miércoles, 13 de mayo de 2015

La mirada de la tragedia


Se ceba la desgracia con Nepal, pareciendo que la Naturaleza también es aliada de los ricos y colocando a la población más allá de los mismos límites de la pobreza y con la incertidumbre de no saber si mañana mismo habrá una réplica de igual escala que las anteriores, que termine de convertir al País en un auténtico amasijo de escombros y cenizas.
El destino de los humildes, siempre marcado por una especie de maldición sempiterna de la que toda la evolución de la historia no ha permitido escapar, es sometido periódicamente a insoportables sacudidas que no da tregua  a la esperanza para quienes tuvieron la mala suerte de nacer con el estigma de la pobreza, recordándoles con su incesante martilleo dónde están y evidenciando las desigualdades con que convivimos los millones de seres humanos que habitamos el mundo.
Nada hacen los que tienen el privilegio de poseer el poder por mejorar esta negra suerte y la mínima solidaridad que se demuestra, sólo en algunos casos extremos como el  que acaba de suceder en las faldas del Everest, constituye la más vergonzosa evidencia de que algunos seres humanos, ni siquiera merecen la deferencia de ser llamados así, por su comportamiento mezquino, con los de su propia especie.
La mirada de los supervivientes nepalíes, exacta a la de otros que padecieron antes tragedias parecidas a la suya, pone de manifiesto el horror y la desesperación que el hombre es capaz de soportar, sólo por conservar la vida y la espesa lentitud de los organismos internacionales en tomar decisiones prácticas para remediar a la mayor brevedad los efectos de  su desgracia, constituye, por omisión, una complicidad del todo incomprensible con los elementos que provocaron el desastre.
Por qué no hay aún mecanismos que activen  la ayuda necesaria en cuestión de segundos, en un mundo tan desarrollado tecnológicamente, resulta, al menos para los profanos como yo, inaceptable y que los damnificados se vean obligados a esperar a que se produzcan toda una suerte de reuniones entre mandatarios para obtener un poco de solidaridad, una pérdida inexplicable de un tiempo precioso, en el que se podrían salvar un incontable número de vidas, que de este modo se pierden, mientras otros dilatan durante semanas la responsabilidad que les corresponde, de una manera obligatoria.
Cuánto ha de esperar Nepal para que el resto del Mundo se digne a colaborar con sus necesidades extremas y qué otra cosa más puede ocurrir mientras se organizan, al menos, equipos que coordinen una ayuda del todo imprescindible, es una incógnita que nadie parece saber aclarar y que mantiene en vilo, no sólo a los que residen allí, sino a cualquier persona de bien, que se solidarice con la tragedia.

Condenado este mundo, a ser manejado por las veleidades de unos sistemas políticos esclavizados por el poder del capital, la importancia de los seres humanos ha quedado inexorablemente relegada al último lugar de la extensa lista de prioridades que llevan en su agenda quienes nos gobiernan. Esto se llama deshumanización y desgraciadamente, parece haberse instalado entre nosotros y aquí se quedará, si nuestra lucha no lo remedia.

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