Finalmente, el equipo de Pablo Iglesias es colocado, por
medio del voto de sus simpatizantes, en la Dirección de Podemos, abriendo una
nueva etapa en la política del país, que nada tiene que ver con las anteriores,
ni en el fondo, ni en las formas.
Nunca antes había surgido un Partido Político del mismo
corazón de la voluntad ciudadana, ni se había podido votar una candidatura a
través de la Red, de manera libre y directa y siguiendo el transcurso de los
resultados, prácticamente en directo.
Puede que a los más conservadores, a los militantes de otras
formaciones políticas y muy particularmente a los que se han ido turnando en el
poder desde la llegada de la transición, estos métodos puedan resultarles
nimios y populistas, quizá porque desde su posición de privilegio, se han
olvidado o negado sistemáticamente a seguir el paso de una realidad, que ya se
encuentra, les guste o no, asentada en el día a día de una Sociedad, que ha
evolucionado con los tiempos.
Quizá por eso, por la inmediatez con que se distribuye
cualquier noticia entre la gente y por la fuerza que da un poder de
comunicación absolutamente imparable, la entrada de Podemos en el panorama
político español, la casi insultante juventud de sus miembros y la admirable
preparación que poseen, causa un miedo
cerval a quienes se habían acomodado confortablemente en la ocupación de cargos
en Instituciones de todo tipo, pensando que esta situación sería eterna.
Podemos ha llegado para quedarse y nada ni nadie podrá
impedir, a juzgar por el apoyo popular con que cuenta, que litigue por el
poder en las próximas elecciones generales, con bastantes
probabilidades de éxito. Ni las críticas, ni las acusaciones desmesuradas que
les llegan desde los grandes Partidos, frenarán un ascenso que por primera vez,
ni siquiera se debe al peso de una determinada ideología, sino a un deseo irrefrenable
de un cambio que propicie el exterminio legal de la corrupción y la marcha de
los que han apoyado, con su silencio, que situaciones de extrema gravedad para
la sociedad, se prolonguen.
Verdad es que el mensaje lanzado desde PP y PSOE de manera
reiterada sobre el extremismo de los líderes de Podemos y su simpatía por la Revolución
Bolivariana o ETA, ha podido calar en los sectores más medrosos de una parte de
la ciudadanía, que aún piensa incautamente que desde el poder establecido
también se puede propiciar el cambio.
Pero España no es Venezuela, ni América Latina es Europa y la
ETA, hace tiempo que ha desaparecido, por lo que por muy radical que resulte
para algunos el mensaje de Podemos, no puede ni podrá aplicarse, aunque llegara
a gobernar, en este contexto nuestro, como se podría aplicar en otro bien
distinto.
Habrá que adaptarse a lo que uno tiene, al lugar en el que
vive y a los medios con los que cuenta, que por cierto han sido sustancialmente
mermados por los padres del tan traído y llevado bipartidismo, para trazar, si
llega el caso, una estrategia de gobierno que realmente, puede sonar a
revolucionaria, pero que en cierto modo, resulta definitivamente necesaria, si queremos
salir del oscuro pozo que tenemos bajo los pies, gracias a la batería de
medidas que Rajoy y su antecesor han estado implantando, sin contar con nuestro
consentimiento.
Temer a las Revoluciones no es más que un estigma impuesto
por quienes no desean perder la hegemonía de la que han disfrutado durante
tanto tiempo, porque las revoluciones no tienen porque ser necesariamente
cruentas y pueden, créanme, llevarse a cabo, simplemente con la transformación
real de un pensamiento.
Todas las de la Historia partieron de ideólogos que rompieron
con determinadas normas establecidas que no por ello resultaban ser justas y
todas, proporcionaron a la humanidad incontables beneficios, aunque para
llevarse a cabo, eso sí, hubieron de contar con la participación de colectivos
que secundaran aquella primera idea transformadora y rebelde.
Y de todas maneras ¿quién quiere permanecer anclado a la
situación actual, a la desesperanza, al miedo a perder lo poco que nos queda y
seguir adelante, sin haber intentado de algún modo mejorar su existencia?
¿Es tan bueno el Presente como para querer perpetuarlo? ¿Viven
los ciudadanos un solo momento de
ilusión, sin saber siquiera si será posible conservar sus empleos o si podrán
permanecer en sus viviendas sin ser atacados por la larga mano de empresarios,
banqueros y políticos corruptos, que no hacen sino saquear a diario, las arcas
de este Estado marchito?
¿Qué clase de vida legaremos a nuestros hijos asumiendo
mansamente que los que nos gobiernan sean, en todos los ámbitos, nuestros
dueños?
Verán, aunque al final todos se beneficien de lo que puedan
conseguir unos pocos, la satisfacción de participar de alguna manera en el
avance y el orgullo de poder transmitir un ejemplo de valentía a las
generaciones posteriores, palabra, que no tiene precio.

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