades, como seguramente sucederá, si la política de pactos termina por funcionar y logran un entendimiento programático con el PSOE u otros Partidos.
La actitud demostrada estos días por los barones del PP, abandonando el barco en plena fase de hundimiento y el augurio permanente de catástrofes espeluznantes que muchos se han dedicado a profetizar, como si el mundo que conocemos fuera a terminarse si Colau o Carmena consiguen sus respectivas alcaldías, han dado alas a los ultraconservadores para lanzarse a las calles para manifestar su disconformidad con lo ocurrido en las urnas, dejando claro hasta dónde puede llegar su intolerancia, cuando son otros los que ganan.
Llama la atención la pasividad demostrada por las fuerzas del orden en el transcurso de estas protestas, sobre todo si se tiene en cuenta lo que ha venido ocurriendo sistemáticamente en todas las manifestaciones convocadas durante los años del gobierno Rajoy, en las que automáticamente los participantes eran catalogados de anti sistema por los representantes del gobierno, llegando a sufrir miles de ciudadanos una persecución policial incomprensible, por el mero hecho de haber acudido, de buena fe, a otros actos, en demanda de sus derechos.
Y aunque la permisividad con quienes contradicen los resultados de unas elecciones celebradas en Democracia ha de ser nula y ha de ser obligación primera de quien gobierna evitar focos de radicalidad que bien pudieran desembocar en acciones de mayor violencia, la línea seguida en estos acontecimientos ocurridos ayer, dista mucho de parecerse, ni de lejos, a la que se hubiera puesto en práctica si este grupo de manifestantes hubiera procedido de la extrema izquierda.
Este agravio comparativo, que resulta especialmente sospechoso cuando los que van a perder una gran parcela de poder proceden precisamente, de un Partido de la derecha, es sin embargo y muy a su pesar, un punto más que se vuelve en su contra, ofreciendo una imagen aterradora de lo que representan, que jamás podrá convencer a la Sociedad de la conveniencia de que continúen en las Instituciones, como representantes nuestros.
Hay que saber perder cuando uno se dedica a este ahora vilipendiado oficio de la política, saber echarse a un lado y ofrecer paso franco a aquellos a quienes los ciudadanos, con sus votos, otorgan la oportunidad de poner en práctica lo que prometieron en sus programas respectivos.
Si no gusta lo que ofrecen o no, es anecdótico y no se puede ni se debe hacer otra cosa que asumir que se perdió, analizar los errores y trabajar duro para que no vuelvan, a ser posible, a repetirse.
Intentar otra cosa, sería conspiración y si me apuran, hasta incitación al golpismo.






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