De las múltiples grabaciones que hemos conocido, relacionadas
con un sinfín de casos de corrupción, la de Alfonso Rus contando alegremente
dinero como si de rosquillas se tratara, colma todos los límites de la
decencia.
Oírle en directo en plena faena, basta para entender que contaba con cierta
práctica en el manejo de estas operaciones y debería ser suficiente para forzar
su inmediata baja en el Partido Popular, al que no cesan de aparecerle tipos de
esta mala ralea instalados en puestos de responsabilidad, sin que,
asombrosamente, nunca pase nada.
Si yo fuera el Presidente Rajoy y tuviera que lidiar a diario
con la aparición de la larga lista de imputaciones por delitos fiscales que
afectan a mis compañeros, hace tiempo que habría presentado mi irrevocable
dimisión, para alejarme lo más posible de todo lo que tuviera que ver con las
labores políticas.
Pero en este país, que como ya dijera Machado, continúa
siendo en muchas cuestiones de charanga y pandereta, los delitos de corrupción
parecen haberse convertido. incomprensiblemente, en rutinarios y los líderes de
los principales partidos los ven como algo “natural”, como si la asunción de un
cargo llevara consigo el deber de saquear al Erario público, como forma de
sobresueldos.
Convivir con esta clase de políticos, al ciudadano le resulta
cada vez mas difícil y de ahí que la Sociedad haya decidido hace tiempo
introducir en el mismo saco a todos ellos, sin distinción, viviendo un continuo
desengaño del que por mucho tiempo que transcurra no será fácil salir, aunque
en muchos casos, paguen justos por pecadores.
Es tal la desvergüenza que se percibe en los implicados en
casos de corrupción, que se está convirtiendo en habitual considerar a
cualquier político presunto culpable y que tenga después que demostrar con
hechos su inocencia, para ser considerado apto para ocupar cualquier cargo de
relevancia en las Instituciones.
Las juicios celebrados tampoco ayudan mucho a generar
confianza en la ciudadanía, pues cuando no han dictado sentencias absolutorias
para casos en los que parecía flagrante la culpabilidad, se han saldado con una
especie de justicia light que ha hecho
que merezca la pena haber robado, sólo a cambio de unos meses de cárcel y unas
fianzas irrisorias que están muy lejos de igualar el montante de lo sustraído.
De este modo, los corruptos se mueven entre nosotros con
inusitado descaro y hasta se convierten en estrellas mediáticas entrevistadas
en multitud de programas televisivos, como si hubieran descubierto una vacuna
contra el cáncer y fueran a obtener el premio Nobel de medicina.
Son, los nuevos ídolos
del panorama informativo y poco o nada les importan los insultos que reciben de
la parte de la población que se cruza con ellos por las calles de las ciudades,
atreviéndose aún a llevar la cabeza alta , en un gesto de inexplicable
soberbia.
De qué presumen estos saqueadores de los recursos de todos
los españoles, es algo que a más de uno nos gustaría averiguar, si es que
tuviéramos la posibilidad de poder preguntar cara a cara sobre sus vergonzosas
actuaciones.
Seguramente, su argumento sería que se consideraban
merecedores de mucho más de lo que obtenían honradamente en el cumplimiento de
sus funciones y que en un acto de justicia personal, lo tomaron como pago de
sus “desvelos” por un país, que nunca les correspondió en la medida que ellos
creían oportuna.
Esta última grabación, a la que nos referíamos al comienzo de
este artículo, deja meridianamente claro la clase de individuos que nos están
gobernando y la catadura moral que les acompaña en el terreno personal, por muy
importantes que aparentemente parezcan.
Son, la peor escoria de la sociedad y no merecen otra
consideración que la de vulgares delincuentes y como tales, debieran ser
tratados por la justicia, prohibiéndoseles además, de por vida, volver a tener
relación alguna con el ejercicio de la política.

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