Se ceba la desgracia con Nepal, pareciendo que la Naturaleza
también es aliada de los ricos y colocando a la población más allá de los
mismos límites de la pobreza y con la incertidumbre de no saber si mañana mismo
habrá una réplica de igual escala que las anteriores, que termine de convertir
al País en un auténtico amasijo de escombros y cenizas.
El destino de los humildes, siempre marcado por una especie
de maldición sempiterna de la que toda la evolución de la historia no ha
permitido escapar, es sometido periódicamente a insoportables sacudidas que no
da tregua a la esperanza para quienes
tuvieron la mala suerte de nacer con el estigma de la pobreza, recordándoles
con su incesante martilleo dónde están y evidenciando las desigualdades con que
convivimos los millones de seres humanos que habitamos el mundo.
Nada hacen los que tienen el privilegio de poseer el poder
por mejorar esta negra suerte y la mínima solidaridad que se demuestra, sólo en
algunos casos extremos como el que acaba
de suceder en las faldas del Everest, constituye la más vergonzosa evidencia de
que algunos seres humanos, ni siquiera merecen la deferencia de ser llamados
así, por su comportamiento mezquino, con los de su propia especie.
La mirada de los supervivientes nepalíes, exacta a la de
otros que padecieron antes tragedias parecidas a la suya, pone de manifiesto el
horror y la desesperación que el hombre es capaz de soportar, sólo por
conservar la vida y la espesa lentitud de los organismos internacionales en
tomar decisiones prácticas para remediar a la mayor brevedad los efectos
de su desgracia, constituye, por
omisión, una complicidad del todo incomprensible con los elementos que
provocaron el desastre.
Por qué no hay aún mecanismos que activen la ayuda necesaria en cuestión de segundos,
en un mundo tan desarrollado tecnológicamente, resulta, al menos para los
profanos como yo, inaceptable y que los damnificados se vean obligados a
esperar a que se produzcan toda una suerte de reuniones entre mandatarios para
obtener un poco de solidaridad, una pérdida inexplicable de un tiempo precioso,
en el que se podrían salvar un incontable número de vidas, que de este modo se
pierden, mientras otros dilatan durante semanas la responsabilidad que les
corresponde, de una manera obligatoria.
Cuánto ha de esperar Nepal para que el resto del Mundo se
digne a colaborar con sus necesidades extremas y qué otra cosa más puede
ocurrir mientras se organizan, al menos, equipos que coordinen una ayuda del
todo imprescindible, es una incógnita que nadie parece saber aclarar y que
mantiene en vilo, no sólo a los que residen allí, sino a cualquier persona de
bien, que se solidarice con la tragedia.
Condenado este mundo, a ser manejado por las veleidades de
unos sistemas políticos esclavizados por el poder del capital, la importancia
de los seres humanos ha quedado inexorablemente relegada al último lugar de la
extensa lista de prioridades que llevan en su agenda quienes nos gobiernan.
Esto se llama deshumanización y desgraciadamente, parece haberse instalado
entre nosotros y aquí se quedará, si nuestra lucha no lo remedia.

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