lunes, 3 de noviembre de 2014

Delitos de traición


Qué trabajo les cuesta a todos estos corruptos de cuello duro, apartarse del cargo que ocupan, sea cual sea la importancia del mismo y quedar reducidos al ostracismo de volver a formar parte de la gente normal, una vez que han saboreado las dulces mieles de la riqueza que han obtenido de manera delictiva, en su paso por la política.
Cuánto les duele tener que renunciar al boato de los grandes eventos, a la luz de los flashes de los fotógrafos acreditados que les siguen a todas partes y a que lo que impone su voluntad no sea acatado servilmente por todos aquellos que les rodean.
Debe ser que la erótica del poder, sobre todo cuando va acompañada de un rápido atesoramiento de dinero y del manejo impenitente de una influencia con la que manipular desde un plano superior la vida de los otros, crece en el interior de estos delincuentes con tal inmediatez, una vez que se sienten mínimamente asentados en el sillón de mando, que se convierte en algo  imprescindible para poder continuar con un tipo de vida, a la que ya nunca querrán renunciar, si no es abruptamente empujados por la acción violentamente sobrevenida de la propia justicia.
Cómo luchan y con qué denodada fiereza, por defender una inocencia que no existe y que las investigaciones policiales contradicen con la contundencia de unas pruebas del todo irrefutables, hasta el último soplo de aliento, antes de ser finalmente imputados, juzgados y hasta condenados por la propia contundencia de la ley y de la verdad, pretendiendo continuar ejerciendo contra viento y marea, esos cargos que mancillaron con su actitud, sin resignarse a que se les escape una fuente de suculentos ingresos, que proceden en su totalidad, de los saqueados bolsillos de todos los españoles.
Su ceguera les impide ver que su tiempo empieza a agotarse y que la infinita paciencia demostrada por este sufrido pueblo al que han menospreciado desde sus posiciones de poder, considerándolo poco menos que analfabeto, incauto y fácilmente manipulable, ha llegado finalmente a su límite y ya no admite ni un ápice más de la absurda condescendencia que ha permitido que las cosas llegaran hasta un punto, absolutamente inaceptable.
Como nunca tuvieron dignidad, resulta inútil esperar que de sus negras conciencias pueda brotar ahora, un mínimo arrepentimiento, ni siquiera apelando a ese patriotismo que reiterativamente han declarado como su doctrina y que, sin embargo, no dudan en traicionar mientras colaboran activamente en el empobrecimiento de la Nación, malversando, blanqueando y evadiendo los capitales de las arcas públicas.
Pero estos delitos de flagrante traición, aún cuentan con la suerte de no ser enjuiciados por el código militar, sino por unas leyes civiles que en lugar de aplicar a quienes los cometen penas máximas sin lugar a reducciones, ni beneficios de ningún tipo,  se muestran benignas al no considerar esta delincuencia agresiva contra la integridad física de otros, obviando que los agujeros que dejan en la Economía del País estos ladrones de corbata, son en muchos casos, responsables directos del sufrimiento extremo y la desesperación que padecen, cientos de miles de ciudadanos, acuciados, por su culpa directa, por la carga irresoluble de la pobreza.
¿Y qué decir de las cabezas visibles de los Partidos políticos, que toleran la permanencia de los corruptos en sus puestos y los incluyen una y otra vez en las listas de las convocatorias electorales, apoyando tácitamente  lo que hicieron, quizá con la esperanza de que la lentitud en la aplicación de la ley, consiga que sus imperdonables pecados queden, finalmente prescritos?
La ignominia de consentir que sigan entre nosotros, el favorecimiento de la impunidad generalizada, la presión ejercida sobre los fiscales para que suavicen las acusaciones reales que correspondería aplicar a cada uno de estos individuos, constituye en sí misma, un claro síntoma de una complicidad, que muchas veces es generada, por un miedo cerval a que los acusados saquen a la luz nuevos y oscuros episodios de corrupción, que aumenten, aún más si cabe, las ya largas listas de políticos implicados en tales asuntos.
Solo un cambio radical, que potencie la total independencia de los jueces, propiciando su elección por sufragio Universal y la acotación del tiempo que cada ciudadano pueda ejercer funciones en la vida política, amén de una limpieza minuciosa de toda la podredumbre que corroe de manera insufrible, este mundo espérpentico,  podría tal vez, devolver a la sociedad la ilusión de ser verdaderamente representada por todos aquellos que en un futuro, ocuparan cargos de responsabilidad en las Instituciones con labores de gobierno.
Presionar para conseguir que este cambio pueda ser una realidad, es ahora, una obligación inaplazable de todos y cada uno de nosotros, aunque nos parezca que la soledad en que nos han instalado aquellos en los que una vez confiamos, nos deja inermes ante las vejaciones que estamos padeciendo.
Naturalmente, ninguno de ellos dimitirá ni admitirá su culpa, por eso queda en nuestras manos conseguir que desaparezcan de nuestras vidas, con nuestros votos, en la primera ocasión que se nos presente.


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