martes, 5 de mayo de 2015

El espejismo de Susana


Creía Susana Díaz que con ganar las elecciones en Andalucía conseguiría consagrarse como la nueva lideresa política del país y que sería fácil inculcar a los ciudadanos la idea de un PSOE limpio y renovado, que arrastrara de nuevo a las masas a un apoyo como el del año 82, empezando desde la presidencia del gobierno de esta Autonomía.
Pensaba erróneamente, que de la memoria de los electores se iban a borrar, como ya ha ocurrido otras veces, asuntos tan graves como el de los ERE y el de los cursos de Formación, que han resultado ser finalmente, responsabilidad total de su Partido.
Contaba, además de con el miedo de miles de pensionistas, con la aquiescencia mayoritaria de un pueblo que jamás ha querido ser gobernado por la derecha y cómo no, con el carisma que todos los medios se han encargado de ensalzar, aunque olvidando que el momento que vive el país es crucial y que la llegada de nuevas formaciones políticas como Ciudadanos y Podemos, iba a despojarla de una jugosa tajada de votos, al estar los ciudadanos muy indignados, con el tipo de política que ya comenzara a practicarse en los tiempos de Zapatero.
Se veía, aupada al trono andaluz como una diva adorada por las multitudes e imponiendo su opinión desde la tribuna a propios y ajenos, con la tranquilidad que da no tener que depender de nadie para gobernar, hacer y deshacer cuánto a uno le parezca oportuno… pero falló la mayoría.
Demostrado está que uno no debe hacerse ilusiones antes de tener todos los triunfos en las manos y que en este juego de azar que es la política, como en todos, las cartas que llevan los demás, a veces, adquieren una importancia inusitada, dejando al hipotético ganador al descubierto.
Así, Susana Díaz se ha encontrado de bruces con que los recién llegados al Parlamento andaluz no están en absoluto dispuestos a renunciar fácilmente a sus exigencias ni a facilitarle la llegada al poder en el plazo que ella tenía previsto.
La corrupción, los recortes sociales, la tolerancia con ciertas acciones impropias, en principio, de un Partido que dice ser socialista, han pasado la justa factura que ha de pagar quién se arriesga a caminar por la cuerda floja de la legalidad, abandonando a los que de sí dependen, con demasiada frecuencia, a una suerte que no merecen, en sí, por el hecho de pertenecer a los sectores más humildes de la sociedad.
El relumbrón de la alfombra roja que cruzó Susana Díaz la noche electoral, ha terminado por ser un espejismo que se ha ido  diluyendo a medida que se ha ido acercando el día de la votación por la Presidencia y que no volverá a aparecer, si la protagonista no entiende que ha terminado la etapa de hacer según qué tipo de política, porque los tiempos reclaman otras formas que solucionen a la mayor urgencia, los verdaderos problemas que afectan a esta Sociedad y a los individuos que vivimos en ella.


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