Los barómetros del CIS disparan todas las alarmas en el
inicio de la campaña electoral y vuelven a colocar al PP como hipotético
ganador en las generales, ante la estupefacción de un gran número de ciudadanos
que ya daban por cerrada la oscura etapa del bipartidismo.
Retrocede Podemos hasta una tercera posición, según las
mismas encuestas y sólo Ciudadanos sube de manera vertiginosa, proporcionando a
Albert Rivera un subidón de energía, al considerarle una de las futuras llaves
para la formación de Gonierno.
También dicen las previsiones que tanto IU como UPYD
desaparecerán del panorama político español y que cualquiera que gane las
elecciones se encontrará, con toda probabilidad, con una papeleta parecida a la
que tiene Susana Díaz en Andalucía.
Pero los que realizan las encuestas no son los que introducen
los votos de los ciudadanos en las urnas y a veces, sus augurios parecen
apartarse tanto de lo que se percibe a nivel de calle, que cuesta creer que las
entrevistas no hayan sido hechas de manera sectaria entre una franja muy determinada
de la población, cuyos gustos electorales ya se conocían de antemano y para que
de algún modo, condicionen la intención electoral de una multitud de indecisos.
Porque es difícil de asumir que a los ciudadanos en general
les importe un carajo la implicación directa de miles de cargos pertenecientes
a los dos grandes Partidos en gravísimos casos de corrupción y mucho más, que
habiendo padecido en carne propia las durísimas medidas de recortes aplicadas
por este Gobierno y las consecuencias directas de su Reforma Laboral, vuelvan a
otorgarles una confianza que ya todos dábamos por perdida, prácticamente desde
el mismo principio de su mandato.
Verdad es, ya lo hemos dicho otras veces, que el miedo mueve
montañas y que ciertas mentiras, a base de ser repetidas, terminan por parecer
verdades, pero uno se niega a aceptar que la inteligencia de los ciudadanos
pueda llegar a ser manipulada hasta el punto de anular con todas las
consecuencias su voluntad, haciéndoles caer una y otra vez en los mismos errores
garrafales que cometieran con anterioridad y que les han llevado hasta la
desastrosa situación que padecen en el momento en que vivimos.
La ciudadanía tendría que estar dispuesta a perdonar
demasiadas cosas para volver a dar la victoria a PP o PSOE y aunque es cierto
que ninguno, afortunadamente, lograría una mayoría absoluta con la que poder
hacer y deshacer a su gusto, dichos resultados traerían como consecuencia un
inmovilismo feroz, que en nada convendría a los intereses de esta Sociedad tan
mancillada por los efectos de las políticas que los grandes practican.
¿Puede alguien creer que en la Comunidad valenciana o Madrid
pueda volver a alzarse con el triunfo un PP absolutamente embarrado por una
sucesión continua de delitos fiscales que parecen no tener fin y que hasta le
obliga a llevar en sus listas a imputados, por falta de gente limpia que ocupe
sus puestos?
¿No van a pasarle factura la Gurtel, la Púnica, la
financiación ilegal o las grabaciones en las que se cuenta el dinero sustraído
de las arcas como rosquillas, entre jubilosas expresiones de determinados
indeseables?
Puede que Podemos y Ciudadanos no consigan finalmente los
resultados que a juzgar por lo que está ocurriendo se espere de ellos y que el
próximo Parlamento español se con vierta en un puzle de Formaciones intentando
llegar a acuerdos para poder formar Gobierno, pero perdónenme, no me creo una
palabra de lo que el CIS me dice en esta última encuesta, pues me niego a
pensar que mis conciudadanos son en realidad tan necios como para tropezar de
nuevo en la misma piedra.

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