martes, 19 de mayo de 2015

El pozo del olvido


Que la relación entre Esperanza Aguirre y Ana Botella nunca ha sido buena, por mucho que se empeñen ambas en comportarse lo más educadamente posible cuando están en público, es un hecho conocido por todos y en algún momento de esta campaña electoral había de notarse, dado el nerviosismo que acucia al Partido Popular y fundamentalmente, en Madrid.
Sin embargo, nadie esperaba que las cosas estallaran hasta  un punto realmente incómodo en un mitin en el que José María Áznar era la estrella invitada  y mucho menos, que el ex Presidente entrara al trapo en la batalla mantenida por ambas en sus respectivas intervenciones, posicionándose claramente y manifiestamente enfadado, a favor de la Alcaldesa saliente, que para más señas,  resulta ser su esposa.
Poco ha tardado Aguirre en comprender que continuando sus ataques contra Botella perdería uno de los bastiones más sólidos que sustentan su campaña y que sin el apoyo ideológico de Áznar, los votos más conservadores del PP podrían irse por el desagüe, con todo lo que le ha costado y le cuesta atraer a este sector del electorado, bastante descontento con la labor realizada por Rajoy y los suyos, pero leal al ex Presidente.
Así que la rectificación no se ha hecho esperar, aunque haya sido de mala gana y con el estilo al que siempre nos tiene acostumbrados la candidata a la alcaldía madrileña, que ha optado por definir a Botella como la gran mujer que siempre está detrás de un gran hombre y a la que ha alabado muy tibiamente su gestión política.
Si esto ha bastado o no para contentar a Áznar, del que todos conocemos su carácter excesivamente rencoroso, es una incógnita que seguramente pronto será resuelta, en cuanto vuelva a reaparecer en alguno de los mítines previstos para esta última semana de campaña.
El rifirrafe, ha debido sentar como un tiro a Cristina Cifuentes, que parece protagonizar una campaña absolutamente distinta a la que hace Aguirre y desde luego, en un plano de popularidad ciertamente inferior, pero que sufrirá también en sus carnes las veleidades que se le vayan ocurriendo a la ex Presidente en este final de campaña, pagando por ello un alto precio, al encontrarse su destino electoral, inexorablemente unido al de Aguirre, a quien seguramente a estas alturas, detesta.
Al margen, el flemático Mariano Rajoy ve pasar las escenas como si de una película se tratara y hasta me atrevería a decir que en la intimidad reza porque Aguirre coseche un tremendo fracaso electoral el día veinticuatro, a ver si de una vez puede librarse de ella y seguir a lo suyo sin tener que aguantar sus críticas periódicas, de aquí al final de la legislatura.
 Nadie en el PP se atreve a pronunciarse sobre lo que ha ocurrido, como si hubieran dejado a Aguirre por imposible e hicieran una campaña paralela a la suya en el resto de España, probablemente porque en el fondo y aunque no quieran admitirlo, dan Madrid por perdido y desean fervientemente que estas elecciones sean la tumba política de la más lenguaraz y molesta de sus militantes, a la que nadie osa contradecir, más por temor que por estar de acuerdo con su mensaje.
No obstante, la metedura de pata ha sido mayúscula y no hay nada peor que ser víctima de la propia soberbia. En nada ayuda a Esperanza Aguirre la idea de creerse intocable, pues como humana que es, está condenada a equivocarse muchas veces todos los días. Lo malo en su caso es que hay demasiados ojos pendientes de que cometa cualquier error y no precisamente con la intención de ayudarla a corregirlo, sino con las armas preparadas para empujarla al pozo del olvido.



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