El descaro de la clase empresarial española, exigiendo como
primera medida para salir de la crisis, una investigación exhaustiva de la
economía sumergida de los trabajadores, resulta del todo incalificable teniendo
en cuenta que al aceptar, aplaudir y poner inmediatamente en práctica la
Reforma laboral de Rajoy, rebajando los sueldos hasta límites que hacen
insostenible la supervivencia de las familias y habiendo despedido, casi sin
prestaciones, a un incontable número de asalariados, son ellos los que fuerzan
una búsqueda a la desesperada de cualquier tipo de empleo, cuyas ridículas
remuneraciones resultan absolutamente necesarias para la supervivencia de las
familias.
Suya es también la responsabilidad de la contratación
encubierta de miles de emigrantes sin papeles, a los que se niegan a dar de
alta en la seguridad social, generando con ello otra bolsa de esa economía
sumergida que ahora quieren investigar, como si su existencia les fuera
totalmente ajena y los más humildes de la sociedad se jactaran de escamotear al
estado, el montante correspondiente a sus impuestos.
Olvidan sin embargo mencionar, probablemente de manera muy
consciente, que el grueso de esa economía sumergida que habría de algún modo
que descubrir, suele ser fruto de las continuas evasiones fiscales que llevan a
cabo los de su propia clase y los de esa otra casta que constituyen ahora
políticos de todo signo, a los que por cierto se ha encargado de ayudar este gobierno, con la aprobación de una
amnistía fiscal que les ha permitido blanquear una gran parte de su dinero
negro.
Naturalmente, todos estamos a favor de que se investigue en
profundidad a todos aquellos que de algún modo, consiguen incumplir sus
obligaciones con la Hacienda Pública, pero evidentemente, no resulta siquiera
comparable ocultar que uno ha ganado cincuenta euros con el arreglo de una
lavadora, limpiando una casa o vendiendo chatarra, que olvidarse de declarar
una serie de millones de euros, enviándolos con algún subterfugio, a cuentas
abiertas en Paraísos fiscales, casi siempre con la precaución de ponerlas a
nombre de algún testaferro.
El agravio comparativo entre ambos delitos, resulta cuando
menos, ciertamente chocante, sobre todo si mientras la clase empresarial se
dedica a sugerir la aplicación de este tipo de medidas, se va conociendo la
implicación en flagrantes casos de corrupción de una gran cantidad de cargos de
sus organizaciones.
De ley es, predicar con el ejemplo y si por el contrario lo
que intuye la Sociedad es que los más grandes defraudadores son, precisamente,
los que dirigen grandes empresas o lideran determinadas formaciones políticas,
¿qué se puede pedir a quién necesita algún tipo de ingresos simplemente para
malvivir, abandonado a su suerte, incluso por las Instituciones que debieran
encargarse de protegerle?
Como siempre, la negación de la cruda realidad y la absurda
creencia de que todos nos desenvolvemos en un hipotético plano de igualdad,
nubla el entendimiento de quienes se hallan situados en el plano superior,
haciéndoles decir necedades, del todo rebatibles por la fortaleza de los
argumentos.
Si de verdad quiere la case empresarial ayudar al País a
salir de esta crisis eterna, debiera dedicarse estrictamente a la labor que le
corresponde y que no es otra, que la de crear un empleo de calidad, con
remuneración justa, que nos permita a todos vivir con la dignidad a la que,
como personas, tenemos derecho.
Absténganse, por tanto, de injerencias innecesarias en
asuntos políticos y dediquen cualquier afán de investigación a esclarecer qué
ocurre con los integrantes de su propia
especie, que en este espacio hay
suficiente ocultación de bienes, como para devolver la tranquilidad a
cualquiera que ocupe el cargo de Ministro de Hacienda.

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