Habíamos dicho muchas veces que el poder no era eterno y que
la soberbia de quiénes lo ostentan
contribuye poderosamente a deteriorar la imagen que de ellos se tiene en el
exterior, potenciando cuando llega la hora de la pérdida, una desesperación sobrehumana.
Los resultados de las Elecciones Autonómicas y Municipales
ofrecen por sí mismos una lección magistral sobre el tema y los rostros de las
primeras figuras del PP, un reflejo estremecedor de hasta qué punto puede
afectar a determinados políticos ser esclavos de la prepotencia.
Esperanza Aguirre podría considerarse un prototipo de esta clase
de gente y su caída, un exponente claro de cómo pueden cambiar las cosas para
un líder en un solo momento, sobre todo si no se entiende ni se ha entendido
jamás, que la voluntad de los pueblos es la única capaz de otorgar o despojar
del poder a los que por su propia voluntad, decidieron hacer carrera en política.
Creía la ex Presidenta de Madrid que era un personaje
intocable y puede que lo fuera en el ámbito cerrado de su Partido Popular, ya
que debe valer más por lo que calla que por lo que dice. Acostumbrada a hacer
su voluntad, sin que ninguno de sus compañeros fuera capaz de torcerle ningún
camino y convencida de su invulnerabilidad, tras haber sobrevivido
milagrosamente a varias debacles ocurridas a su alrededor, ya se veía otra vez,
como triunfadora absoluta en estas elecciones municipales y por ello,
catapultada hacia la carrera presidencial, que en el fondo, es lo que
verdaderamente le interesa.
Quizá por ello, ha hecho una campaña desastrosa que más que
sumarle apoyos le ha grajeado un montón de enemigos y en la que se ha permitido
insultar, vejar y hasta acosar mediáticamente a sus adversarios más directos.
Pues bien, ha perdido y habrá de acatar la voluntad ciudadana aceptando que en
toda Democracia, los pactos son absolutamente necesarios y que además, reflejan
mucho mejor el sentir de las mayorías, al nutrirse de las fuentes de varias
tendencias.
Pero no sólo Aguirre ha entrado de bruces en este tiempo de
perdedores, Barberá, Cospedal, Monago y otros muchos barones de este PP, que ha
gobernado tiránicamente durante casi cuatro años el país, abusando de su
absoluta mayoría, aprenden hoy también esta lección de humildad y no les
quedará otro remedio que aceptar a partir de ahora lo que les depare un
destino, que para ellos ha de ser necesariamente, mucho más ingrato que el que
disfrutaban mientras se deleitaban con sus privilegios, dando la espalda a la
realidad de la gente.
Se ha terminado aprobar leyes por decreto, manipular la
información, recortar libertades arguyendo que todo aquel que se opusiera a sus
designios era, por norma, anti sistema, administrar las finanzas públicas como
si fueran de su propiedad y recortar en temas sociales, empujando a una
privatización encubierta los tesoros más preciados que poseía el país, como la
Sanidad o la Educación, a las que han dejado bajo mínimos a base de restar en
personal y medios.
Se ha acabado, mirar para otro lado desoyendo las quejas de
los ciudadanos y hasta el comparecer ante la prensa por medio de un plasma, o
el resultado aún será peor, cuando lleguen las Generales.
Se abre una nueva etapa en la que tendrán que aprender a dialogar
y en la que no les quedará otro remedio que resignarse a obedecer sumisamente las
decisiones de las mayorías.
Porque perder, que para otros no es ninguna tragedia, para el
PP conlleva la desgracia de tener que renunciar, además, a la costumbre de
mandar sobre la sociedad, con un poder absoluto que anula todos los derechos.
Nunca debieron olvidar que ese mismo pueblo al que sistemáticamente
ignoraban, podía llevarles si quería, lejos de cualquier responsabilidad de
gobierno.

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