La emotiva intervención de Teresa Romero ante los medios,
totalmente curada del ébola, copa las portadas de los periódicos y abre los
informativos televisivos, como no podía ser de otra manera, tras la lucha que
ha mantenido con la muerte, tras contagiarse por un fallo en el protocolo que
se había establecido, para el cuidado de los misioneros.
Ha sido la suya una declaración sin acritud, que se ha
centrado casi exclusivamente en demostrar su agradecimiento y admiración por
los profesionales que la han atendido y que han trabajado denodadamente por tratar de salvar su vida, consiguiendo al
fin la recompensa de poder verla absolutamente restablecida y sin secuelas aparentemente graves, o al menos
es la sensación que trasmite, a todos los que tanto nos alegramos de verla.
Ni siquiera ha tenido el mal gusto de atacar abiertamente la actuación
que el Ministerio de Sanidad, con Ana mato al frente, ha tenido en su caso,
aunque todos sabemos que se reserva el derecho de querellarse contra todos
aquellos que se han empeñado, como el Consejero de la Comunidad de Madrid, en
culpabilizarla de contagiarse de una enfermedad, que ha estado a un paso de
arrastrarla a la muerte.
Serena y emocionada, todavía débil y visiblemente abrumada
por el revuelo mediático que ha levantado, se ofreció incluso a colaborar con
las investigaciones médicas que se llevan a cabo para tratar de hallar una
vacuna contra el ébola , manifestando estar dispuesta a donar hasta la última
gota de su sangre, hasta quedarse seca.
Su generosidad y saber estar, chocan frontalmente con el talante
de los responsables del área sanitaria durante los peores días de la crisis y
viene a confirmar que los ciudadanos se encuentran casi siempre, muy por encima
de unos políticos, que suelen pecar con demasiada frecuencia de un exceso de
soberbia, pensando quizá que por ocupar un cargo público, están por encima del
bien y del mal, poniendo en duda que todos tenemos un mínimo de inteligencia.
El ejemplo de Teresa Romero, que ya descansa junto a sus
seres queridos en un precioso pueblo de Lugo, tratando de recuperar la
normalidad y el anonimato, después del gravísimo episodio vivido, no precisa de
más comentarios.
Su recuperación, eso sí, ayuda a todos aquellos que han
venido luchando sin descanso durante estos últimos años por que la Sanidad Pública
no desaparezca y da un gran toque de
atención a un gobierno, desgraciadamente empeñado, en todo lo contrario.
Ojalá y su caso constituya un punto y aparte en la manera de
gestionar los problemas de la salud de los españoles y haya abierto los ojos a
un Partido Popular que hasta ahora, había venido sistemáticamente recortando
presupuestos en esta partida, colocando a los profesionales de la Medicina en una
situación desesperada, como se ha demostrado flagrantemente, en el tiempo que
ha durado la crisis del ébola.
También
ellos están a una gran distancia, sobre todo en humanidad, de los que dicen que
les representan.

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