Una de las virtudes de los grandes políticos suele ser la de
ser la de saber llegar e irse conservando intacta su dignidad, tolerando con la
misma serenidad las mieles del triunfo y el peso de la derrota, ofreciendo con caballerosidad
el relevo, cuando les sobreviene el momento de la caída.
Pocos son, sin embargo, capaces de ofrecer este ejemplo a los
ciudadanos que una vez le eligieron y muchos, los que rozando el esperpento,
tratan de aferrarse con uñas y dientes a la parcela de poder que una vez el
pueblo les prestó, sin comprender que gobernar no es más que un contrato que
igual que se firma, se rescinde.
No hay más que mirar alrededor estos días, para saber qué
talla tienen los que hasta ahora nos gobiernan y para caer en la cuenta de cómo
defienden la suerte de privilegios que han disfrutado durante sus años de
mandato, siendo capaces de ofrecer no sólo cualquier tipo de apoyo a los
vencedores, sino también la base misma de sus propios principios, con tal de no
perder del todo, el codiciado poder.
Queda para ellos la dignidad, enterrada en cualquier rincón
donde nadie pueda encontrarla y buscan en la vía de la prostitución virtual,
una salida a la debacle que les han regalado los españoles, temerosos de que la
verdad de todo lo ocurrido les alcance, colocándoles con toda justicia en el
lugar que desde hace tiempo, merecen.
Les aterroriza caer, casi del mismo modo en que les
congratulaba el triunfo y han pasado, en solo una fracción de segundo, de
practicar una prepotencia feroz, a hacer el más espantoso de los ridículos.
Suplicando casi de rodillas a sus adversarios un hueco en el
que permanecer, sugieren cualquier tipo de pacto que favorezca sus intereses,
sin tener en cuenta que todos los ciudadanos les miran y son, por ello, una
caricatura grotesca de lo que fueron, dejando al aire las auténticas
intenciones que les movieron
desde siempre y que no fueron otras, que el enriquecimiento personal y las
ansias de estar, como fuera, por encima de todos nosotros.
Esta imagen de indignidad, quedará grabada a fuego en la
mente de todos los españoles y avergüenza poderosamente, no solo a aquellos que
nunca otorgamos nuestra confianza a los conservadores, sino mucho más, a los
que haciendo uso de una lealtad casi incomprensible en la situación que
sufrimos, volvieron a votarles en las últimas elecciones.
No merecen por ello, ninguna consideración, ni atención
alguna a las súplicas irreverentes que ante sus adversarios, hacen estos días.
Tienen, aquello que han buscado con su manera de gobernar y
la misma indiferencia que demostraron hacia los ciudadanos mientras eran dueños
del poder absoluto.
La vida, al final, acaba por imponer cierta justicia y el
tiempo, sabio dónde los haya, lleva a cada cuál al lugar que le corresponde,
con frialdad y sin contemplaciones.

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