Alcanza Podemos casi un veintiocho por ciento en intención de
voto, que si llegara a materializarse, podría
convertirle en la primera fuerza política del País, pasando por encima
de PSOE Y PP y acabando en apenas un año de existencia, con la hegemonía del
bipartidismo.
Se huele el miedo de los políticos de mayor relevancia en las
formaciones que ahora manejan por completo gobierno y oposición, haciéndose
patente, sobre todo, en la desenfrenada búsqueda emprendida para encontrar
algún punto débil por el que desmantelar el éxito de estos jóvenes
universitarios, salidos de los movimientos asamblearios de las calles.
No les cuadra que el rancio abolengo de que disfrutan, pueda
terminarse en un momento, ni que algunos elementos políticamente incorrectos
puedan aniquilar el estado de bienestar que atesoran, cada cual desde la
atalaya de su puesto, obligándoles a abandonar las mieles del triunfo pasado,
tan solo con la fuerza de los votos de los ciudadanos.
Pero la llegada de este momento era absolutamente previsible
y el hartazgo de la sociedad hace tiempo que preludiaba un viento de cambio,
aunque desde las burbujas insonorizadas en que se encuentran la mayoría de los
políticos de los grandes Partidos, no se oyeron los ecos de las protestas reiteradas
que se protagonizaban en las calles.
Si no atendieron a
tales reclamaciones era, quizá, porque andaban demasiado ocupados jugando a
solventar los problemas de la macroeconomía, olvidando a la vez que la función
primera para la que fueron elegidos no era otra que la de procurar el bienestar
de las mayorías y no la de liderar un retroceso en las políticas laborales y
sociales, que han llevado al país, a una situación límite.
Era lógico que al no sentirse representados en el Parlamento,
los españoles buscaran un medio por el que canalizar sus trágicas inquietudes y
que siguieran a cualquier líder que se hiciera eco de lo que ocurre a diario en
sus vidas y que si además, a ese líder le acompañara una magnífica preparación
y fuera capaz de formar un equipo que, de momento, cuenta con la opinión de
todos los sectores de la ciudadanía, su éxito estuviera asegurado.
Hemos advertido muchas veces del inmenso error que han estado
cometiendo nuestros dos últimos Presidentes, al anteponer los intereses de la
Comunidad Europea, a las necesidades más urgentes de España y hemos avisado,
por activa y pasiva, del distanciamiento que los representantes de los grandes
Partidos y de manera escandalosa los del PP, han decidido tomar con respecto a
la sociedad y de cómo esa incomprensible postura, acabaría por volverse en su
contra.
Tanto es así, que ni siquiera ha hecho falta un gran esfuerzo
por parte del recién llegado Podemos, para conseguir de inmediato una conexión
profunda con todos los sectores de una sociedad, cansada de las vejaciones e
injusticias que se han practicado habitualmente desde el poder y descorazonada
por los altísimos niveles de corrupción que los integrantes del bipartidismo
han protagonizado descaradamente en los últimos tiempos.
España está agotada de tanta tristeza y la poca o mucha ilusión que hayan podido generar
unas nuevas ideas y un mínimo de
esperanza en las aspiraciones de poder mejorar en un futuro próximo,
devolviendo la alegría a los sacrificados habitantes de nuestros pueblos y
ciudades, bastan para apostar por un
cambio que, sobre todo, no puede nunca ser peor que lo que ahora tenemos.
A Pablo Iglesias y a su equipo, se lo están dando todo hecho
y ante la sistemática negativa del recalcitrante Rajoy a cambiar su
incomprensible manera de gobierno y la falta de liderazgo de un PSOE que aún
está pagando la derechización a que se ha sometido en los últimos tiempos, sólo
le queda esperar que todo siga igual, para conseguir desbancar a unos y otros,
en las próximas elecciones generales.
Hacen bien en temer que se acaba su tiempo, porque han
abusado tanto del poder, obligando tiránicamente a la gente a un sacrificio
extremo, mientras una cantidad ingente de ellos se enriquecían ilícitamente abusando
de sus posiciones de privilegio, saqueando las arcas del estado, que ya no
queda tiempo para la redención y la Sociedad se niega a dispensar algo que,
precisamente por producirse en momentos de crisis profunda, resulta
absolutamente imperdonable.
Quizá ha llegado el momento de que ciertos políticos conozcan
en carne propia, cuáles son los efectos inmediatos de la profundidad de una
crisis y tengan que refugiarse, como a nosotros nos pasó, dónde puedan,
despedidos intempestivamente y sin derecho a indemnización, igual que muchos de
nuestros desempleados, sin previo aviso, por haber conducido la empresa que
dirigían y que es la España de todos, a la más absoluta ruina.

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