martes, 12 de mayo de 2015

El futuro de todos


Según Albert Rivera, nadie que haya tenido que ver con el pasado político de este País puede hacer posible su regeneración y se supone que debería apartarse, dejando en manos de las nuevas generaciones la llave del poder, como si todo lo ocurrido antes de ahora, no tuviera la menor importancia.
Ignoro la procedencia política de Rivera , aunque por las características de la Formación que preside y por el modo con que afronta el reto que la suerte ha puesto en sus manos desde hace poco tiempo, me parece que no debe provenir, precisamente, de un linaje que se enfrentara directamente contra el franquismo durante los años de la dictadura, sino más bien, de aquella burguesía catalana, bien acomodada en los sectores industriales cuya ubicación les regaló el dictador y para quiénes no resultaba imprescindible, como para otros, luchar por una libertad necesaria y por  la imprescindible igualdad de la que carecíamos el resto de los ciudadanos.
Aún así, los Países no pueden, aunque quieran, renunciar a su Historia, sino más bien, deben asumirla en todas sus vertientes, sobre todo, para aprender de aquellos errores que se cometieron en infinidad de ocasiones y que no tienen vuelta atrás, pero que no debieran nunca, volver a repetirse.
Juega Rivera, en el bando de esa mentalidad empresarial que ya considera viejos e inútiles a los mayores de cuarenta y cinco años y que se olvidan de que la experiencia y la lucha de los individuos, a nivel personal y colectivo, constituyen un valor a tener muy en cuenta por todos aquellos que comienzan a caminar, si no quieren tropezar en las mismas piedras en que tropezaron sus mayores.
Olvida además, que vive en un país formado mayoritariamente por mayores y que el suculento bocado que constituyen los votos de esos pensionistas, a los que también denigra con afirmaciones como éstas, suman más de nueve millones nada despreciables para quien pretende llegar a la Presidencia del Gobierno.
Peca, de esa soberbia desenfrenada que exhibe el que por haber ascendido a lo más alto en poco tiempo, cree estar en posesión de la verdad y olvida, que la veleidad de los electores hace oscilar igual hacia arriba que hacia abajo a quienes, al fin y al cabo, están en sus manos, para poder alcanzar la meta que se propusieron.
Aupado ahora a la cima de la popularidad, mecido cálidamente por determinado tipo de medios y pensando erróneamente, como otros ya lo hicieron antes, que el estatus político puede durar toda la vida, Rivera empieza a patinar por la cuerda floja de su propio narcisismo  y de seguir así, pronto descubrirá que en este mundo de la res pública, precisamente, nada es eterno.
No sé por qué, pero esta afirmación empieza a parecerse peligrosamente a muchas de las que durante muchos años ha venido haciendo la derecha, quizá por creer que denigrando a los mayores, podría hacerse en un corto periodo de tiempo con el voto de una juventud, demasiado preparada para caer tan fácilmente en un ardid tan burdo como este.
No empieza con buen pie. La suya es una postura demasiado sectaria para conseguir el apoyo de la población, sobre todo si como se prevé, continúa por este camino de descalificaciones absurdas, negándose a oír a los que le precedieron, por una mera cuestión de principios.

El futuro, no es algo que pueda construirse partiendo de la nada, ni puede apearse de él a ninguno de los seres humanos que conforman este hábitat nuestro. Ni Albert Rivera  es el Mesias  que ha estado esperando la Sociedad para que lidere ese cambio que tanto necesita, sobre todo porque cada vez que alguien dijo que venía a salvarnos, nos llevó de la mano hasta las mismas entrañas de una oscuridad, en la que nunca más querríamos caer, por muchos años que viviéramos. 

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