Según Albert Rivera, nadie que haya tenido que ver con el
pasado político de este País puede hacer posible su regeneración y se supone
que debería apartarse, dejando en manos de las nuevas generaciones la llave del
poder, como si todo lo ocurrido antes de ahora, no tuviera la menor
importancia.
Ignoro la procedencia política de Rivera , aunque por las
características de la Formación que preside y por el modo con que afronta el
reto que la suerte ha puesto en sus manos desde hace poco tiempo, me parece que
no debe provenir, precisamente, de un linaje que se enfrentara directamente
contra el franquismo durante los años de la dictadura, sino más bien, de
aquella burguesía catalana, bien acomodada en los sectores industriales cuya
ubicación les regaló el dictador y para quiénes no resultaba imprescindible,
como para otros, luchar por una libertad necesaria y por la imprescindible igualdad de la que
carecíamos el resto de los ciudadanos.
Aún así, los Países no pueden, aunque quieran, renunciar a su
Historia, sino más bien, deben asumirla en todas sus vertientes, sobre todo,
para aprender de aquellos errores que se cometieron en infinidad de ocasiones y
que no tienen vuelta atrás, pero que no debieran nunca, volver a repetirse.
Juega Rivera, en el bando de esa mentalidad empresarial que
ya considera viejos e inútiles a los mayores de cuarenta y cinco años y que se
olvidan de que la experiencia y la lucha de los individuos, a nivel personal y
colectivo, constituyen un valor a tener muy en cuenta por todos aquellos que
comienzan a caminar, si no quieren tropezar en las mismas piedras en que
tropezaron sus mayores.
Olvida además, que vive en un país formado mayoritariamente
por mayores y que el suculento bocado que constituyen los votos de esos
pensionistas, a los que también denigra con afirmaciones como éstas, suman más
de nueve millones nada despreciables para quien pretende llegar a la
Presidencia del Gobierno.
Peca, de esa soberbia desenfrenada que exhibe el que por
haber ascendido a lo más alto en poco tiempo, cree estar en posesión de la
verdad y olvida, que la veleidad de los electores hace oscilar igual hacia
arriba que hacia abajo a quienes, al fin y al cabo, están en sus manos, para
poder alcanzar la meta que se propusieron.
Aupado ahora a la cima de la popularidad, mecido cálidamente
por determinado tipo de medios y pensando erróneamente, como otros ya lo
hicieron antes, que el estatus político puede durar toda la vida, Rivera
empieza a patinar por la cuerda floja de su propio narcisismo y de seguir así, pronto descubrirá que en este
mundo de la res pública, precisamente, nada es eterno.
No sé por qué, pero esta afirmación empieza a parecerse
peligrosamente a muchas de las que durante muchos años ha venido haciendo la
derecha, quizá por creer que denigrando a los mayores, podría hacerse en un
corto periodo de tiempo con el voto de una juventud, demasiado preparada para
caer tan fácilmente en un ardid tan burdo como este.
No empieza con buen pie. La suya es una postura demasiado
sectaria para conseguir el apoyo de la población, sobre todo si como se prevé,
continúa por este camino de descalificaciones absurdas, negándose a oír a los
que le precedieron, por una mera cuestión de principios.
El futuro, no es algo que pueda construirse partiendo de la nada,
ni puede apearse de él a ninguno de los seres humanos que conforman este
hábitat nuestro. Ni Albert Rivera es el
Mesias que ha estado esperando la
Sociedad para que lidere ese cambio que tanto necesita, sobre todo porque cada
vez que alguien dijo que venía a salvarnos, nos llevó de la mano hasta las
mismas entrañas de una oscuridad, en la que nunca más querríamos caer, por
muchos años que viviéramos.

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