martes, 25 de noviembre de 2014

El éxito y el miedo


Alcanza Podemos casi un veintiocho por ciento en intención de voto, que si llegara a materializarse, podría  convertirle en la primera fuerza política del País, pasando por encima de PSOE Y PP y acabando en apenas un año de existencia, con la hegemonía del bipartidismo.
Se huele el miedo de los políticos de mayor relevancia en las formaciones que ahora manejan por completo gobierno y oposición, haciéndose patente, sobre todo, en la desenfrenada búsqueda emprendida para encontrar algún punto débil por el que desmantelar el éxito de estos jóvenes universitarios, salidos de los movimientos asamblearios de las calles.
No les cuadra que el rancio abolengo de que disfrutan, pueda terminarse en un momento, ni que algunos elementos políticamente incorrectos puedan aniquilar el estado de bienestar que atesoran, cada cual desde la atalaya de su puesto, obligándoles a abandonar las mieles del triunfo pasado, tan solo con la fuerza de los votos de los ciudadanos.
Pero la llegada de este momento era absolutamente previsible y el hartazgo de la sociedad hace tiempo que preludiaba un viento de cambio, aunque desde las burbujas insonorizadas en que se encuentran la mayoría de los políticos de los grandes Partidos, no se oyeron los ecos de las protestas reiteradas que se protagonizaban en las calles.
 Si no atendieron a tales reclamaciones era, quizá, porque andaban demasiado ocupados jugando a solventar los problemas de la macroeconomía, olvidando a la vez que la función primera para la que fueron elegidos no era otra que la de procurar el bienestar de las mayorías y no la de liderar un retroceso en las políticas laborales y sociales, que han llevado al país, a una situación límite.
Era lógico que al no sentirse representados en el Parlamento, los españoles buscaran un medio por el que canalizar sus trágicas inquietudes y que siguieran a cualquier líder que se hiciera eco de lo que ocurre a diario en sus vidas y que si además, a ese líder le acompañara una magnífica preparación y fuera capaz de formar un equipo que, de momento, cuenta con la opinión de todos los sectores de la ciudadanía, su éxito estuviera asegurado.
Hemos advertido muchas veces del inmenso error que han estado cometiendo nuestros dos últimos Presidentes, al anteponer los intereses de la Comunidad Europea, a las necesidades más urgentes de España y hemos avisado, por activa y pasiva, del distanciamiento que los representantes de los grandes Partidos y de manera escandalosa los del PP, han decidido tomar con respecto a la sociedad y de cómo esa incomprensible postura, acabaría por volverse en su contra.
Tanto es así, que ni siquiera ha hecho falta un gran esfuerzo por parte del recién llegado Podemos, para conseguir de inmediato una conexión profunda con todos los sectores de una sociedad, cansada de las vejaciones e injusticias que se han practicado habitualmente desde el poder y descorazonada por los altísimos niveles de corrupción que los integrantes del bipartidismo han protagonizado descaradamente en los últimos tiempos.
España está agotada de tanta tristeza  y la poca o mucha ilusión que hayan podido generar unas nuevas ideas  y un mínimo de esperanza en las aspiraciones de poder mejorar en un futuro próximo, devolviendo la alegría a los sacrificados habitantes de nuestros pueblos y ciudades,  bastan para apostar por un cambio que, sobre todo, no puede nunca ser peor que lo que ahora tenemos.
A Pablo Iglesias y a su equipo, se lo están dando todo hecho y ante la sistemática negativa del recalcitrante Rajoy a cambiar su incomprensible manera de gobierno y la falta de liderazgo de un PSOE que aún está pagando la derechización a que se ha sometido en los últimos tiempos, sólo le queda esperar que todo siga igual, para conseguir desbancar a unos y otros, en las próximas elecciones generales.
Hacen bien en temer que se acaba su tiempo, porque han abusado tanto del poder, obligando tiránicamente a la gente a un sacrificio extremo, mientras una cantidad ingente de ellos se enriquecían ilícitamente abusando de sus posiciones de privilegio, saqueando las arcas del estado, que ya no queda tiempo para la redención y la Sociedad se niega a dispensar algo que, precisamente por producirse en momentos de crisis profunda, resulta absolutamente imperdonable.
Quizá ha llegado el momento de que ciertos políticos conozcan en carne propia, cuáles son los efectos inmediatos de la profundidad de una crisis y tengan que refugiarse, como a nosotros nos pasó, dónde puedan, despedidos intempestivamente y sin derecho a indemnización, igual que muchos de nuestros desempleados, sin previo aviso, por haber conducido la empresa que dirigían y que es la España de todos, a la más absoluta ruina.





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