Qué trabajo les cuesta a todos estos corruptos de cuello duro,
apartarse del cargo que ocupan, sea cual sea la importancia del mismo y quedar
reducidos al ostracismo de volver a formar parte de la gente normal, una vez
que han saboreado las dulces mieles de la riqueza que han obtenido de manera
delictiva, en su paso por la política.
Cuánto les duele tener que renunciar al boato de los grandes
eventos, a la luz de los flashes de los fotógrafos acreditados que les siguen a
todas partes y a que lo que impone su voluntad no sea acatado servilmente por
todos aquellos que les rodean.
Debe ser que la erótica del poder, sobre todo cuando va
acompañada de un rápido atesoramiento de dinero y del manejo impenitente de una
influencia con la que manipular desde un plano superior la vida de los otros,
crece en el interior de estos delincuentes con tal inmediatez, una vez que se
sienten mínimamente asentados en el sillón de mando, que se convierte en
algo imprescindible para poder continuar
con un tipo de vida, a la que ya nunca querrán renunciar, si no es abruptamente
empujados por la acción violentamente sobrevenida de la propia justicia.
Cómo luchan y con qué denodada fiereza, por defender una
inocencia que no existe y que las investigaciones policiales contradicen con la
contundencia de unas pruebas del todo irrefutables, hasta el último soplo de
aliento, antes de ser finalmente imputados, juzgados y hasta condenados por la
propia contundencia de la ley y de la verdad, pretendiendo continuar ejerciendo
contra viento y marea, esos cargos que mancillaron con su actitud, sin
resignarse a que se les escape una fuente de suculentos ingresos, que proceden
en su totalidad, de los saqueados bolsillos de todos los españoles.
Su ceguera les impide ver que su tiempo empieza a agotarse y
que la infinita paciencia demostrada por este sufrido pueblo al que han
menospreciado desde sus posiciones de poder, considerándolo poco menos que
analfabeto, incauto y fácilmente manipulable, ha llegado finalmente a su límite
y ya no admite ni un ápice más de la absurda condescendencia que ha permitido
que las cosas llegaran hasta un punto, absolutamente inaceptable.
Como nunca tuvieron dignidad, resulta inútil esperar que de
sus negras conciencias pueda brotar ahora, un mínimo arrepentimiento, ni
siquiera apelando a ese patriotismo que reiterativamente han declarado como su
doctrina y que, sin embargo, no dudan en traicionar mientras colaboran
activamente en el empobrecimiento de la Nación, malversando, blanqueando y
evadiendo los capitales de las arcas públicas.
Pero estos delitos de flagrante traición, aún cuentan con la
suerte de no ser enjuiciados por el código militar, sino por unas leyes civiles
que en lugar de aplicar a quienes los cometen penas máximas sin lugar a
reducciones, ni beneficios de ningún tipo, se muestran benignas al no considerar esta
delincuencia agresiva contra la integridad física de otros, obviando que los
agujeros que dejan en la Economía del País estos ladrones de corbata, son en
muchos casos, responsables directos del sufrimiento extremo y la desesperación
que padecen, cientos de miles de ciudadanos, acuciados, por su culpa directa,
por la carga irresoluble de la pobreza.
¿Y qué decir de las cabezas visibles de los Partidos
políticos, que toleran la permanencia de los corruptos en sus puestos y los
incluyen una y otra vez en las listas de las convocatorias electorales,
apoyando tácitamente lo que hicieron,
quizá con la esperanza de que la lentitud en la aplicación de la ley, consiga
que sus imperdonables pecados queden, finalmente prescritos?
La ignominia de consentir que sigan entre nosotros, el
favorecimiento de la impunidad generalizada, la presión ejercida sobre los
fiscales para que suavicen las acusaciones reales que correspondería aplicar a
cada uno de estos individuos, constituye en sí misma, un claro síntoma de una
complicidad, que muchas veces es generada, por un miedo cerval a que los
acusados saquen a la luz nuevos y oscuros episodios de corrupción, que
aumenten, aún más si cabe, las ya largas listas de políticos implicados en
tales asuntos.
Solo un cambio radical, que potencie la total independencia
de los jueces, propiciando su elección por sufragio Universal y la acotación
del tiempo que cada ciudadano pueda ejercer funciones en la vida política, amén
de una limpieza minuciosa de toda la podredumbre que corroe de manera
insufrible, este mundo espérpentico, podría
tal vez, devolver a la sociedad la ilusión de ser verdaderamente representada
por todos aquellos que en un futuro, ocuparan cargos de responsabilidad en las
Instituciones con labores de gobierno.
Presionar para conseguir que este cambio pueda ser una
realidad, es ahora, una obligación inaplazable de todos y cada uno de nosotros,
aunque nos parezca que la soledad en que nos han instalado aquellos en los que
una vez confiamos, nos deja inermes ante las vejaciones que estamos padeciendo.
Naturalmente, ninguno de ellos dimitirá ni admitirá su culpa,
por eso queda en nuestras manos conseguir que desaparezcan de nuestras vidas,
con nuestros votos, en la primera ocasión que se nos presente.

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