La celebración de la pseudo Consulta catalana y los
resultados provisionales de la misma, plantea una serie de incógnitas, no sólo
relacionadas con el tema de la reclamada Independencia, sino también con la
imagen de indecisión y fracaso que ha proporcionado al mundo Mariano Rajoy, al
no haber sido capaz de gestionar una cuestión, que se le ha terminado escapando
de las manos, poniéndole en ridículo.
El nueve de Noviembre representa por tanto, un punto de
inflexión que no solo afecta a las futuras relaciones con una Catalunya que se ha
desmarcado del todo, del voto de supuesta obediencia que debe a las
Instituciones del Estado, pero que ha protagonizado una desobediencia civil impecable.
Cuáles serán los próximos pasos que se atreverá a dar Artur
Mas, en relación con este tema, aún no lo sabemos, pero parece que su hasta
ahora denostada figura, muy afectada por el desgaste que acarrean las labores
de gobierno, ha salido suficientemente reforzada de lo que en principio parecía
ser un problema irresoluble, por lo que parece que, por ahora, no tendrá
necesidad de convocar nuevas elecciones.
La otra cara de la moneda la ofrece Mariano Rajoy,
absolutamente ninguneado por la celebración de las votaciones en Catalunya y
arrojado de bruces a las fauces de los dirigentes de su propio partido y de
todos los unionistas, desobedecido como ha sido, en todas y cada una de sus
exigencias.
La lección recibida, no ha podido ser más contundente y le
coloca en una incomodísima situación para continuar en sus labores de gobierno,
habiendo quedado en entredicho toda su aparente autoridad, lo que bien podría
generar nuevas actitudes de desobediencia civil, en otros planos de la
agitadísima vida que atraviesan numerosos colectivos del Pais, en estos
momentos.
Su incapacidad para afrontar los problemas y sobre todo para
arbitrar una solución razonable para los mismos, convierten a este hierático y
silencioso Presidente en una caricatura que no podrá aguantar mucho más tiempo
en la cima del poder y que debiera retirarse ahora, si es que le queda un mínimo
de dignidad personal, antes de ser fagocitado por la naturaleza de sus propios
fracasos.
A Rajoy se le han torcido demasiadas cosas y sin embargo,
viendo su actitud, parece que aquí no ha pasado absolutamente nada, en los tres
años que lleva dirigiendo el gobierno.
Pero los ciudadanos y no solo los catalanes, conservan en la
memoria, todas y cada una de las afrentas recibidas, la indiferencia con que
sus problemas son tratados desde los más altos cargos del poder y el
sufrimiento que se les ha generado por la continua cerrazón demostrada por este
gobierno, por el PP y principalmente por su Presidente.
Tantas heridas, no pueden sino acabar provocando la muerte y
el tiempo de Mariano Rajoy se agota cada día, cuando no por los casos de corrupción que le circundan,
por la falta de iniciativa que demuestra, al evitar dar cualquier tipo de
explicación a una Sociedad, a la que debe explícitamente su puesto.
Es por tanto el Presidente del Estado español quien debiera
convocar nuevas elecciones generales y permitir a los españoles decidir en uso
de su inapelable libertad, quiénes quieren que a partir de ahora les gobiernen.
No vale pues, la estrategia de permanecer anclado al poder a
la espera de que amainen los huracanes que tiene sobre su cabeza, ni atemorizar
a la nación con negras profecías de futuro, si vence en los comicios, alguna
formación como Podemos.
Porque por encima de su propio pensamiento ha de estar,
necesariamente, la soberanía popular, a la que todo dirigente se debe y que ha
de ser, en última instancia, la que decida cómo, de qué manera y capitaneada por quién, desea afrontar los tiempos
venideros.
Si las encuestas tienen al menos parte de razón, no será
Rajoy el que vuelva a sentarse, jamás, en el sillón de mando.

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