jueves, 20 de noviembre de 2014

En rosa y negro


Cualquier cosa que pase hoy en España, se verá sin duda empequeñecida por dos noticias que moverán ríos de tinta en la Prensa del corazón y que innegablemente despertarán el interés de una buena parte de esa población, que suele definirse a sí misma como apolítica.
La muerte de la Duquesa de Alba y la posible entrada de Isabel Pantoja en prisión, aún siendo dos informaciones de corte diferente, aparecen en primera plana de todas las rotativas del país y ocupan incontables minutos en todos los espacios de todas las cadenas televisivas, como si por arte de azar, los españoles ya no tuviéramos otros problemas que solventar y repentinamente, alguien hubiera encontrado una solución para la crisis.
Qué tipo de gente sigue de cerca este tipo de prensa, siempre me ha parecido un misterio que todavía no he sido capaz de resolver y en contra de lo que creía, entre los espectadores de esos insufribles programas, se encuentran personas de todo nivel cultural, por extraño que parezca.
El morbo de conocer las tripas de las vidas de determinados famosos, sin que en ningún momento nuestra propia intimidad sea rozada, aunque a veces sea peor que la que se relata en los medios, debe producir, creo, una inexplicable satisfacción o quizá, la alegría de que nadie puede escapar a las miserias de la existencia, goce de la fama que goce.
Eso podría explicar la cota de audiencia que poseen programas dedicados únicamente a destapar las vergüenzas, amorosas y de las otras, de personas muy conocidas y la venta semanal que alcanzan revistas de dudoso contenido, en todos los quioscos españoles.
Y eso explicaría también que hoy muchos de nuestros vecinos vivan pendientes de la capilla ardiente de la de Alba, localizada en Sevilla, o de ser los primeros en ver la imagen de la Pantoja entrando en la cárcel, considerándola un chivo expiatorio de la justicia española y olvidando que ha sido condenada, con toda justicia, por un delito relacionado con la malversación de caudales públicos y el blanqueo de dinero.
Lo peor es que cuando uno de estos sucesos se produce, se paraliza la vida de los adeptos a esta información y no hay foro en el que alguien no saque a relucir estos temas u opine en uno u otro sentido, sobre tan notables acontecimientos.
Resulta así mismo curioso, la cantidad de gente que puede agruparse alrededor de los sitios en los que se produce la noticia, siendo capaces de aguantar horas de pie para poder contemplar lo que allí ocurre y seguramente, abandonando sus obligaciones normales, como si el mundo fuera a terminarse por lo ocurrido y ellos fueran a perdérselo.
Qué clase de vida personal lleva esta gente y qué nivel de empatía puede establecer alguien mentalmente sano con un desconocido, por muy famoso que sea, es un enigma que nadie ha podido aclararme, a pesar de haberlo preguntado reiteradamente.
Tampoco consigo entender qué tipo de enriquecimiento personal puede aportarles el espionaje concienzudo de la intimidad de los otros, ni cómo son capaces de recuperar después el tiempo perdido en tales labores y que con toda seguridad, repercutirá negativamente en el transcurso natural de sus propios asuntos.
Contemplando estas escenas, uno no puede sino pensar que existe aún una España profunda, que desde que todos tenemos acceso a la televisión, ya no tiene por qué estar localizada en los pueblos remotos más alejados de las grandes ciudades.
Ahora el catetismo pulula a nuestro alrededor complicando gravemente nuestro deseo de evolucionar y se ha instalado en la casa de al lado, creyendo encima, que somos unos estirados que les miramos por encima del hombro, simplemente porque son otras cosas las que nos interesan.
Un ejemplo. Mientras se suceden los actos por la muerte de Cayetana de Alba y Pantoja cumple con su obligación de presentarse en alguna prisión del país, el gobierno continúa negando el medicamento a los pacientes de hepatitis C, lo que provoca 11 muertes diarias de ciudadanos anónimos.
Pero eso, no vende revistas.



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