Creía Susana Díaz que con ganar las elecciones en Andalucía
conseguiría consagrarse como la nueva lideresa política del país y que sería
fácil inculcar a los ciudadanos la idea de un PSOE limpio y renovado, que
arrastrara de nuevo a las masas a un apoyo como el del año 82, empezando desde
la presidencia del gobierno de esta Autonomía.
Pensaba erróneamente, que de la memoria de los electores se
iban a borrar, como ya ha ocurrido otras veces, asuntos tan graves como el de
los ERE y el de los cursos de Formación, que han resultado ser finalmente,
responsabilidad total de su Partido.
Contaba, además de con el miedo de miles de pensionistas, con
la aquiescencia mayoritaria de un pueblo que jamás ha querido ser gobernado por
la derecha y cómo no, con el carisma que todos los medios se han encargado de
ensalzar, aunque olvidando que el momento que vive el país es crucial y que la
llegada de nuevas formaciones políticas como Ciudadanos y Podemos, iba a
despojarla de una jugosa tajada de votos, al estar los ciudadanos muy
indignados, con el tipo de política que ya comenzara a practicarse en los
tiempos de Zapatero.
Se veía, aupada al trono andaluz como una diva adorada por
las multitudes e imponiendo su opinión desde la tribuna a propios y ajenos, con
la tranquilidad que da no tener que depender de nadie para gobernar, hacer y
deshacer cuánto a uno le parezca oportuno… pero falló la mayoría.
Demostrado está que uno no debe hacerse ilusiones antes de
tener todos los triunfos en las manos y que en este juego de azar que es la
política, como en todos, las cartas que llevan los demás, a veces, adquieren
una importancia inusitada, dejando al hipotético ganador al descubierto.
Así, Susana Díaz se ha encontrado de bruces con que los
recién llegados al Parlamento andaluz no están en absoluto dispuestos a
renunciar fácilmente a sus exigencias ni a facilitarle la llegada al poder en
el plazo que ella tenía previsto.
La corrupción, los recortes sociales, la tolerancia con
ciertas acciones impropias, en principio, de un Partido que dice ser
socialista, han pasado la justa factura que ha de pagar quién se arriesga a
caminar por la cuerda floja de la legalidad, abandonando a los que de sí
dependen, con demasiada frecuencia, a una suerte que no merecen, en sí, por el
hecho de pertenecer a los sectores más humildes de la sociedad.
El relumbrón de la alfombra roja que
cruzó Susana Díaz la noche electoral, ha terminado por ser un espejismo que se
ha ido diluyendo a medida que se ha ido
acercando el día de la votación por la Presidencia y que no volverá a aparecer,
si la protagonista no entiende que ha terminado la etapa de hacer según qué
tipo de política, porque los tiempos reclaman otras formas que solucionen a la
mayor urgencia, los verdaderos problemas que afectan a esta Sociedad y a los
individuos que vivimos en ella.

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