Que la relación entre Esperanza Aguirre y Ana Botella nunca
ha sido buena, por mucho que se empeñen ambas en comportarse lo más
educadamente posible cuando están en público, es un hecho conocido por todos y
en algún momento de esta campaña electoral había de notarse, dado el
nerviosismo que acucia al Partido Popular y fundamentalmente, en Madrid.
Sin embargo, nadie esperaba que las cosas estallaran
hasta un punto realmente incómodo en un
mitin en el que José María Áznar era la estrella invitada y mucho menos, que el ex Presidente entrara al
trapo en la batalla mantenida por ambas en sus respectivas intervenciones,
posicionándose claramente y manifiestamente enfadado, a favor de la Alcaldesa
saliente, que para más señas, resulta
ser su esposa.
Poco ha tardado Aguirre en comprender que continuando sus
ataques contra Botella perdería uno de los bastiones más sólidos que sustentan
su campaña y que sin el apoyo ideológico de Áznar, los votos más conservadores
del PP podrían irse por el desagüe, con todo lo que le ha costado y le cuesta
atraer a este sector del electorado, bastante descontento con la labor
realizada por Rajoy y los suyos, pero leal al ex Presidente.
Así que la rectificación no se ha hecho esperar, aunque haya
sido de mala gana y con el estilo al que siempre nos tiene acostumbrados la
candidata a la alcaldía madrileña, que ha optado por definir a Botella como la
gran mujer que siempre está detrás de un gran hombre y a la que ha alabado muy
tibiamente su gestión política.
Si esto ha bastado o no para contentar a Áznar, del que todos
conocemos su carácter excesivamente rencoroso, es una incógnita que seguramente
pronto será resuelta, en cuanto vuelva a reaparecer en alguno de los mítines
previstos para esta última semana de campaña.
El rifirrafe, ha debido sentar como un tiro a Cristina
Cifuentes, que parece protagonizar una campaña absolutamente distinta a la que
hace Aguirre y desde luego, en un plano de popularidad ciertamente inferior,
pero que sufrirá también en sus carnes las veleidades que se le vayan
ocurriendo a la ex Presidente en este final de campaña, pagando por ello un
alto precio, al encontrarse su destino electoral, inexorablemente unido al de
Aguirre, a quien seguramente a estas alturas, detesta.
Al margen, el flemático Mariano Rajoy ve pasar las escenas
como si de una película se tratara y hasta me atrevería a decir que en la
intimidad reza porque Aguirre coseche un tremendo fracaso electoral el día veinticuatro,
a ver si de una vez puede librarse de ella y seguir a lo suyo sin tener que
aguantar sus críticas periódicas, de aquí al final de la legislatura.
Nadie en el PP se
atreve a pronunciarse sobre lo que ha ocurrido, como si hubieran dejado a Aguirre
por imposible e hicieran una campaña paralela a la suya en el resto de España,
probablemente porque en el fondo y aunque no quieran admitirlo, dan Madrid por
perdido y desean fervientemente que estas elecciones sean la tumba política de
la más lenguaraz y molesta de sus militantes, a la que nadie osa contradecir,
más por temor que por estar de acuerdo con su mensaje.
No obstante, la metedura de pata ha sido mayúscula y no hay
nada peor que ser víctima de la propia soberbia. En nada ayuda a Esperanza Aguirre
la idea de creerse intocable, pues como humana que es, está condenada a
equivocarse muchas veces todos los días. Lo malo en su caso es que hay
demasiados ojos pendientes de que cometa cualquier error y no precisamente con
la intención de ayudarla a corregirlo, sino con las armas preparadas para
empujarla al pozo del olvido.

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