Habría que remontarse hasta la desaparición de la UCD de
Adolfo Suárez para recordar una guerra interna de las dimensiones de la que
está ocurriendo en el PP a día de hoy y
que sólo se entiende, si los Partidos están asentados sobre unos
cimientos que ya se tambaleaban considerablemente, antes de que se produjera el
fracaso electoral acaecido en las últimas elecciones.
El Presidente Rajoy, que hace sólo unos días presumía de
haber salvado a España de una catástrofe económica, empleando un tono
triunfalista que resultaba incomprensible para los ciudadanos, es ahora
directamente culpabilizado por los principales líderes de su Formación de todas
las pérdidas de votos que han despojado a los conservadores del poder en las
principales ciudades y choca de bruces contra un ejército de perdedores, que no
aceptan el hecho de tener que abandonar sus cómodos cargos en Comunidades y
Ayuntamientos.
Mucha razón debía tener Áznar, cuando reclamaba unidad entre las filas del PP, pues
parece imposible que en tan poco tiempo, toda la estructura popular se haya
venido abajo de una manera tan evidente y
muy frágil debía ser ya el liderazgo de Rajoy, si sólo han bastado dos
días desde la celebración de los comicios, para que desde varios frentes se
reclame que no vuelva a ser el candidato en las generales y esa petición se
acompañe con un alto número de dimisiones, que sin embargo, no parecen afectar
a las intenciones futuras del Presidente.
Es verdad que Rajoy siempre estuvo un poco solo, oculto en la
burbuja personal que para sí construyó en la atalaya de Moncloa, pero esa
soledad, nunca había resultado tan explícita para los ciudadanos como ahora y
podemos decir que al final ha terminado por volverse en su contra, pues de tanto
huir de los demás, ha logrado parecerse
cada vez más, a uno de aquellos antiguos ascetas.
Esta soledad, que no tendría importancia si contara al menos
con el apoyo de la ciudadanía, se agrava poderosamente si se tiene en cuenta la
impopularidad que se ha ganado a pulso Rajoy, durante sus años de mandato.
La distancia que ha venido estableciendo sistemáticamente
entre su propio yo y la Sociedad, le pasa ahora una factura imposible de
satisfacer y le arroja irremisiblemente a los pies de sus detractores, que
además, para su mal, proceden de su propio Partido.
Es tan fácil contar con apoyos en tiempos de bonanza, que uno
suele olvidar que la suerte puede cambiar en un instante y cuando se vive el
presente sin hacer ningún tipo de previsión de futuro, aún es peor poder
sobrellevar el fracaso, sobre todo si por encontrarse aislado de la realidad,
no se cuenta con que pueda llegar tan
pronto.
Este fracaso ha debido pillar a Rajoy por sorpresa y si ya
contaba con las críticas feroces que recibiría de la oposición, por cómo se han
ido desarrollando los acontecimientos durante su legislatura, la deslealtad de
los suyos, el éxodo masivo de barones que se está produciendo, ha debido
dejarle estupefacto, pues no ha recibido más que aplausos de todos ellos, en
cualquiera de sus artificiales intervenciones.
Ha caído el Presidente, de pronto, en el mismo centro de la
realidad, despertando del dulce sueño que para él han estado construyendo sus asesores y descubriendo que el color de rosa
era, para su mal, mucho más oscuro de lo que le habían hecho creer, quienes le
informaban de manera sesgada de lo que ocurría en el país y también en su
propio Partido.
No le queda otro remedio que abandonar el puesto, si quiere
conservar un mínimo de dignidad, que como decíamos ayer, es lo último que debe
perder cualquier hombre.
Pero no sucederá. No
tendrá esa suerte este pueblo, al que tanto ha dañado con su manera de entender
la política.

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