domingo, 16 de noviembre de 2014

Política de futuro


Finalmente, el equipo de Pablo Iglesias es colocado, por medio del voto de sus simpatizantes, en la Dirección de Podemos, abriendo una nueva etapa en la política del país, que nada tiene que ver con las anteriores, ni en el fondo, ni en las formas.
Nunca antes había surgido un Partido Político del mismo corazón de la voluntad ciudadana, ni se había podido votar una candidatura a través de la Red, de manera libre y directa y siguiendo el transcurso de los resultados, prácticamente en directo.
Puede que a los más conservadores, a los militantes de otras formaciones políticas y muy particularmente a los que se han ido turnando en el poder desde la llegada de la transición, estos métodos puedan resultarles nimios y populistas, quizá porque desde su posición de privilegio, se han olvidado o negado sistemáticamente a seguir el paso de una realidad, que ya se encuentra, les guste o no, asentada en el día a día de una Sociedad, que ha evolucionado con los tiempos.
Quizá por eso, por la inmediatez con que se distribuye cualquier noticia entre la gente y por la fuerza que da un poder de comunicación absolutamente imparable, la entrada de Podemos en el panorama político español, la casi insultante juventud de sus miembros y la admirable preparación  que poseen, causa un miedo cerval a quienes se habían acomodado confortablemente en la ocupación de cargos en Instituciones de todo tipo, pensando que esta situación sería eterna.
Podemos ha llegado para quedarse y nada ni nadie podrá impedir, a juzgar por el apoyo popular con que cuenta, que litigue por el poder  en las  próximas elecciones generales, con bastantes probabilidades de éxito. Ni las críticas, ni las acusaciones desmesuradas que les llegan desde los grandes Partidos, frenarán un ascenso que por primera vez, ni siquiera se debe al peso de una determinada ideología, sino a un deseo irrefrenable de un cambio que propicie el exterminio legal de la corrupción y la marcha de los que han apoyado, con su silencio, que situaciones de extrema gravedad para la sociedad, se prolonguen.
Verdad es que el mensaje lanzado desde PP y PSOE de manera reiterada sobre el extremismo de los líderes de Podemos y su simpatía por la Revolución Bolivariana o ETA, ha podido calar en los sectores más medrosos de una parte de la ciudadanía, que aún piensa incautamente que desde el poder establecido también se puede propiciar el cambio.
Pero España no es Venezuela, ni América Latina es Europa y la ETA, hace tiempo que ha desaparecido, por lo que por muy radical que resulte para algunos el mensaje de Podemos, no puede ni podrá aplicarse, aunque llegara a gobernar, en este contexto nuestro, como se podría aplicar en otro bien distinto.
Habrá que adaptarse a lo que uno tiene, al lugar en el que vive y a los medios con los que cuenta, que por cierto han sido sustancialmente mermados por los padres del tan traído y llevado bipartidismo, para trazar, si llega el caso, una estrategia de gobierno que realmente, puede sonar a revolucionaria, pero que en cierto modo, resulta definitivamente necesaria, si queremos salir del oscuro pozo que tenemos bajo los pies, gracias a la batería de medidas que Rajoy y su antecesor han estado implantando, sin contar con nuestro consentimiento.
Temer a las Revoluciones no es más que un estigma impuesto por quienes no desean perder la hegemonía de la que han disfrutado durante tanto tiempo, porque las revoluciones no tienen porque ser necesariamente cruentas y pueden, créanme, llevarse a cabo, simplemente con la transformación real de un pensamiento.
Todas las de la Historia partieron de ideólogos que rompieron con determinadas normas establecidas que no por ello resultaban ser justas y todas, proporcionaron a la humanidad incontables beneficios, aunque para llevarse a cabo, eso sí, hubieron de contar con la participación de colectivos que secundaran aquella primera idea transformadora y rebelde.
Y de todas maneras ¿quién quiere permanecer anclado a la situación actual, a la desesperanza, al miedo a perder lo poco que nos queda y seguir adelante, sin haber intentado de algún modo mejorar su existencia?
¿Es tan bueno el Presente como para querer perpetuarlo? ¿Viven los ciudadanos un solo  momento de ilusión, sin saber siquiera si será posible conservar sus empleos o si podrán permanecer en sus viviendas sin ser atacados por la larga mano de empresarios, banqueros y políticos corruptos, que no hacen sino saquear a diario, las arcas de este Estado marchito?
¿Qué clase de vida legaremos a nuestros hijos asumiendo mansamente que los que nos gobiernan sean, en todos los ámbitos, nuestros dueños?
Verán, aunque al final todos se beneficien de lo que puedan conseguir unos pocos, la satisfacción de participar de alguna manera en el avance y el orgullo de poder transmitir un ejemplo de valentía a las generaciones posteriores, palabra, que no tiene precio.
     



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