domingo, 30 de noviembre de 2014

Adulación engañosa


Tal como se esperaba, la visita de Mariano Rajoy a Cataluña no ha supuesto un acercamiento a los ciudadanos que allí residen, sino un encuentro con militantes del Partido Popular que, naturalmente, han aclamado todas y cada una de sus propuestas, dando la falsa sensación de que el apoyo a la teoría de la Independencia que se votó el 9N, cuenta con muchos menos adeptos de los que parece.
Ni siquiera se ha molestado en entrevistarse con Mas, que en ese momento se encontraba a casi doscientos kilómetros de distancia y que es el único interlocutor necesario, si es que Rajoy quiere de veras solucionar la enorme brecha abierta que le separa de los catalanes, a quienes ha terminado por hartar, con tanta intolerancia como ha demostrado con ellos, desde que comenzara su mandato.
Ya todos sabíamos que todo sucedería así, pues a fuerza de sufrir cada una de las decisiones tomadas por Rajoy, hemos terminado por adivinar su pensamiento, por lo que tenemos muy claro que difícilmente se apeará de su trasnochada españolidad, para ceder al menos mínimamente, en la visión que guarda sobre este problema.
Vuelve a caer en el manido error de creer que los militantes de su propio partido representan la opinión de todos los ciudadanos, negándose sistemáticamente a mirar a su alrededor para conocer la auténtica realidad que se vive en el país y en este caso, en Cataluña.
 Pero de tanto aguardar que los problemas se resuelvan con el paso del tiempo y  falsamente convencido del amor del pueblo por su persona, las situaciones de dificultad terminan por estallarle, una tras otra, entre las manos y no será menos la cuestión catalana, que no se atreve nunca a abordar de frente y en disposición de negociar una salida airosa a la crisis.
Puede Rajoy tener por seguro que ninguno de los presentes en la reunión que mantuvo ayer, votó en el 9N y que todos se consideran fundamentalmente españoles hasta la médula, como era de esperar procediendo del PP y adulándole como le adulan.
Con quiénes tiene que hablar es precisamente con los otros, si verdaderamente cuenta con un argumento de peso que  anule los deseos independentistas que albergan, aunque  para ello tenga que soportar las críticas sobre su gestión y sobre su propia persona, como debe hacer, cualquier buen político que se precie.
 Pero claro, eso supondría aparecer en las televisiones de medio mundo, abucheado por un buen número de ciudadanos mientras entra o sale de las reuniones y que se de publicidad, también, al testimonio que pudieran ofrecer los partidarios de la independencia, dando lugar a que la gente en general, se forme una opinión personal sobre el problema, que a lo peor, no le favorecería en absoluto.
Es mejor esconderse, o hacer ver que los apoyos con que se cuentan parezcan multiplicados por mil, ayudado por los aplausos de  los que sabemos de antemano que están y estarán con nosotros, aunque esto suponga, una vez más, falsear la verdad de lo que se cuece en el territorio catalán y de lo que sienten las personas que allí habitan.
Y aunque de este modo lo único que ocurra es que se alargue en el tiempo la solución de un grave problema, mantener el ego ante Europa y hacer creer allí que cuenta con una buena tasa de popularidad, también en Cataluña, se convierte para Rajoy en primordial, si quiere acabar la legislatura.
Afortunadamente, los demás observamos con objetividad los pasos que da y aún somos capaces de contar lo que vemos a quienes puedan llamarse a engaño, por lo que quiere hacerles entender un PP, que ya nada tiene que hacer en el panorama político en el que nos movemos.
Entre la corrupción, la ascensión imparable de Podemos, la marcha de la Economía, el aumento del desempleo y este irresoluble conflicto con Cataluña, los únicos que aún toleran a Rajoy son, seguramente, los que llenaban el Pabellón en que se presentó ayer y algunos más, que por razones de edad o enfermedad, no pudieron acudir a tan glorioso evento.

Si ésos representan a la totalidad del País, que las cifras lo demuestren. 

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