La vida ejemplar que llevan los misioneros católicos en todo
el mundo y la impagable labor que hacen junto a los más desfavorecidos, quedan
absolutamente eclipsadas por la aparición de incontables casos de pederastia
que contradicen, no solo las leyes divinas a las que se deben por razones de su
sacerdocio, sino también las leyes naturales que implícitamente, condenan los
abusos contra menores y castigan con penas de cárcel a quienes los cometen.
Los últimos conocidos en Granada y la inexplicable actitud
del Arzobispo Francisco Javier Martínez,
frente a ellos, vuelven a poner en tela de juicio la forma de tratar este tipo
de delitos que tienen determinados sectores de la Iglesia, que casi siempre
coinciden en ser ideológicamente los más conservadores y que sin embargo, se
muestran totalmente intolerantes con otro tipo de “pecados”, de mucha menor
importancia real, pero que contravienen sus creencias, no ya religiosas, sino
políticas.
El silencio cómplice de estos prelados, proclives a
manifestar en sus homilías su amor por la vida o a criticar abiertamente, por
ejemplo, la Ley de matrimonios entre homosexuales, conlleva la gravedad de no
permitir que la justicia de los hombres pueda llevar a los banquillos a los
protagonistas de estos delitos, para que cumplan íntegramente la condena que por
sus acciones les corresponde.
Mover de sitio a los abusadores, esconderlos en Monasterios
mientras se calman los ecos mediáticos de su implicación en la pederastia,
suele ser la tónica general adoptada por los representantes eclesiásticos de
mayor rango, hurtando a las víctimas y a los familiares de las mismas, el
resarcimiento por los abusos sufridos.
Parece que la actitud del Papa no va por estos derroteros,
pero su iniciativa no puede ni debe quedarse en simples llamadas telefónicas a
los afectados para pedir perdón, sino que exige, además, un cese inmediato de
los responsables superiores de las diócesis en que se cometieron estos
atropellos, porque conociendo las duras historias que contaban sus feligreses,
consintieron en seguir manteniendo una imagen de virtual normalidad y
mantuvieron a salvo de la ley, a los delincuentes que protagonizaron los
hechos.
Concretamente este Arzobispo, al que todos conocemos por su
apoyo a un libro que reclamaba la sumisión de las mujeres frente al marido y
otras lindezas propias de la derecha más recalcitrante, aún se atreve a tratar
de intervenir en los asuntos de Estado, exigiendo desde su cargo al gobierno
que reconsidere sus postura sobre la Ley de aborto, solicitando el inmediato
cumplimiento de una promesa electoral, que parece ser la única que le interesa.
Nunca le vimos reclamar los derechos de las familias a las
que tanto dice defender a tener cubiertas las mínimas necesidades de sus hijos,
ni oponerse al desahucio de las viviendas que ocupaban, ni apoyar las
iniciativas de los dependientes para que no les sean retiradas las ayudas que
les corresponden y que se han reducido considerablemente, en los últimos
tiempos.
Quizá por eso, no nos convence el argumento que ahora trata
de sacar adelante, ofreciendo a los medios una foto en la que aparece tirado en
el suelo pidiendo un perdón, que únicamente vale para continuar ejerciendo el
cargo que ocupa y que de ningún modo, satisface en nada, ni a las víctimas, ni
a los españoles.
Callar y obstaculizar a la justicia, no le hacen merecedor
más que de un cese fulminante, que el Vaticano ya debiera haber ordenado, en
función de la gravedad de los delitos.
Y aunque las detenciones de los abusadores están empezando a
producirse, también la complicidad de las grandes esferas de la Iglesia que
conocían la existencia de los abusos, merece una investigación policial y un
procedimiento judicial, si se considerara oportuno.
Por otra parte, no es verdad que el celibato tenga nada que
ver en esta profusión de pederastas en el seno de la Iglesia. Ser célibe, por
propia aceptación, no da como resultado desviaciones sexuales intolerables que
atacan directamente a los más débiles de la sociedad, ni la abstinencia,
impuesta o no, deriva directamente en una obsesión por cometer prácticas
sexuales con niños.
Todos y cada uno de estos indeseables, sacerdotes o no, han
de ser severamente juzgados por los tribunales y condenados a la máxima pena,
si se probaran sus delitos.
Y si el Papa quiere ayudar, no ha de hacer otra cosa, más que
permitir el normal funcionamiento de las instituciones policiales, sin impedir
el total esclarecimiento de cada uno de estos hechos.
Solo habría que pedir que la Iglesia concediera al menos, la
misma importancia a la erradicación de estos delitos, que a otros muchos
asuntos de Estado en los que su intervención permanente se hace, de verdad,
absolutamente intolerable y que recordara a sus ministros, no sólo la necesidad
de cumplir los Mandamientos de su catecismo, sino también esos otros directamente
relacionados con la moral, que aún sin estar escritos, debemos acatar todos los
hombres.

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