lunes, 4 de mayo de 2015

La peor escoria


De las múltiples grabaciones que hemos conocido, relacionadas con un sinfín de casos de corrupción, la de Alfonso Rus contando alegremente dinero como si de rosquillas se tratara, colma todos los límites de la decencia.
Oírle en directo en plena faena,  basta para entender que contaba con cierta práctica en el manejo de estas operaciones y debería ser suficiente para forzar su inmediata baja en el Partido Popular, al que no cesan de aparecerle tipos de esta mala ralea instalados en puestos de responsabilidad, sin que, asombrosamente, nunca pase nada.
Si yo fuera el Presidente Rajoy y tuviera que lidiar a diario con la aparición de la larga lista de imputaciones por delitos fiscales que afectan a mis compañeros, hace tiempo que habría presentado mi irrevocable dimisión, para alejarme lo más posible de todo lo que tuviera que ver con las labores políticas.
Pero en este país, que como ya dijera Machado, continúa siendo en muchas cuestiones de charanga y pandereta, los delitos de corrupción parecen haberse convertido. incomprensiblemente, en rutinarios y los líderes de los principales partidos los ven como algo “natural”, como si la asunción de un cargo llevara consigo el deber de saquear al Erario público, como forma de sobresueldos.
Convivir con esta clase de políticos, al ciudadano le resulta cada vez mas difícil y de ahí que la Sociedad haya decidido hace tiempo introducir en el mismo saco a todos ellos, sin distinción, viviendo un continuo desengaño del que por mucho tiempo que transcurra no será fácil salir, aunque en muchos casos, paguen justos por pecadores.
Es tal la desvergüenza que se percibe en los implicados en casos de corrupción, que se está convirtiendo en habitual considerar a cualquier político presunto culpable y que tenga después que demostrar con hechos su inocencia, para ser considerado apto para ocupar cualquier cargo de relevancia en las Instituciones.
Las juicios celebrados tampoco ayudan mucho a generar confianza en la ciudadanía, pues cuando no han dictado sentencias absolutorias para casos en los que parecía flagrante la culpabilidad, se han saldado con una especie de justicia light que  ha hecho que merezca la pena haber robado, sólo a cambio de unos meses de cárcel y unas fianzas irrisorias que están muy lejos de igualar el montante de lo sustraído.
De este modo, los corruptos se mueven entre nosotros con inusitado descaro y hasta se convierten en estrellas mediáticas entrevistadas en multitud de programas televisivos, como si hubieran descubierto una vacuna contra el cáncer y fueran a obtener el premio Nobel de medicina.
 Son, los nuevos ídolos del panorama informativo y poco o nada les importan los insultos que reciben de la parte de la población que se cruza con ellos por las calles de las ciudades, atreviéndose aún a llevar la cabeza alta , en un gesto de inexplicable soberbia.
De qué presumen estos saqueadores de los recursos de todos los españoles, es algo que a más de uno nos gustaría averiguar, si es que tuviéramos la posibilidad de poder preguntar cara a cara sobre sus vergonzosas actuaciones.
Seguramente, su argumento sería que se consideraban merecedores de mucho más de lo que obtenían honradamente en el cumplimiento de sus funciones y que en un acto de justicia personal, lo tomaron como pago de sus “desvelos” por un país, que nunca les correspondió en la medida que ellos creían oportuna.
Esta última grabación, a la que nos referíamos al comienzo de este artículo, deja meridianamente claro la clase de individuos que nos están gobernando y la catadura moral que les acompaña en el terreno personal, por muy importantes que aparentemente parezcan.
Son, la peor escoria de la sociedad y no merecen otra consideración que la de vulgares delincuentes y como tales, debieran ser tratados por la justicia, prohibiéndoseles además, de por vida, volver a tener relación alguna con el ejercicio de la política.






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